Hay un momento en el que el cuerpo deja de obedecer. Azul Chiorazzo lo vivió a los once años, cuando el dolor ya no la dejaba caminar. Hasta entonces, todo había sido disciplina y medallas: élite en gimnasia artística a los diez, siete podios sudamericanos en dos años y un sueño olímpico que parecía inevitable.
Nació en Quito, cuando su papá —el exfutbolista Horacio Chiorazzo— jugaba en Ecuador. Hija de deportistas —su madre es patinadora—, creció entre valijas, clubes y competencias. “Siempre hice deporte. Siempre”, repite. No recuerda otra forma de vida.
A los cuatro años empezó gimnasia artística en el Club Lanús. Entrenaba todos los días, también en verano, y a los diez ya era élite. En los dos años siguientes representó al país en Sudamericanos y volvió con siete medallas, cuatro de oro. “Era mi sueño entrar a élite, así que no me fui de vacaciones, me quedé a entrenar”, cuenta. La disciplina, dice, fue siempre lo más difícil: “Ir cuando no tenés ganas, perderte cumpleaños, entrenar igual”.
Pero mientras acumulaba podios, su cuerpo empezaba a pasarle factura. A los diez aparecieron los dolores: dos hernias de disco y dos discos deshidratados. Compitió “arrastrándome”, con las piernas dormidas, hasta que el médico fue tajante: tenía que dejar. “Para mí fue un golpe durísimo”, recuerda en esta charla con Infobae. El sueño olímpico en gimnasia se cerraba de golpe y ella, todavía una nena, se fue “súper enojada”, atravesando un duelo que le llevó años.
Al día siguiente empezó natación para rehabilitar la espalda. Y casi sin buscarlo, encontró un nuevo destino. “¿No quisieras probar clavados?”, le propusieron en el CENARD. Probó. Se tiró. Giró. Algo volvió a encenderse: “Me encantó totalmente el deporte. Dije: esto es lo mío”. Desde entonces integra la Selección Argentina de Clavados, suma Sudamericanos y Panamericanos, y volvió a soñar en grande.
“Las segundas oportunidades existen. Si uno ama lo que hace, tiene que seguir por sus sueños”, dice hoy, a los 20 años. El dolor quedó atrás, pero no el sueño. Solo cambió de escenario. Y esta vez, cuando habla de Los Ángeles 2028, no suena a fantasía: suena a destino.
—Naciste ya siendo deportista más o menos.
—Sí, toda mi vida hice deportes y creo que nunca me imaginé en otro lugar que no sea haciendo algún deporte.
—¿Te estimulaban en tu casa?
—Súper. Mis dos papás son deportistas. Mi mamá, patinadora profesional, y mi papá, futbolista: jugó en Bolivia, en Ecuador y en Colombia. Siempre viajamos a todos lados con él.
—Naciste en Ecuador. ¿Y hasta qué edad estuviste allá?
—Hasta los cuatro años. Cuando volvimos a Argentina mi mamá me mandó a gimnasia artística en el Club Lanús. Me encantaba, fui avanzando de a poquito hasta mi primer torneo, entrenando todos los días. En el verano no cortaba. Y te hablo de muy chica, a los seis años, por ejemplo.
—¿Qué es lo más difícil de la gimnasia artística?
—Creo que lo más difícil no es tanto lo físico, sino la disciplina que requiere el deporte. El ir cuando no tenés tantas ganas, cuando tenés cumpleaños, no faltar.
—¿Cómo funciona ese mundo? ¿Hay categorías?
—Hay categorías que se dividen por edades y por rendimiento. Y torneos en los que te vas probando y avanzando de nivel hasta llegar a élite, que es el nivel más alto. Ahí recién entrás a la selección para poder representar a la Argentina en los diferentes torneos: Sudamericanos, Panamericanos. Yo llegué a los 10 años y, en los dos años siguientes, volví con siete medallas, cuatro de ellas de oro.
—No te fuiste de vacaciones y mientras entrenabas ibas a la escuela también. ¿Cursabas una primaria normal?
—Sí, faltaba muchísimo igual por los torneos, viajes, concentraciones. Pero, por suerte, siempre mis preceptores me apoyaron un montón, presentaba certificado y no me contaban las faltas.

—¿Tu familia apoyaba toda esta vocación deportiva?
—Súper. Siempre me apoyaron. Obviamente desde un lado desinteresado, no para que yo sea la mejor, sino que lo hacían porque sabían que era mi sueño.
—¿Te acordás tu primer torneo?
—Era muy chica, tenía cuatro años. Mi mamá me cuenta que yo lloraba porque no quería competir, estaba nerviosa y ella me dijo: “dale, vos entrenaste para esto”. Entonces salí, competí y me fue re bien. Y ahí arranqué.
—Alguna vez te debe haber ido mal también.
—Obvio, millones de veces. Un montón de veces te va mal, no te salen las cosas como querés.
—¿Y cómo te ibas de esa situación?
—La verdad era muy frustrante en ese momento entrenar tanto y que algo no te salga. Pero siempre hay que estar positivo y hay que saber que son cosas que pueden pasar.
—¿Cómo se acompaña ese nivel de entrenamiento en una niña a nivel alimenticio, a nivel salud mental, a nivel social?
—Se tienen que acompañar muy rigurosamente todos esos temas la verdad. Cuando era chiquita no tenía mucha actividad social, no iba a cumpleaños, no me juntaba tanto con mis amigas. Y luego, profesionales: nutricionistas, psicólogos desde muy chicas. Nunca sentí que me perdiera algo, lo hacía desde la pasión.

—¿Cuándo empezó a doler algo?
—A los 10 años empecé con un dolor raro que no sabía cómo explicarlo, pero era una parestesia. Se me dormían mucho las piernas. Era muy chica y estaba muchas horas con las piernas dormidas. Primero fui a un traumatólogo, el traumatólogo me derivó al neurólogo. Empezamos a hacer estudios, resonancias, hasta que se descubrió que tenía dos hernias de disco y dos discos deshidratados en la espalda.
—¿Esa lesión tenía que ver con todo lo que venías entrenando o el motivo es otro?
—No se sabe si nací con esto o si se fue creando por alguna lesión. Porque yo nunca sufrí una caída o un golpe fuerte. Nunca. Fue algo que me apareció muy gradualmente.
—Se te dormían las piernas, ¿eso con qué tenía que ver, con el nervio?
—Con el nervio, sí. Se ve que ya me apretaba mucho porque recuerdo que llegué a estar dos horas con las piernas dormidas y lloraba del dolor.
—Hasta el diagnóstico me imagino también mucho miedo porque podían ser muchísimas cosas.
—Sí, obvio. Era como mucha incertidumbre igual porque fue largo el proceso hasta que me llegaron a decir que tenía eso. Mi mamá me llevó a incontables médicos, porque yo seguía entrenando y compitiendo.
—¿Dolía entrenar en ese momento?
—En ese momento capaz que era más aguantable, pero fueron pasando los años y cuando me quise dar cuenta el dolor ya no me dejaba caminar.
—¿A qué edad llega el diagnóstico?
—El diagnóstico creo que llegó más o menos entre los 11 y los 12, cuando ya no pude más.
—Pero vos concursaste un Sudamericano ya teniendo el diagnóstico.
—Sí. Mi último Sudamericano, que fue el mejor que hice, lo competí en realidad arrastrándome porque ya no podía más, pero dije “hago este y veo”.
—¿Cuando surge el diagnóstico no te prohibieron inmediatamente hacer deporte?
—Inmediatamente, no. Me dejaron todo ese año, pero obviamente nunca me imaginé que luego me iban a decir que tenía que dejar, que era mi despedida.
—¿No era riesgoso?
—Me dijo que estaba controlado en ese momento, pero que después sí iba a ser más riesgoso. Ese año tuve que hacer kinesiología y me cuidé mucho con ciertas cosas, tuve que reducir un poco más el impacto.
—Vos sabés que una puede cuidarse, pero los accidentes pasan.
—Sí, tal cual. Y encima gimnasia es un deporte muy exigente, que a veces importa más rendir que tu salud. Básicamente es así.
—Seguías entrenando y podías tener que estar haciendo algo sobre las vigas con las piernas dormidas.
—Sí, igual antes de competir hacía muchos ejercicios para que no me pase eso. Ponía las piernas para arriba, elongaba bien, pero era algo que yo no controlaba, podía pasar igual.

—¿En algún momento la lesión tuvo riesgo de, por ejemplo, que no pudieras volver a caminar?
—No, pero el médico me dijo que podía pasar en cualquier momento. Tuve suerte de que no me haya pasado, pero podría haber pasado.
—¿Qué era lo que podía pasar?
—Que se rompa el disco y que tenga que entrar a cirugía de urgencia y no sabés ahí cómo quedás.
—Contame sobre ese Sudamericano.
—Estaba muy nerviosa, venía hablando mucho con mi psicóloga en la previa porque pensaba que me iba a costar o que me iba a ir mal por lo que tenía en la espalda y que me dolía. Se dividía en dos tandas ese Sudamericano, en la primera había quedado segunda y nadie me contó porque me iba a poner nerviosa. Y al otro día compito muy bien y cuando me llaman para la premiación y anuncian que había quedado tercera no lo podía creer. Había cumplido un sueño.
—¿Quién viajó con vos ahí?
—Mi mamá; mi mejor amiga de ese momento que se llama Luli y también hacía gimnasia, y su mamá. El primer torneo fue en Bolivia y este fue en Mar del Plata.
—¿Cuando volvés te dicen que no podés seguir entrenando?
—No, cuando vuelvo me fui a una gira a Estados Unidos a entrenar dos semanas. La primera semana me acuerdo que había entrenado bastante. La segunda me costó mucho. Vuelvo, voy a una gira nacional que me dijeron que tenía que ir sí o sí, y ya al regreso me fui a descansar.
—¿Qué hacías cuando te dolía?
—Mi vida normal. Elongaba mucho, iba al kinesiólogo, tomaba mucho ibuprofeno para que no me duela tanto.
—Eras re chiquita. ¿Estabas en primer año de secundaria?
—Sí, era muy chica.
—¿En ningún momento aparecía la fantasía de basta, no quiero hacer más esto, no quiero que me siga doliendo?
—No, es loco porque no podía caminar del dolor, pero nunca se me pasaba por la cabeza tener que dejar. Cuando me lo dijo el médico fue un golpe durísimo.
—¿Existió algún día en el que sentiste que no podías caminar?
—El último tiempo sí, era todo dolor. Sentarme era dolor. Estar mucho tiempo parada. Caminar. Sabía que más de diez cuadras no podía caminar. Y era muy chica.
—¿Cómo fue esa charla con el médico?
—Fue totalmente inesperada para mí. Me acuerdo estar sentada y que me diga: “Sos muy chica, no podés vivir así. Tenés que dejar gimnasia. Sé que te va a doler, pero es tu salud”. Obviamente, todos lo entendimos. Mi mamá me súper acompañó en ese momento. Mi papá también. Sabían lo que era para mí la gimnasia. El médico me recomienda hacer otro deporte, para aliviar el dolor y ahí pruebo natación.
—¿Hay un duelo cuando el médico te dice eso?
—Fue un duelo que duró mucho. Creo que hace un año recién superé totalmente todo lo que me pasó porque me fui súper enojada de gimnasia. Ese duelo fue muy fuerte.
—¿El sueño cuál era con gimnasia, llegar a dónde?
—A un Juego Olímpico.
—Igual te fuiste súper arriba.
—Me fui igual súper contenta, súper conforme sabiendo que donde fui, di todo. Y fue lindo, retirarme así fue lindo.

—¿Y con quién te enojaste?
—Y, en realidad, me había enojado con mis profesores. Mucho tiempo estuve enojada. Porque yo era muy chica, tenía mucho dolor en la espalda y ellos, obviamente, los que hacen deporte me van a entender: siempre lo importante es rendir para un profesor y te exigen a más no poder. Y yo iba llorando, diciéndoles que ya no podía más: “otro torneo más, y otro torneo más, y otro torneo más”. Y por eso, cuando me fui, me fui totalmente enojada. Hoy en día ya estoy súper bien, los volví a ver, está todo más que bien.
—Es importante lo que estás diciendo porque hoy están mirando un montón de adolescentes que practican algún deporte, sus papás, profesores y eso sigue pasando. ¿Vos sentís que no te cuidaron como te tenían que cuidar?
—Yo creo que es muy así la gimnasia artística, siempre te exigen un montón. Hoy en día es más común ver deportistas lesionados que deportistas que no lo están. Y cuando uno se corre de eso, lo ve realmente como algo raro, porque un profesor te tiene que cuidar y la realidad es esa: exigen mucho, y a nenas muy chicas.
—¿Nunca un profesor te dijo “estás con dolor, hoy no entrenes”?
—Más o menos. No hagas eso, pero hacés otra cosa igual.
—¿Con el médico te enojaste?
—No, para nada porque la verdad fue súper comprensivo. Me lo dijo de la mejor forma posible. Y después, con el diario del lunes, uno ve que fue lo mejor que pude haber hecho. Mi enojo con los profesores fue más que nada porque siempre dudaban de mi lesión, aunque yo presentaba todos los estudios. Recuerdo muchas veces que me hayan dicho que capaz que mi dolor era un poco psicológico. Y entonces fue por eso que tardé tanto en darme cuenta de cuánto me dolía la espalda. Porque vos imaginate siempre que te digan: “No, no te duele tanto, podés”. Es como que uno va dudando de su propio dolor. Entonces, más que nada, fue ese el enojo
—¿Con la vida?
—Un poco capaz que sí porque me sentía frente a un destino totalmente injusto. ¿Por qué me tiene que pasar esto a mí? Con el tiempo se va diluyendo el enojo y vas entendiendo el por qué te pasan esas cosas.

—¿Cuándo estuviste un tiempo parada pudiste conectar distinto con el colegio y con lo social?
—Es que en realidad no estuve tanto tiempo parada porque apenas dejo gimnasia, al otro día arranco natación.
—¿Al otro día?
—Sí, literalmente al otro día.
—¿Ya lo venías pensando?
—El último tiempo tuve que hacer natación para rehabilitar.
—Vos hacías natación para rehabilitar.
—Claro. Hice cuatro meses de natación en el Club Lanús y mi profesora Natalia me lleva a una clínica del CENARD. Ella sabía que yo era gimnasta, que esto me iba a hacer bien, que yo tenía muchas ganas de… Yo dije igual: “Si no soy gimnasta, quiero ser nadadora”. Yo siempre tuve mucha ambición por el deporte, entonces dije: “Voy a seguir con natación, voy a dar todo”.
—No tenía que ver con el placer del deporte en sí, hay algo de ambición en la competencia también.
—Sí. Siempre fui muy competitiva en ese sentido.
—Porque no es que decías “voy a ser nadadora”, voy todos los días a la pileta a nadar. Ya querías entrar en un equipo.
—Claro. Y bueno, me lleva a una clínica en el CENARD y la verdad es que yo no nadaba bien. Sinceramente, no era mi rubro eso. Y miramos la pileta de clavados y me dice: “¿No quisieras probar con clavados?”, porque es bastante parecido a lo que vos hacías. Me consigue el número de mi profesor, que hoy en día es Gaby y le pedí probar una clase.
—¿El médico te daba permiso para hacer clavados?
—Fui al médico y le pregunté. Me propuso que intente: “Si te duele o si sabés que tiene mucho impacto, no. Pero si no te duele, hacelo”.
—¿Y qué pasó, te enamoraste?
—Fui a probar una clase y me encantó totalmente el deporte. “Esto es lo mío”, dije.
—¿Te gustó más que lo anterior?
—¿Más que gimnasia? Todavía como que lo estaba encontrando. Inclusive yo a natación iba con una malla de gimnasia. Peinada como una gimnasta. Era una gimnasta todavía. Y mucho tiempo después de clavados también fui una gimnasta.

—¿Te acordás tu primer clavado?
—Mi profesor me dijo que arranqué haciendo un doble. Fui así de una, medio canchera se ve (risas), pero tenía muy calculadas las vueltas por gimnasia. Y empecé haciendo giros. Hice una mortal con dos vueltas. Estaba como ya muy avanzada.
—Y el profesor dijo: “Acá me salvé”.
—Sí, él se puso contento.
—¿Cuándo sentiste pasión?
—Creo que siempre sentí la pasión, pero cuando clasifiqué a mi primer Sudamericano ahí sentí que esto era lo mío. Cuando vas a representar a tu país es una satisfacción única. Y ahí dije: “Realmente es esto”.
—Antes, muchos concursos, me imagino.
—Yo arranco en 2018, hice un año en 2019 y me tocó la pandemia. En 2021 fue cuando clasifiqué a mi primer Sudamericano.
—¿Cuáles fueron los saltos más difíciles?
—Todo era nuevo para mí, pero los adentro son los más difíciles, que es cuando saltás, hacés un mortal adelante, pero mirando para atrás. Saltás como hacia adentro. Me daba miedo pegarme.
—¿Le dijiste alguna vez tu profesor “esto no lo hago”?
—No. Fui como para atrás, más lento. Lo hacía en la cama elástica, en el trampolín en seco primero, porque los saltos los tenía que aprender a hacer sí o sí.
—2021 clasificación para los Sudamericanos.
—Sí. Para mi primer Sudamericano. Cuando me enteré de que clasifiqué obviamente estaba muy contenta e ilusionada, pero cuando fui me di cuenta de que tenía que entrenar un montón. Que las chicas del resto de los países eran muy buenas y comprendí lo que tenía que esforzarme, porque mis movimientos eran muy gimnásticos, no eran de una clavadista. Entonces tuve que cambiar mucho los gestos, el caminar en el trampolín, el saltar, las figuras en el aire. Y bueno, para eso tuve que entrenar mucho.
—¿Antes de la competencia o después, cuando volviste?
—Cuando volví me di cuenta de todo lo que tenía que mejorar.
—¿Volviste frustrada de esa competencia, te angustiaste?
—Un poquito, pero duró poco también porque después apareció la motivación de volver a un Sudamericano y estar mejor.
—¿Con cuántas chicas viajaste en ese viaje?
—Éramos pocos en la delegación, solo cuatro los de clavados de toda la Argentina.

—¿Cómo siguió el recorrido?
—Hermoso la verdad. Encima estábamos en la Villa Olímpica de Lima 2019 entonces fue para mí un sueño ir ahí por primera vez.
—Entonces volviste con la certeza de entrenar más, de hoy Azul es acá.
—Sí, ahí creo que me despedí. Dije bueno, gimnasia ya pasó, ahora soy clavadista. Soy distinta. Y ahí fue la despedida.
—¿Cómo siguió tu recorrido por el deporte?
—Al año siguiente fui a otro torneo más y no paré. En total, en este deporte, tengo tres Sudamericanos y tres Panamericanos. Siempre fui avanzando mejor. En mi segundo Sudamericano obtuve tres medallas de bronce. Y en otro, una medalla de bronce más. Y bueno, mi último torneo fueron los Juegos Panamericanos.
—¿Y cómo te fue ahí?
—Mejor de lo que esperaba. Éramos veinte las clavadistas y la primera instancia tenía que clasificar a la final que clasificaban las primeras doce. De veinte les tenía que ganar a seis. Eran bastantes. En mi primera final clasifico undécima y quedo décima. Y en mi segunda prueba, que era un metro, también creo que clasifiqué décima, por ahí, y compito y quedo novena entre las mejores de América.
—Es alucinante.
—Sí, la verdad que fue muy emocionante para mí y para mi entrenador.
—¿Se puede vivir de esto?
— Y del deporte argentino la verdad que mucho no se puede vivir porque nosotros tenemos subsidios, tenemos becas, pero tienen fecha de caducidad. Depende de los logros.
—¿Quién te ayuda a vos?
—Ahora tengo un subsidio, una beca de la Secretaría de Deportes; la marca de mallas Arena me da la indumentaria y obviamente, siempre cuento con la ayuda de mamá y papá.
—¿Cuándo se recibe una beca?
—Cuando obtenés una medalla de un Sudamericano. Es un monto mensual.

—¿El sueño cuál es?
—Llegar a un Juego Olímpico. El próximo es en Los Ángeles 2028.
—¿Te estás preparando para eso?
—Estamos dentro del ciclo olímpico, pero bueno, siempre está la ilusión y el sueño de que un día me digan clasificaste.
—¿Cuántas horas por día estás entrenando?
—Entreno tres horas en la pileta y una en el gimnasio.
—¿Cómo terminó tu secundaria?
—Re bien, terminé la secundaria en 2022 y ahora estoy en la Facultad.
—¿Qué estás estudiando?
—Nutrición.
—¿Qué dicen tus papás cuando te ven saltar?
—Están súper orgullosos. Mis papás viajaron a Asunción para verme en los Juegos Panamericanos y verlos a ellos ahí en la tribuna apoyándome siempre fue lo mejor de toda la experiencia.
—¿En ningún momento fue un riesgo para tu columna esto?
—No. Nunca entrenando tuve dolor. Es algo loquísimo porque en gimnasia te decía que no podía ni caminar y hoy en día estoy más que bien con el tema de la espalda. De vez en cuando, capaz que si caigo medio mal, duele un poco, pero siempre es aguantable; siempre al otro día se me pasa.
—¿Qué mensaje querés dejar?
—Yo creo que si uno ama lo que hace tiene que seguir por sus sueños. Y algo que me dejó mucho esto que me pasó es que las segundas oportunidades existen y que siempre uno tiene que seguir por lo que ama.
—¿Te enamoraste más como deporte?
—Sí, pero por todo lo que conlleva, además. Por cómo soy dentro de este deporte y la gente que tengo al lado mío: mi entrenador, mis compañeros, cómo se conforma la Selección. La verdad que es algo muy lindo.
—¿Hoy te gusta más la clavadista que la gimnasta?
—La verdad que sí.
Si querés contar tu historia escribinos a:voces@infobae.com





