“Ese día teníamos que viajar a Córdoba, yo iba a hacer auditoría, trabajaba en una entidad bancaria. En realidad, no estaba asignada a ese viaje, pero otro de mis compañeros me pidió si podíamos cambiar. Como no había ido a la sucursal de Córdoba, dije ‘bueno, voy yo’. Iba con dos personas más del equipo. Y cambiamos algunas cosas con respecto a otros viajes que habíamos hecho. Por ejemplo, siempre viajábamos por la mañana. Nunca lo hacíamos después del horario laboral, tomábamos el primer vuelo, llegábamos a la sucursal y ese mismo día íbamos a trabajar. Pero esta vez dijimos ‘vamos un día antes, descansamos allá y vamos a la sucursal’. Así que ese día fue todo totalmente distinto: salimos muy tarde, fuimos casi los últimos en hacer el check-in. En el check-in, claro, los tres pedimos ventanilla y a mí me dicen ‘si te doy ventanilla a vos te tengo que dar en la tres’, y ellos iban en la 19 y en la 20. Entonces dije ‘no, prefiero ir con ellos y después a la vuelta yo pido ventanilla’”.
María Inés Elena Viggiano tiene 32 años, vive en Lomas de Zamora con sus papás y ese martes 21 de agosto de 1999 está sentada en la butaca 19B en un Boeing 737-204C matrícula LV-WRZ operado por la aerolínea LAPA, pronto a despegar desde el Aeropuerto Jorge Newbery con destino a la ciudad de Córdoba. Son las ocho y media de la noche. Además de ella, hay otros 97 pasajeros y cinco miembros de la tripulación a bordo. El avión intenta despegar, pero no lo logra. Derrapa, carretea por la pista, rompe la reja perimetral del aeropuerto, atraviesa la Avenida Costanera Norte, embiste a un auto, choca y arrastra una cámara reguladora de gas, frena sobre un talud de arena de un campo de golf cercano. Mientras Inés se cubre la cabeza y se aferra a su asiento.
Podrá salir de ahí. Podrá contarlo. Podrá ser una de las sobrevivientes de una de las mayores tragedias aéreas de la historia argentina. Pasarán 26 años y seguirá siendo una sobreviviente. Su relato cuenta la historia de una mujer que debió haber viajado en el asiento 13 que le tocaba originalmente y que, de manera fortuita, se sentó seis filas detrás. Esa presuntamente insignificante modificación del plan de viaje, le salvó la vida. Un testimonio de ese durante, de esos silencios, de esa conciencia alterada, de quien cuando sobrevivió pensó que había muerto. Y una enseñanza de ese después, del estrés, del momento que sanó, del reseteo de lo importante, de maravillarse con el sol, las nubes, los árboles como si fuese la primera vez. Inés vuelve a ese día.
—¿El embarque fue normal?
—Sí, nosotros llegamos muy, muy sobre la hora. Hicimos el check-in y nos llevaron en un bus. Y de lo que me acuerdo de eso era que todo el mundo estaba llamando a su familia diciéndole “a las diez de la noche estoy en casa”. No lo recordé enseguida, lo recordé en un sueño: había muchas personas llamando por teléfono diciendo “a las diez llego a casa”.
—Eso era lo que vos viste cuando ingresaste al vuelo.
—No, cuando vamos en el bus. Y el abordaje en realidad al avión se hizo por la puerta de adelante y por la de atrás. Nosotros, como teníamos las últimas filas, subimos por atrás. Que eso por lo general nunca se hace, siempre se sube por adelante. El avión me pareció como que estaba sucio, como que era viejo. No me generó buen aspecto, digamos…
—Te sentás, empiezan los operativos para el despegue normales.
—Sí. Las azafatas y todo el mundo ubicándose. El nene en un momento fue a la cabina porque sé que lo vinieron a buscar.
—¿Había un nene?
—El nene que estaba en la fila 17 con el papá. Y recuerdo que fue en un momento, lo llevaron, lo venían a buscar para ver la cabina. Todo era normal, como tantos otros vuelos que había hecho en otro momento.
—¿La sensación del miedo primero es corporal o mental de lo que está sucediendo?
—No, es mental porque ahí activás el instinto de supervivencia. Si a mí alguien me hubiese dicho “te va a pasar esto y vas a reaccionar de esta forma”, hubiese dicho “no puede ser” porque para mí siempre fue 80% emocional y 20% racional. Sin embargo, fui 100% racional. Es como que traté de salir de esa situación, de lo que estábamos viviendo, de ver cómo podíamos salir de esa situación.

—¿Dónde se siente el miedo?
—Cuando sale disparado el avión, no sentí miedo y tampoco sentí que me iba a morir. Lo que sí dije en un momento yo misma, no sé si para darme fuerzas, “esto va a parar, en algún momento va a parar”. Y lo único que pensé fue en protegerme. Me senté bien contra el respaldo del asiento porque la sensación que tenía era que el asiento lo arrancaban, yo pensé en mi columna y en la computadora que tenía. Dije “me va a caer en la cabeza, me va a golpear”. Entonces me protegí la cabeza. Fue lo primero que pensé.
—¿Se movían cosas, había bolsos?
—No, del avión no se cayó nada. Lo que sí, todo lo que estaba suelto, que no tuviese puesto el cinturón, salió volando todo. Las carteras, los tapados, todo, todo.
—Ustedes entendían que estaban en pista y rebotando…
—Sí, sí. La reacción fue que todo el mundo empezó a gritar, todo el mundo se empezó a desesperar y en ese caso yo traté de decir “acá hay que guardar fuerzas para lo que viene después”. Porque no se sabía lo que venía después. Yo lo que tenía claro era que en algún momento iba a parar. Pero yo sabía que iba a necesitar fuerzas para salir de ahí. Entonces era como que cualquier gesto, movimiento o lo que hiciera era como derrochar energía. Hasta que en un momento golpea contra algo y el avión se parte en la fila 16, que es ahí donde nosotros quedamos divididos: los que quedaron adelante y los que estábamos atrás.
—¿Hasta ese momento, además de los gritos y el caos, había luz adentro del avión?
—En realidad no, porque como era un vuelo de noche, lo único que se prende son las luces de emergencia, entonces había un caminito. Y yo lo que sí noté fue que cuando empieza a correr, había un poco más de luz. Claro, era el fuego de la turbina que se incendiaba.
—¿Alguien desde la cabina, alguno de los tripulantes, habló?
—Nada.
—Solo gritos.
—Los gritos de los pasajeros, por la situación que estábamos viviendo que no era lógica. Yo pensaba, yo decía “esto no puede estar pasando, no es real”. Yo decía “nos van a venir a decir que era una prueba, no sé, a ver cómo reaccionás”. Porque la verdad me quería convencer de que no nos podía estar pasando eso.
—¿En ese momento no pensaste que te morías?
—No. Nunca pensé que me moría. Lo único que pensé bien es cuántas cosas me faltan por hacer. Eso sí lo pensé. No pensé que me moría, sino en las cosas que me faltaban por hacer.
—¿Cómo se parte el avión?
—El avión, cuando sale disparado, en un momento pega muy fuerte contra algo, que creo que debe haber sido contra el arco ese que había de Punta Carrasco, dio un vuelco muy, muy fuerte, se partió y ahí es donde queda detenido.
—¿Se parte entero?
—Se parte entero en lo que era la fila 16, que ahí había un espacio entre el último asiento y el 16. Calculo que ahí estaba la salida de emergencia. En ese momento lo que hice fue esperar un poco porque como ya había frenado y había salido disparado, dije “a ver si vuelve a pasar lo mismo”. Entonces me quedé unos segundos sentada cuando todo el mundo empezó a sacarse el cinturón y a saltar para ir hacia la puerta de atrás. Pero yo esperé…
—¿La puerta de atrás se activó?
—Pasó así: el señor que estaba sentado en la fila 16, que yo lo tenía en diagonal, es el primero que sale corriendo hacia atrás. Lo que pasa es que yo sentada no veía lo que estaba pasando. En un momento, me quiero levantar y me había olvidado el cinturón de seguridad. No me podía mover, dije “¿qué me pasó? No puedo caminar”. Veo el cinturón y ahí grité “el cinturón”. No sé cómo me lo saqué. Sé que lo toqué y salió.
—¿Qué es lo que él vio que lo hizo correr?
—Cuando yo me levanto, veo las llamas. El fuego. Él lo tenía delante suyo, tenía la llama de fuego ahí. Cuando vi eso dije “esto explota”. Lo primero que pensé. Empezamos a juntarnos todos ahí donde estaba la puerta, que no se había abierto todavía. Él desconocía el mecanismo, entonces la azafata lo ayudó pero evidentemente estaban esperando algo. La puerta se abrió y entró la bocanada, porque además había otra cosa, no se podía respirar. Nosotros ignorábamos que estaba la garita de gas ahí. Y además el fuego iba todo recorriendo buscando la garita.
—¿Por afuera del avión?
—No, por adentro lo veíamos. Nos empezamos a desesperar porque no nos dejaban bajar, que yo entiendo que era para que se armara esa goma que hay para tirarse.
—¿Empujaron para abrir la puerta?
—No, la puerta ya estaba abierta.
—¿Quién no los dejaba bajar?
—La azafata porque lo que querían era que nos tiráramos…
—Por el tobogán...
—Claro, por el tobogán. Pero nosotros veíamos que se nos venía el fuego encima.
—¿Recordás cuánta gente estaba agolpada en esa desesperación de salir por esa puerta?
—Seríamos de diez a doce personas. Y es muy angosto. Esa parte de atrás es muy angosta.
—Era un sálvese quien pueda.
—Sí, pero es lógico porque en realidad, la situación ahí era que había que salir. Eso era lo que se sabía. Y además nadie decía nada. Porque el silencio era tremendo, esto fue todo en silencio.
—¿Fueron minutos?
—No, segundos. Fueron 40 segundos.
—¿La gente que había viajado con vos la tenías identificada en ese momento?
—Sí, ellos ya habían saltado. Ellos estaban de este lado y pudieron saltar. Yo fui la última en saltar.

—¿De la gente que estaba de la fila 16 hacia delante, donde el avión se corta, nadie pudo bajar?
—Vi a una de las chicas. Cuando me saco el cinturón, vi que ella se paró y saltó por el hueco que había quedado ahí. Pero claro, ahí estaba el combustible y el fuego. Al estar partido, no podían venir de este lado. Además, yo tenía miedo de que el piso del avión desfondara porque era muy, muy débil. Entonces había que andar con cuidado cuando caminábamos porque quedó muy desnivelado y se hundía. La sensación era que se hundía.
—¿Los asientos estaban en sus lugares?
—Los asientos de atrás, sí. Cuando me levanto, miro adelante y lo que vi es que estaba todo oscuro, la cabina no la vi. Y vi los asientos como cuando uno va al cine, está parado y ve las butacas, esa perspectiva que tienen las butacas, yo lo vi de esa forma. Pero no sé si es que se llegaron a levantar. Eso no lo sé. Yo lo que vi es la perspectiva, incluso la primera vez que volví a ir al cine, lo primero que recordé fue eso: lo oscuro y cómo estaban las butacas. Tuve un flashback de lo que había visto en ese momento.
—¿Se escuchaban a los que quedaron de la otra parte?
—No. Se hizo un silencio total cuando el avión se queda. No hablamos ni adelante ni nosotros atrás.
—¿Se callaron los gritos?
—Todos. Todos. Se hizo un silencio. Y de hecho, todo eso que hicimos para bajar, nadie hablaba. No hubo alguien que dijera “hagamos esto, hagamos lo otro”. O “hay fuego”. Nada. Todo el mundo veía lo que estaba pasando, pero no nos salían las palabras. Cuando salto, si bien salté de costado pero quedé como haciendo sentadilla entonces no me lastimé las rodillas, en cambio mis compañeros sí se habían lastimado las rodillas. Y pudimos los tres correr. En un momento se cae una de las chicas, corremos para levantarla y seguimos corriendo, y una persona que estaba conmigo nos dice “paren chicas”, nos damos vuelta y ya era una bola de fuego. Cuando vi eso dije “estoy viendo cómo me morí”. No tenía conciencia de que estaba viva. Y nos abraza a las dos y nos dice “chicas, están vivas”. Y cuando él dijo “chicas, están vivas”, reaccioné. Pero hasta ese momento era como que tenía activado el instinto de supervivencia, no pensé en nadie. Yo lo único que pensaba era cómo tenía que salir de ahí y alejarnos lo más posible porque lo que veíamos era que había un peligro inminente. Pero yo no me acordaba cómo me llamaba, me empecé a preguntar cómo me llamaba porque no me acordaba cómo me llamaba. Y sé que hice un esfuerzo enorme para acordarme. Y ahí cuando logro recordar mi nombre digo “tengo que llamar, yo sé que tengo que llamar a alguien”.
—¿Cómo te diste cuenta de que no recordabas cómo te llamabas? ¿Alguien te preguntó tu nombre?
—No. No. Eso es lo raro. Porque por eso cuando alguien tiene un accidente, lo primero que le preguntan es cómo se llama. Para ver en qué grado de conciencia está. Es como si la mente me hubiese borrado absolutamente todo. Era como que yo estaba ahí y no sabía ni por qué estaba ahí ni qué había pasado. Entonces ahí dije “ahora yo estoy acá”. Tomé conciencia de que estaba a salvo. Y ahí empecé a tratar de acordarme cómo me llamo. No me acordaba y sé que hice un esfuerzo para acordarme. Ahí dije “a alguien tengo que avisarle”. “Llamemos enseguida, urgente”. Yo decía “va a salir en televisión y van a decir ‘nadie puede haber bajado vivo de ahí’”, porque lo que veíamos nosotros… Yo misma cuando vi eso dudé si estaba viva o no.
—Era 1999, los celulares no eran los que son hoy.
—No, exacto. Y en realidad nosotros bajamos con lo puesto. El celular no lo había llevado, lo había dejado en mi casa. Lo tenía apagado. Así que el que sabía que yo había viajado, si empieza a llamar, iba a dar apagado. Alguien que estaba ahí nos ofreció un teléfono y pude llamar a mi casa. Lo que les dije fue “vean lo que vean, quédense tranquilos de que yo estoy bien”. “Lo único que les puedo decir es que estoy con lo puesto”. Y mi vieja me dice “¿no atinaste a bajar nada?”. Y le dije “cómo se ve que todavía no viste nada de lo que pasó”. “Quedate tranquila -le digo- que veas lo que veas yo estoy bien”. Y ahí mi papá me dice “yo te voy a buscar, ¿dónde estás?”. Él quería venir para Aeroparque. Quedamos que nos iban a ir a buscar, que nos llevaban hasta el banco y que nos encontrábamos en el banco. Porque nosotros estábamos bien físicamente, estaba la gente de emergencias…
—Ya estaba emergencias ahí.
—Sí, eso fue enseguida. Pero nosotros lo que decíamos era que a nosotros no nos llevaran porque la prioridad la tenía la gente que se había quemado. Nosotros estábamos bien.
—Vos pudiste llamar a tu familia pero vos estabas en un lugar de una crisis absoluta. ¿Qué veías?
—Ahí lo que veíamos eran las sirenas, llegaba todo el mundo corriendo. Había una parte que había quedado sin luz. Y nosotros fuimos hacia la estación de servicio.
—¿Gente que buscaba a otra gente?
—No, en ese momento no. Nosotros estábamos los tres juntos, y había otras tres chicas que también estaban juntas. El papá con el nene también habían bajado juntos.

—¿Cuándo lloraste?
—A mí me costó bastante llorar porque sabía que si me ponía a llorar, no iba a parar. Al principio fue una sensación de euforia porque una se salvó, una está viva, ¿no? Es como que la sensación que me quedaba era de euforia, de que voy a poder seguir haciendo esto, lo otro. Pero les dije a mis padres que quería ir a Luján. Mi papá es muy devoto de la Virgen de Luján. Entonces le pedí que un domingo fuéramos a Luján. Fuimos y cuando subí, que está la Virgen, los abracé a ellos y lloré todo lo que no había podido llorar. Lo que me pasaba era que la gente estaba muy conmocionada, y es lógico. Todos los que venían a verme, todo el mundo conmocionado pero yo enseguida los atajaba y les decía “estoy bien”. Era como un mecanismo de defensa porque yo sabía que si me… Era como que me deshacía. Sabía que me iban a bajar todas las defensas y que no sabía si iba a poder afrontar eso. Me dejaba muy vulnerable. Traté de ponerme una coraza y decir “tengo que seguir adelante”. Como que me lo impuse, ¿no? Después igual yo iba a la psicóloga, no quise ir a psiquiatra al principio. Nosotros volvimos a trabajar a los quince días, porque no teníamos secuelas físicas. Y en realidad lo que más cambia es el tema de la cabeza. Uno es otra persona, no lo puedo explicar. El cambio que se produce dentro de uno, es inexplicable. Yo usaba lentes de contacto, había perdido los anteojos y tenía que sí o sí ir al oculista para que me diera la receta para hacérmelos. Y yo creo que no hacía ni 48 horas que había pasado y cuando salgo de mi casa para ir al oculista, abro la puerta y vi lo que veía todas las mañanas, pero a mí me pareció como si lo hubiese visto por primera vez y me pareció perfecto. El cielo, el sol, las nubes, el árbol, como si yo lo hubiese visto por primera vez en mi vida y era algo, no sé, increíble.
—¿Cómo siguió todo?
—Al principio está esa sensación de euforia, de decir “estoy vivo”, de querer abrazar a todo el mundo. Después yo empecé a notar que había cosas que me empezaban a pasar. Necesitaba hacer cosas con las manos. Y me anoté en un curso para hacer cuadros de arte francés, porque necesitaba hacer algo con las manos. Siempre decía que tenía un nudo en el pecho y cuando yo me ponía a hacer eso, era como que se desataba. Y además me concentraba en lo que estaba haciendo porque las imágenes eran constantes. No podía sacarme las imágenes de la cabeza.
—Había una necesidad de hacer para no pensar.
—Exacto.
—Empezaron a aparecer entonces los síntomas.
—Empiezan a aparecer los síntomas, pero uno sigue haciendo una vida totalmente normal.
—¿En algún momento pudiste parar?
—Es que lo tuve que hacer porque no pude más.
—¿Qué pasó?
—Yo seguía haciendo auditorías. Por un par de meses, aplazamos los viajes. Pero en marzo vuelvo: no fue por avión, fue por tierra. ¿Pero qué pasaba? Eso también a mí me generaba una cierta inseguridad. Fue como pasó en la pandemia, cuando estábamos encerrados y al salir por primera vez a la calle, uno se siente inseguro. A mí me pasó eso. Yo me sentía totalmente insegura en la calle. Había perdido esa seguridad. Y cualquier ruido, cualquier cosa, no sé, todo me parecía nuevo. Fui a Junín. Y estando en Junín, en el hotel, veo una entrevista de una de las personas que había sobrevivido, pero con secuelas graves. Para mí fue terrible eso. Fue tremendo. Porque fue como que dije “”yo podía estar en el lugar de ella".
—Hasta ese momento no habías tenido más contacto con el resto de los pasajeros.
—Con mis compañeros sí, pero con el resto no porque la mayoría era de Córdoba.
—No había un grupo, una acción organizada, nada.
—Nada. Hasta ese momento no. Hubo familiares que me vinieron a ver porque querían saber qué era lo que había pasado y me mostraban las fotos para ver si había visto a sus familiares. Lo que pasa es que al subir nosotros por atrás en el avión no habíamos visto a nadie, sino creo que no me hubiese olvidado nunca los rostros de la gente.
—¿Familiares de gente que murió querían saber qué había pasado con ellos?
—Exactamente. Eso también me angustiaba bastante porque cuando yo contaba lo que había pasado, era como que me cansaba. Era como si volviera a hacer todo el esfuerzo otra vez: hasta saltar y contar. Era toda una carga emocional que yo decía “lo voy a manejar, lo voy a manejar”. Me hacía muy bien ir al gimnasio y hacer los cuadros de arte francés. De estar en una oficina donde soy contadora y hacer auditoría, me había puesto a hacer cuadros. Dije que mi papá va a pensar que esta chica enloqueció. Y sin embargo, me dijo “¿cuánto te cobran por hacer los marcos?”. Le respondí y me dijo “te los hago yo”. Para mí eso fue sanador.

—¿Qué pasó después de Junín?
—En marzo veo eso. Y seguí hasta junio. Cada vez estaba más angustiada. No dormía. Y estaba mal. Mal. Mal. Notaba ya físicamente que estaba decayendo. Mis padres decidieron que tenía que ir a una siquiatra. Yo no quería. De hecho, llamé a la psiquiatra, me dio los horarios disponibles y le dije que no podía en ningún horario. Y me dijo “cuando tengas disponibilidad, llamame”. Un día volví del trabajo y tenía una angustia tremenda. Entré a mi casa y lo primero que hice fue correr al teléfono, llamar a la psiquiatra y le dije si me podía ver. Me dijo “vení”. Ella me explicó lo que me estaba pasando.
—¿Qué te dijo?
—Lo que me explicó era que lo que tenía era un estrés postraumático. Me explicó lo que era, me ayudó muchísimo para entender qué era lo que me estaba pasando y por qué me pasaba. Es muy importante saber eso, porque uno cree que enloqueció, no sé. Y tampoco se atreve a contarle a los demás lo que le está pasando porque van a pensar que estoy loca.
—¿Te pudieron medicar en ese momento?
—Sí, en ese momento ella me dijo que yo necesitaba tres cosas. Dos ya las había encontrado. Me dijo “vos sos muy intuitiva y buscaste la salida”. El gimnasio y hacer una tarea distinta, que era lo de los cuadros de arte francés, yo ya lo había buscado. Pero me faltaba otra, que era la medicación para poder descansar.
—¿Daba miedo dormir?
—Sí. El problema era que cuando yo cerraba los ojos volvía a ver todo otra vez. Ese era el tema. Y una de las cosas que me pasaba era, por ejemplo, que llegaba a la puerta y no podía bajarme. Eso era lo que constantemente…
—¿Te morías en el sueño?
—No llegaba a morirme porque me despertaba en ese momento. Porque a veces lo tenía en el sueño, pero no era un sueño, no dormía. En mi casa se dieron cuenta de que no dormía, porque se notaba físicamente que estaba decayendo. Y además estaba muy angustiada, por cualquier cosa lloraba.
—Está documentado que en algunos casos aparece la culpa del sobreviviente.
—Sí. A mí me pasó.
—¿Qué es? Contame.
—Al principio, era la euforia del que se salvó. Pero después uno dice “pero acá hubo gente que murió, les debe dar una bronca tremenda que yo me salvé y ellos no”. Empecé a tener la sensación de que tenía gente alrededor, yo me daba vuelta y sentía que tenía permanentemente gente conmigo. Es una de las cosas que yo te digo que uno no quería contar. Entonces lo hablé con alguien y me explicó que a veces cuando la muerte es traumática, el espíritu extraña la materia…
—Vos sentías esas almas cerca tuyo.
—Sí. Entonces a veces me acuerdo de que yo decía “pero esta gente me debe haber una bronca bárbara que yo me haya salvado”.
—Vos no estabas pensando que las familias de las personas que murieron estaban enojadas con vos, vos estabas pensando que las almas de las personas que murieron…
—Exacto.
—¿Y tenías miedo de que te lastimaran?
—No, miedo de que me lastimaran no, pero me angustiaba. Me angustiaba muchísimo. Y lo que hice, que después siempre lo seguí haciendo, era hacer una misa. Yo siempre hice una misa para los familiares y la gente que falleció y por los sobrevivientes.
—Para honrarlos. ¿Eso trajo alivio?
—Sí. Sí. Y lo hice, le dije a mi mamá nada más, nosotras dos. No le quise decir a nadie y le digo “vamos nosotras porque lo necesito hacer yo”. No era para mí, en agradecimiento de que me había salvado, era para ellos.

—¿En algún momento dejaste de pensar todos los días en esto que pasaste?
—Me costó bastante. A mí una de las cosas que fue como la bisagra, como que lo solté, fue cuando se hizo el juicio. Cuando declaré.
—Vos declaraste como testigo en el juicio penal, que digamos que las responsabilidades en el juicio penal han sido una…
—Vergonzosas. Totalmente vergonzosas.
—Y declaraste como testigo, no eras querellante.
—Sí, como testigo. Sentía que le debía eso a las víctimas, ¿no? Eso fue a los 10 años del accidente. Ahí como que solté: no tengo secuelas que me recuerden todos los días lo que pasó.
—Por otro lado, fue la demanda por el resarcimiento económico. ¿Esa demanda fue judicial o se resolvió directamente con la compañía de seguros?
—Nosotros lo hicimos directamente con la aseguradora. Y en realidad fue a través de una conciliación que se hizo. A veces digo “qué falta de empatía”. Yo entiendo que el abogado de ellos tiene una función que cumplir, pero una cosa de confrontar… En mayo del 2000 tuve la conciliación. En realidad, la hicimos en forma individual, no conjunta. Porque eran distintas consecuencias. Pero con el mismo abogado. Y en la conciliación, sentí bastante maltrato por parte de la persona de la compañía aseguradora. En un momento, yo reacciono y le digo “pero a nosotros nadie nos bajó del avión, tuvimos que afrontar toda esa situación que es algo que uno no está preparado para eso”. Ahí la persona que estaba a cargo de la conciliación escucha que yo me tiré del avión y dice “¿de qué avión te tiraste?”. Ahí separó a los abogados, los llevó aparte y dijo “acá no se discute más nada”. Fue como que ahí le puso los puntos al abogado.
—¿En ese único encuentro llegaron al acuerdo económico?
—Sí, sí. Me pagaron lo mínimo que me podía pagar por no tener fracturas. De los tres abogados que consultamos, uno nos llegó a decir que no teníamos derecho a reclamar absolutamente nada. Cuando yo también había perdido mis cosas arriba del avión y después hubo secuelas. Yo no tenía secuelas físicas, pero sí tuve secuelas.
—Me parece un delirio lo que me estás diciendo. Pasaron 26 años. Hoy entendemos las cosas de otra manera. Vos estuviste arriba de un avión en el que todo lo que sucedió estaba mal. No fue una fatalidad.
—No, no, fue la consecuencia de todas las cosas que se venían haciendo mal.
—¿Fue un dinero que te cambió la vida económicamente?
—El día que me pagaron, el día que fui a buscarlo, yo estaba trabajando. Me fui al mediodía a la aseguradora que me daban el cheque y cuando volví me dicen “ahora tenés que ir a festejar”. Y yo dije “no tengo nada que festejar”. A mí me angustió muchísimo. Fue otra cosa que me angustió muchísimo.
—Yo te escucho contar esto de la parte económica casi con culpa.
—Sí, pero no con culpa… Por qué yo tuve que tener ese resarcimiento económico a costa de lo otro. Se murió gente. Hay gente que quedó lastimada. Yo hubiese querido es que bajáramos todos.
—Y aunque hubieran bajado todos igual tenían derecho al resarcimiento económico.
—Exactamente. Pero, no sé, para mí fue todo un tema eso...
—¿Volviste a viajar en avión?
—Sí. Me costó cinco años. No me obligué pero lo que sí me di cuenta es que me angustiaba más el hecho de no viajar que de subirme al avión. Entonces lo que hice fue en 2004, dije “me voy un año a vivir a España”. Y me fui sola un año. Era todo un desafío. Y era un avión grande que yo dije “mejor para viajar ¿no?”. Porque el de cabotaje se nota todo más. En cambio, en el otro, en el internacional, es más sutil todo. Y me hizo muy bien. Primero porque me reencontré conmigo misma, rescaté esas cosas mías de antes y sumado a lo que yo había hecho, como que me construí de nuevo.
—¿Qué mensaje querés dejar hoy?
—Yo lo que quiero decir que independientemente de lo que me pasó a mí, uno a veces no se da cuenta de lo importante y lo linda que es la vida. ¿Por qué nos tiene que pasar esta cosa? Gracias a Dios yo tuve la oportunidad de que me sacudieran y decir “barajo y doy de nuevo y empiezo a darle valor a las cosas que realmente tienen valor”. Y agradecer por todo lo que nos dieron: la forma de agradecer es ver cómo le puedo mejorar la vida al otro. Empecemos, primero, por el que tenemos al lado. A veces es simplemente un abrazo, una palabra, una charla. Pero eso es en realidad lo que termina construyendo una vida. Lo material no se lleva nada, pero sí lo que se lleva es justamente todos esos momentos que se compartió, todo lo que vivió, todo lo que pudo hacer por el otro.





