“Yo era una persona que me enojaba y podía estar un mes sin hablarte”, confesó Mica Viciconte en el ciclo Casino Deluxe de Infobae. Fiel a su estilo frontal, la modelo, actriz, presentadora y guardavidas, sorprendió al sumar otra definición categórica: “A partir de esa relación, nunca más dije ‘te amo’ a las parejas. Prefiero que antes de que me digas ‘te amo’ y vayas y hagas una doble vida, me lo demuestres con hechos”.
En los últimos años, Mica se consolidó como una de las figuras más populares de la televisión argentina tras su consagración en el reality Combate, donde su perfil competitivo la dio a conocer en todo el país. Con el tiempo, amplió su carrera como influencer, panelista y conductora, y terminó de conquistar al público al ganar la tercera temporada de MasterChef Celebrity Argentina. En la actualidad, combina su presencia en redes y televisión —como panelista en La Jugada, dedicado al análisis de Gran Hermano Generación Dorada— con la maternidad y su relación con el exfutbolista Fabián Cubero, con quien tiene un hijo en común, Luca.

Un millón de dólares y sus proyectos personales
—¿Qué harías con un millón de dólares?
—¡Es un montón! Hay que administrarlo bien, no es tirar la plata así porque sí. Porque esto sería mi futuro y el de mi hijo. Bueno, el de mi pareja también ¿no? (risas) Todos juntos. Pero sobre todo mi hijo. Arrancaría con una parte para un negocio, que eso me genere dinero: 200 mil dólares.
—¿En qué tipo de negocio te gustaría invertir?
—Creo que algo deportivo, que me siento cómoda en eso y me gusta. Una marca de ropa deportiva podría ser, aspirando a una marca grande. Ahí divido 80 mil dólares para lo deportivo. Puede ser deportivo, gimnasio, puede abarcar varias cosas.
—¿Qué disciplinas tendría tu gimnasio?
—Funcional, crossfit, metería algo de boxeo, que es muy bueno, y vería lo que la gente más consume y lo metería. Aunque no me guste, lo metería igual. Yoga, todas esas cositas también, que a la gente le gusta y le hace bien.
—¿También para niños?
—No, no metería niños ahí. Que vayan a jugar al fútbol, como lo mando a mi hijo.
—¿Tu hijo hace muchos deportes?
—Sí, de los siete días de la semana, cinco son de deporte después del colegio. En esta familia de padre y madre tan deportistas, no hay opción (risas). En realidad veo que le gusta el deporte. El fútbol le encanta, natación le encanta, taekwondo le gusta hasta ahí. Pero los valores que tiene el taekwondo me gustan para mi hijo.
—Si tuvieras que elegir, ¿preferirías que sea futbolista o nadador profesional?
—Futbolista. No, nadador no creo. La idea es que me cuide el día de mañana a mí (risas). Es zurdo, así que yo creo que futbolista... El padre dice que está bien, lo que pasa es que uno no es muy objetivo. Tiene tres años, pero el año pasado ya fue a fútbol, todo un año, y ahora retoma.
—¿Qué harías con el resto del dinero?
—50 mil para algo de estética. Bótox y todas esas cosas que la gente consume: máquinas, tratamientos para celulitis. Y después 70 mil en un monoambiente para alquilarlo.
Dinámica familiar: maternidad, pareja y familia ensamblada
Mica abordó sin filtros la convivencia y la dinámica familiar junto a Fabián. Se definió como una madre “muy estructurada”, a diferencia de su pareja, a quien describió como “muy presente y permisivo”. Para la modelo, esa diferencia surge de las historias personales y de la crianza: “Él viene de padres separados, con una culpa acumulada de antes y eso a veces le cuesta a la hora de poner límites”.
Viciconte relató que, en su casa, las rutinas son estrictas por ser madre primeriza: “Para mí es blanco o negro. Con Fabián tengo gris, amarillo, rojo, azul. Es un quilombo de colores”. Pese a esas diferencias, resaltó el equilibrio al que llegaron luego de ocho años de convivencia. “Yo soy muy dura, él es más permisivo. Yo soy más de que el nene coma a tal hora y a las 9 tiene que estar durmiendo y sino pasa es: ¿por qué no está durmiendo?”, confesó.
—¿Se sacan mucho de quicio con eso o llega un momento en el que se miran y se ríen?
—No, es que a Fabi no le gusta discutir tampoco. Es como que yo peleo sola, básicamente.
—Medio que te mira como la loca. “Que peleé con la heladera”, dice (risas).
—Sí, es como que me dice: “Bueno, okey, a las nueve”.
—No te deja de amar por eso, entiende que es tu mambo.
—Es como que ya sabe. Sabe que soy rompehuevos y dice: “Okey. Sí, listo. Ya está”.
—Pero no te manda a la miércoles o vos no te saturás...
—Él aporta, pero yo también aporto. Pensá que yo vivo en una familia ensamblada. O sea yo tengo un paquete gigante, como un mac combo, ¿entendés? Que compré, que lo acepto, porque me encanta. Pero yo también me tuve que amoldar mucho, mucho, mucho a eso. Entonces digo: “Bueno, yo me amoldé a eso, él en ese sentido baja los ánimos para que haya un equilibrio”. Nos llevamos súper bien, él es muy bueno como papá, juega, es un padre súper presente.

Reflexiones sobre el carácter, los enojos y la vida personal
—¿Cómo arreglan las cosas con Fabián cuando se pelean?
—Fue mutando un poco porque ya son ocho años y ya uno no pelea con tanta intensidad. Al principio, yo era una persona que me enojaba y podía estar un mes sin hablarte. Sin problema.
—¡Es un montón!
—Sí, decíselo a Fabi (risas). Porque yo necesito transitar mi enojo, no sacarlo. En una pelea grande estoy hablando. Tengo que procesarlo, pensar bien. Y como él no venía a buscarme para hablar, todo se postergaba. Si vos venís, de buena manera, yo me ablando. Pero si vos me esperás, cada vez es como una piedra más grande. Cuando explota... Entonces, lo guardo para mí, lo proceso, lo proceso, lo proceso y cuando ya pasó un mes, ya está a un 50 por ciento.
—¿Y él te banca en ese mes?
—No entendía al principio y se preguntaba: “¿Con quién estoy? ¿Quién es esta piba?” Después con el tiempo, ese mes pasó a ser dos semanas y él terminaba acercándose o yo le decía: “¿Podemos hablar?”
—Un miedo ese momento…
—No quería ni venir. Aparte viene y no sabe ni cuál es el conflicto (risas).
—¿Por dónde venía la pelea como para que vos no le hables y necesites un espacio personal de un mes?
—Al principio los quilombos más grandes eran la estructura de la familia, su ex mujer, acomodarme a una vida nueva, los quilombos mediáticos que habían que yo no los sabía resolver. Me venían a buscar y yo soy muy polvorita y contestaba. Todo eso me iba afectando y yo decía: “No sé si quiero esto”. Con el tiempo, lo hablamos y nos explicamos qué era lo que no nos gustaba o nos afectaba. Ahora los enojos son más cortos. A los dos días viene él a hablar y generalmente uno termina teniendo relaciones y sellando como la canción de Arjona (risas).
—¿Cómo es tu relación con la ex de Fabián?
—No tengo relación. Nunca tuve relación, en realidad, no es que ahora. No pretendo tampoco tenerla, no quiero forzar algo que no sucedió y no va a suceder. Estoy en otra etapa de mi vida, tengo un hijo y priorizo otras cosas.
Su carácter, decir “te amo” y esta presente
—¿Qué es lo que más te ha enojado en la vida?
—La mentira la detesto. Me pasó con mi primer noviazgo importante, me fue infiel, hizo una doble vida como 6 meses. Me enteré por el novio de la chica, no por mi pareja. Sufrí, lloré, nunca le dije nada a la chica, la explicación me la tenía que dar él. Después de esa relación, me vine a Buenos Aires. Gracias a eso hoy soy quien soy, así que no estuvo tan mal.
—Todas las cosas pasan por algo. Hay que envenenarse menos, tener amor propio, poner los límites y hablar, ¿no?
—Por eso después las relaciones también cambian. Hoy yo no le digo “te amo” a mi pareja. A partir de esa relación, nunca más dije “te amo” a las parejas.
—¿Por qué?
—No todas las parejas son iguales y a mi hijo le digo te amo, porque siempre va a ser incondicional y está bien. Pero siento que antes de que me digas “te amo” y vayas y hagas una doble vida o me metas los cuernos, prefiero que me lo muestres con hechos, con detalles. No quiero que me lleves de viaje, pero sí demostralo con un mate, con un “¿estás bien?” Prefiero los hechos.
—¿Fabián te dice “te amo”?
—Fabi pobre, decía “te amo” y yo le dije que no hacía falta, que no digamos ninguno de los dos, que está todo bien.
—Ocho años de relación y ningún “te amo”. ¿Pero lo sentís?
—Sí, yo lo siento. Pero no siento que tenga que decir “te amo” para que él lo sepa. Ya sabe lo que siento por él. Se lo demostré durante ocho años. Ya está. Si no te sirve eso... Te puedo decir “te amo” y después no estoy presente. Prefiero la presencia. Yo le dije: “Si lo querés decir, decilo. No va a haber vuelta” (risas). A veces el posteos uno pone te amo, pero no nos decimos “te amo”. Tampoco somos una pareja pegote, de esas que están todo el tiempo juntos en público. Somos normales, tranquis, no estamos con la manito agarrada ni con mimos todo el tiempo.
—¿Fabián preferiría que sí?
—No, yo creo que ya se volvió una heladera como yo. Somos la heladera y el freezer, estamos unidos. El freezer sería yo y él la heladera, y nos llevamos bien. Funcionamos juntos. Cuando la heladera recalienta, estamos bien y volvemos. Es como un sistema de refrigeración. Somos un electrodoméstico (risas). Nos llevamos muy bien.

La experiencia en el boxeo y la polémica pelea
—¿Cómo fue tu experiencia en Párense de Manos?
—Subestimé un poco el deporte. Cuando era más chica hacía boxeo recreativo con un amigo en Mar del Plata, así muy tranqui. Cuando me propusieron participar, lo dudé sinceramente, porque cuando uno tiene un hijo cambian los pensamientos. Decís: “Che, un golpe en la cabeza... tengo un hijo”. Además, cuando agarro algo no lo hago nunca a medias. El entrenamiento fue durísimo: todos los días dos horas y media. Era la parte física y la de boxeo. Entrenaba con personas que boxean profesionalmente, entonces te cag*n a trompadas. No estás acostumbrada a eso. Una cosa es lo recreativo entre amigos... Con alguien profesional, te preparan para el día de la pelea. Y eso que soy una persona bastante fuerte, pero fue duro.
—¿Alguna anécdota de esa etapa de entrenamientos?
—Me acuerdo que Mala Onda, una boxeadora con la que me subí al ring, no pude ni reaccionar. No vi nada. Ella hizo mucho para que pueda aprender los golpes. Pero me cayó todo el cansancio, el estrés, la frustración y me puse a llorar. Le dije: “¡No me veas!” (risas). Yo toda golpeada, detonada. Soy muy exigente conmigo misma también, entonces me quería poner a la altura de ella. Pero nunca iba a poder porque es una profesional. Es imposible, pero uno se intenta mejorar. El entrenamiento estuvo duro, las primeras semanas no podía caminar, tenía muchos dolores y lesiones, que son normales. Pero la experiencia en general estuvo espectacular.
—¿Cuánto tiempo te entrenaste?
—Cuatro meses, todos los días, de lunes a sábado. Tuve que bajar siete kilos. La alimentación era poquita porque tenía que hacer un déficit calórico. Fue todo muy cuidado con un deportólogo, todo un equipo de profesionales. Quería que ese descenso no me afectara y lo tenía que mantener. El cambio físico fue tremendo. No tomaba alcohol. Todo eso que disfrutas en lo social, no lo viví. Después de la pelea, que perdí, o sea tanto esfuerzo al pedo (risas)…
—Pero hubo una polémica, objetaste los puntos. ¿Cómo fue la pelea y qué opinaste del resultado?
—En ese momento nos odiábamos con Flor (Vigna), nos matábamos. Después uno va creciendo y en un punto nos sirvió a las dos ese enfrentamiento que hoy nos hizo conocidas. Cuando fuimos a pelear ya teníamos buena onda, no sé si mentirosa, pero sin conflicto. El día de la pelea yo no me acuerdo ni cómo peleé. Uno quiere sobrevivir esos minutos y que no te noqueen en los primeros minutos para no pasar un papelón. Duró tres rounds de dos minutos. Me sentía segura, no tenía miedo. Tenía la ansiedad de la pelea. Yo sabía que lo peor había pasado en los entrenamientos. Nadie me iba a pegar como en los entrenamientos con gente profesional. Lo que más me dolió, ya lo sé. Ya tuve la dentadura rota, toda la boca dormida… Hice una exhibición con una persona que peleaba y me metió un gancho, terminé con la boca rota y llamé a la osteópata porque no podía abrir la boca…. Yo lo doy todo, pero bueno me hubiera gustado ganar. Me quedo con eso ahí…
—¿Por qué sentís que el resultado fue injusto?
—Creo que la pelea fue pareja entre las dos. No creo que haya ganado, pero tampoco creo que ella tendría que haber ganado. La pelea fue pareja y lo que decía el conductor no era lo que estaba sucediendo. Decían que Flor me venía a buscar y yo la iba a buscar, querían armar algo que no era. Cuando llegué a casa, abrí una cerveza y quise ver la pelea. La vi 250 veces. Soy muy justa, entiendo que es un show, pero justo los auspiciantes eran los de ella. Eso era ruidoso. Pero bueno, te la banco, todo bien si ganas de buena ley. Pero yo sentí que estuvo parejo en ese sentido. Y después no hubo un golpe de ella que marcó una diferencia. Eran dos ositos panda peleándose y no había otra cosa. Esa fue mi sensación. Me hubiese gustado tener el cinturón, pero no lo tengo.
—¿Pudieron hablar después de la pelea?
—No (risas). Después no hablamos más. Nos seguimos en redes, pero somos las dos muy competitivas. Cuando sucede esto, volvemos a pelear y es como que volvemos a empezar. Fingimos demencia las dos. No tengo nada contra ella, no es ella el punto. Y una de las del jurado la había entrenado a ella el año pasado, entonces esas cosas a mí no me gustan porque siento que hay una inclinación natural porque si vos entrenaste a alguien, querés que le vaya bien.





