Ricky Sarkany: “Soy feliz, sé que Sofi está mucho mejor”

A siete meses de la muerte de su hija y el nacimiento de su nieto Félix, el hombre que hizo de los zapatos un objeto de moda con nombre, apellido y pasarela propia, habla por primera vez en un medio del dolor y el legado luminoso de la diseñadora, y cómo lo plasmó antes y durante su enfermedad. Pero también de cómo se sigue manifestando ahora, y eso le devolvió la fuerza para continuar

Compartir
Compartir articulo
La entrevista completa a Ricky Sarkany. “Soy feliz, sé que Sofi está mucho mejor”, aseguró

Ella está. Lo sabemos porque lo dice su padre, porque su legado permanece más allá de una obra que es testimonio de su alegría infinita, en cada rincón de las oficinas de Saavedra de la marca que fundaron sus abuelos cuando llegaron a la Argentina tras escapar de la doble persecución del nazismo y el comunismo ruso en la Segunda Guerra Mundial. Lo sabemos también porque lo sentimos en el aire durante las casi cuatro horas en las que Ricky Sarkany hablará por primera vez con un medio del día en que “se le acabó el mundo”.

Pasaron exactamente siete meses desde que se despidió de Sofía, su hija mayor, la que buscaron con su mujer, Graciela, durante años, hasta casi perder las esperanzas, la que les enseñó a ser padres; la artista, la diseñadora que logró hacer, siguiendo los pasos de su papá, un nombre propio para un apellido que ya pisaba fuerte en la moda, la pincha que gritaba con él en la cancha los goles de Estudiantes: su debilidad.

Pasaron siete meses desde esa muerte injusta, desde el final de esa lucha injusta contra la enfermedad en la que su “Popi” nunca perdió el temple, ni las ganas, ni siquiera la belleza de sus 31 años apenas cumplidos, ni esa sonrisa que era un sello en su ADN. Siete meses del final de una batalla que ellos siempre pensaron que iban a ganar, porque la historia de su familia es la de vidas “en las que todo cuesta mucho, pero a la larga sale bien”, dice ahora Ricky, y dice también que, ese 29 de marzo, el que murió fue él.

Es cierto, sigue siendo el mismo tipo de sonrisa generosa –la que aprendió de su madre, la que le enseñó a sus cuatro hijas casi como una base de su filosofía–, el mismo laburante que tomó la fábrica de sus padres para hacer de los zapatos el objeto aspiracional de las celebridades y las amas de casa latinoamericanas.

Y a la vez, son incontables las cosas que le duelen más: cada saludo, cada encuentro, cada lugar querido al que tiene que volver. Estuvo un mes encerrado en su departamento. Decir que pensó en matarse es casi una obviedad, porque él ya estaba muerto. Pensó que ya no iba a poder hablar en público, de nada, con nadie, ni para promocionar su marca, nunca más.

“Pero me pasaron una serie de cosas”, cuenta Ricky. Y entonces, entendió que Sofía está. Que ella está en sus diarios y en los cuadros y en las fotos, y también en las flores y las canciones que le gustaban. En la nueva colección que presentó su marca la semana pasada con los lineamientos que le dejó a su equipo. En el tatuaje con su sobrenombre debajo de la Pandurata que se hizo en el brazo izquierdo cuando volvió a Buenos Aires, hace tres meses. “En los colores, en las gotas de la lluvia, en las hojas de los árboles. En un montón de manifestaciones a las que sólo hay que estar atento”.

Ricky junto a su hija Sofía
Ricky junto a su hija Sofía

Y, sobre todo, en la sonrisa de su bebé, de Félix, ese hijo tan deseado al que Sofi llegó a abrazar antes de irse de este mundo y que cumplió siete meses la semana pasada, que justo ayer estuvo en la empresa por primera vez.

Cuando se enciendan las cámaras, Ricky también va a sonreír. Pero no como una pose, ni tampoco por fortaleza –”ojalá fuera fortaleza”, dice–, sino casi como un homenaje a ese recorrido familiar del que él apenas se siente “un fusible”, “un buen zapatero”. Aunque sienta absurda incluso la idea de un homenaje, porque la que debería estar acá hablando de su padre, es Sofía.

–Me gusta que sonrías así, porque Sofía decía que vos le habías enseñado que la sonrisa era una herramienta poderosa, que abría más puertas de las que la gente se imaginaba.

–El otro día justo me recordaban que yo me despertaba sonriendo cuando era bebé. Sofía en todas las fotos que pude ver y que tengo, siempre sonreía. Clarita, Violeta, Josefina; mi mujer, Graciela, todas sonríen. Y ni explicarte cómo sonríen Félix y el Cholito, que es mi otro nieto. Es una forma de vida. ¿Hay adversidad? Sí, claro que hay adversidad. Yo tengo un cuñado que es el que se ocupa de todo cada vez que hay un problema en la familia, desde una operación hasta los trámites cuando alguien fallece. Y hace no mucho le dije: “Mirá, Fer, te voy a decir una cosa. Vos sos el encargado de esto, porque yo me voy a morir antes que vos porque soy más grande y es lo que debería pasar. Y lo único que te voy a pedir es una cosa. Cuando te ocupes de todo, ocupate de algo más, quiero que cuando me estén velando, te fijes que nadie esté triste. Que todo el mundo esté contento; que si alguien está mal, se vaya. Tienen que estar todos contentos porque yo fui feliz”.

–Y eso se lo dijiste hace poco, es decir, después de lo de Sofía.

–Sí. Es que hay dos maneras de recordar. Una, por el tiempo transcurrido, y otra, por los momentos maravillosos que nos dio la vida. Entonces hay que ser agradecido y valorar cada momento. Es una enseñanza que tuve por la experiencia de mi familia.

Mis padres vivieron la Segunda Guerra Mundial y por el solo hecho de haber nacido en una familia de origen judío, mi madre fue detenida y llevada al campo de concentración de Auschwitz, donde la mayoría de la gente fue exterminada. Mi madre cuenta que miraba a los ojos a Mengele y sabía que él a partir de esa mirada decidía si esa persona viviría o no. Mi padre se arrojó por un barranco cuando lo llevaban a un campo, lo escondió una familia católica. Cuando Hungría queda en manos del ejército ruso, la fábrica de zapatos de mi abuelo pasa a ser del Estado comunista. Mi padre votó en contra y esa misma noche lo fueron a buscar y se escaparon con mi madre embarazada de ocho meses de mi hermana en un bote de remos, en una travesía hasta Génova, donde consiguen asilo político en dos países. Uno era Argentina. Llegaron con 60 dólares en el bolsillo. Les alcanzaba para vivir un mes.

Se hizo cargo de la empresa familiar y la convirtió en un éxito
Se hizo cargo de la empresa familiar y la convirtió en un éxito

–De ahí venís y de ahí venía también Sofía. De ese instinto para seguir remando contra la máxima adversidad que atravesó la humanidad.

–Y cuando decidimos tener hijos con Graciela, demoramos en que quedara embarazada. Entonces empezamos a visitar médicos y finalmente nos dijeron que no íbamos a poder, que no había posibilidades. Yo había tenido paperas cuando era chico y decían que mis espermatozoides no eran aptos para fecundar. El cuarto médico que vimos, nos dijo finalmente: “Les voy a pedir un favor, si alguna vez queda embarazada avísenos, por un tema de estadística”. Y un día nació Sofía y nos enseñó a ser padres, a ser una familia. Es una característica de nuestra vida: sabíamos que siempre todo nos costaba mucho esfuerzo, mucha angustia, pero al final, salía. Los sueños se cumplían.

–Eso es algo que también decía Sofía: “Sueños tengo muchos, expectativas prefiero no tener”.

–Lo normal es que uno reconozca a los padres cuando los padres fallecen. “¡Qué grande era mi viejo!, ¡qué grande mi mamá!”. Uno por ahí con ellos tiene una sana competencia y trataba de ser rebelde, pero cuando se van, los valora. Lo que no es normal es que se vayan los hijos antes. Y yo tuve posibilidades de dar algunas charlas con Sofi fuera de nuestras conversaciones, que eran muy ricas, con ese tono único y esa claridad para decir las cosas que tenía. Y siento que nunca le di el verdadero valor que tenía a la persona con la que tuve el privilegio de compartir 31 años. Por eso uno de los aprendizajes que tengo es que uno tiene que valorar siempre, no sólo a los padres que tiene, sino también a los hijos. Uno les puede exigir, puede estar, pero tiene que valorar cada uno de los momentos, cómo piensan, lo que nos enseñan.

–Bueno, pero vos le diste ese valor a Sofía, a su expresión, a su creatividad. Fue por eso que ella pudo conjugar su pasión por la moda y por el arte en una marca tan personal. Tal vez otro padre no hubiera entendido, no la hubiera dejado ser.

–Se lo di como un padre orgulloso, porque ella tenía una sensibilidad muy especial. Cuando vuelve de estudiar en Londres, aplica para una muestra de arte en el Centro Cultural Recoleta y expone sus cuadros en una pared, y con unas proyecciones mostraba cómo se vería en colores, como si estuvieran siempre en movimiento. Con esos colores hace sus dos primeros zapatos y los pone en unos cubos de acrílico, ¡y la gente iba a ver los cuadros! ¡Se quedaban mirando las proyecciones y querían comprar los zapatos! Y yo me preguntaba, ¿por qué le tiene que poner nueve colores al mismo zapato? ¡No es necesario!, con uno o dos alcanza. Pero ella trabajaba, justamente, como si fueran obras de arte. Buscaba en el trabajo su felicidad. Pero lo que digo es que yo nunca me metía en serio atrás de cada una de las palabras y de todo lo emocional que me transmitía y nos transmitió a todos, a su familia, a sus amigas, a sus compañeros de trabajo… Por eso cuando pienso en ella y recuerdo todo lo que vivieron mis padres, me doy cuenta de que yo soy simplemente una especie de fusible en el medio de la vida de mis padres y mis hijos.

El empresario también construyó una familia
El empresario también construyó una familia

–¿Y cómo empezó con Sofi el momento de la adversidad?

–Un día por una indicación inapropiada después de un control ginecológico, la profesional que la atendía le dice que debe ser algún tema hormonal, que volviera dentro de un año. Antes del año, ella va a visitar a su médico clínico, que se sorprende de lo que estaba pasando. Entonces le hacen un chequeo más exhaustivo y le encuentran un tumor en el útero. Inmediatamente vemos el mejor lugar donde pudiera ser tratada, y ella decide hacerse una operación importante para minimizar las posibilidades de que esto siguiera avanzando.

–¿Y ese fue también el momento en el que ella decidió congelar óvulos, no?

Ella con Tomás, su pareja, el amor de su vida –porque se conocieron hace cuatro años y la enfermedad de Sofi empezó hace tres, así que estuvo incondicionalmente–, deciden seguir adelante con la posibilidad de ser padres. Y luego, mediante fecundación asistida y por vientre subrogado, llevaron adelante el sueño de tener el bebé. Tengo que reconocer que cuando se lleva adelante, parte de un gesto tremendo de amor, porque Sofía ya había tenido un segundo evento en el cual estaba en tratamiento. Sin embargo, sabíamos todos que era una batalla ganable. Y ella también lo sabía. El hijo tan deseado era y es una razón de vida; lo fue para nosotros y también lo fue para Sofía.

–¿Y en todo ese proceso de la enfermedad de Sofi, y al mismo tiempo un nieto, la vida, ustedes, vos y Graciela, qué sentían?

–Como padres, ver a un hijo sufrir es un dolor tremendo, y no por el hecho de sufrir, porque ella tenía una filosofía que le hacía agradecer todo en todo momento, sino por saber que en muchos momentos su mente estaba distraída en la realidad de su salud, por estar pensando en cómo ayudarla para que esto se revierta. Pero también estábamos todos seguros de que iba a ser así, de que se iba a revertir, por la sencilla razón de que todo en nuestra vida siempre terminó bien. Nosotros jamás perdimos la fe y la unión en la familia, ni en su amor con su pareja, que la acompañó en cada uno de los momentos, de hecho se casaron unos días antes. Y el bebé que estaba en gestación en el vientre subrogado tenía una fecha de nacimiento, más el atraso que tuvo esa persona en sus partos anteriores, que tranquilamente podían haber sido resultante de que ella no lo conociera. Así que a veces no sé si no terminó bien.

Con su nieto Félix. "El hijo tan deseado era y es una razón de vida; lo fue para nosotros y también lo fue para Sofía", explica Sarkany
Con su nieto Félix. "El hijo tan deseado era y es una razón de vida; lo fue para nosotros y también lo fue para Sofía", explica Sarkany

–¿Cómo fue ese día del nacimiento de Félix?

–Sofi estaba con un estado avanzado de su enfermedad, pero bien. Estaba durmiendo en casa porque Tomy tenía miedo de que lo llamaran y tuviera que salir corriendo a Orlando, donde iba a ser el parto. Todavía no era la fecha. Pero esa noche, se levanta a la madrugada y le dice a Clarita, que estaba con ella: “Está naciendo el bebé, está naciendo Félix”. Y entonces ella le dice: “No, no, estás soñando. Estás teniendo un sueño, Sofi, seguí durmiendo”. Entonces, Sofi insiste: “No, tráeme el teléfono”, que lo habían dejado cargando. Y le llevan el teléfono y se encuentra con un mensaje de Tomy que decía: “Me estoy yendo a Orlando porque está con contracciones”.

Y tuvimos la posibilidad todos, pero especialmente Sofi, de ver el nacimiento de Félix por FaceTime, de ver su carita, la de Sofi, en la ventanita de FaceTime en ese momento único. El bebé nació maravilloso, con lo cual al día siguiente le dieron el alta, y Sofi lo tuvo en brazos, durmió con el bebé. Y fue recién al otro día cuando tuvo una pequeña descompensación y, por control, la internaron y eso fue progresando demasiado rápido.

–Pero pudo tener a su bebé.

–Pero pudo tener el bebé en brazos. Tal vez, en algún momento, si nosotros pudiéramos pensar la gravedad que tenía, lo único que hubiésemos pedido todos, es que conociera al bebé. Y tuvo al bebé. Y hoy podríamos decir: “¡Qué pena! ¡Por tan poco tiempo no pudo vivir esto!”. Fue mamá, lo tuvo en brazos, le dio besos, se acostó con él. Fue con Tomy y Félix una familia, y Felix hoy sonríe desde chiquitito con la misma sonrisa que caracterizaba a Sofi.

Sofía y su hijo Félix, el día que pudo conocerlo y tenerlo en brazos (Familia Sarkany)
Sofía y su hijo Félix, el día que pudo conocerlo y tenerlo en brazos (Familia Sarkany)

–Lo contás con una entereza...

–Pero no es. Ojalá fuera. Cuando le empieza a bajar la presión, con Graciela vamos a despedirnos, y después van las hermanas con Tommy y se ponen a hacerle mimitos a darle besos, le ponen la música que a ella le gusta, le hablan y la enfermera entra desesperada a la sala y dice: “No sé qué están haciendo, pero sigan haciéndolo porque la presión se le puso normal”. Y al tiempo veo que vienen caminando todos y les digo: “¿Qué pasó?” Entonces, Clarita me dice: “Papá, fue hermoso”, digo: “Pero, ¿qué pasó?”. “Fue hermoso”. “Pero Clara, por favor, contame”. “Papá, fue hermoso”. Es una palabra que recuerdo, porque tal vez la sabiduría de los chicos para ver las cosas es distinta de la nuestra. Yo no encontraba qué era la hermosura dentro de lo que había pasado. Uno no puede decir que inmediatamente se pone a llorar ni nada, porque inmediatamente el mundo se acaba.

–¿Y en qué momento volviste a sentir que de nuevo, cómo decís, ella estaba?

–Yo nunca creí demasiado en nada. Escuchaba hablar a otros y pensaba: “Si les hace bien, perfecto”. Pero no pensaba que me fuera a hacer bien a mí. A mí no me podía hacer bien nada. Durante un mes traté de no salir de casa, en Miami. También tengo que reconocer que encontraba una solución fácil para lo que estaba viviendo, que obviamente no la iba a hacer, pero la solución más sencilla era tirarme por el balcón. Lo veía como 15 segundos de un vuelo para que después inmediatamente terminaran todos los dolores.

Hasta hace muy poquito Graciela, mi mujer, tampoco quería tener contacto con nadie que no sea de su cercanía. Solamente el hecho de, cuando volvimos a caminar por el barrio, que alguien te agarre la mano y te diga algo, ya a ella la ponía dentro de una situación que no quería vivir. Y yo le decía, la gente te lo va a decir una única vez, no te lo va a decir dos, y aparte es una muestra de amor y cariño, hacia Sofi y hacia vos. Yo sabía que tenía que buscar alguna forma de seguir, como le gustaría a Sofía. Y lo que pasó es que un día me dicen: “Vamos a salir a caminar”. Y yo les digo: “No, yo me quedo en casa, no, de ninguna manera”, pero como eran tres cuñadas y un solo cuñado, y él estaba solo, dije: “Bueno, voy a salir”. Me puse el barbijo, me puse el cap, unos anteojos, y salimos a caminar hacia la izquierda. Pudimos ir hacia la derecha.

–Y te encontraste con Gustavo Yankelevich.

–Hacemos 100 metros y veo gente argentina. Tiemblo. De golpe, siento que alguien grita “¡Ricky!” y con mucha sorpresa, y miedo, me di vuelta. Viene corriendo un señor y se saca el sombrero, y me dice: “Mucho gusto, soy Gustavo Yankelevich. Yo no debería estar acá, y vos tampoco. Yo no estoy acá de casualidad. A mí me mandaron. Debés haber recibido miles de mensajes. Yo no te mandé ninguno”. Y era verdad, recibí mensajes de gente que ni siquiera conozco. Mensajes amorosos, de dos minutos, de Cris Morena, incluso. Pero de él, no. Me dijo: “Yo no te dejé ninguno. Yo no debería estar acá, no deberíamos ninguno de los dos estar en Miami. Yo estoy en la calle 100, a 6 km. Normalmente no salgo a caminar, si salgo es muy poco, pero me llama mi hijo, a quien veo poco, y me dice ‘papá, vamos a caminar’ y él está en la Calle 94. Y cuando lo voy a buscar, me hace esperar 20 minutos. En todos los casos, me hubiese ido, pero lo esperé, y empezamos a caminar y llevamos caminando 6 km y medio, y yo tengo más de 70 años, y tengo que volver 6 km y medio. Yo no camino nunca 13 km. Yo debí haber vuelto antes. Vos no me tenías que haber encontrado. Sin embargo, nos vimos. Este es mi teléfono. Cuando quieras, llamame”.

Ricky durante la entrevista con Infobae. Habla por primera vez en un medio del dolor y el legado luminoso de su amada hija
Ricky durante la entrevista con Infobae. Habla por primera vez en un medio del dolor y el legado luminoso de su amada hija

–¿Y lo llamaste?

–Pasó el tiempo, le escribo, y con Clarita lo vamos a ver y nos encontramos en un segundo piso alejado en un lugar donde estábamos solos. Y, no te voy a mentir, él aparece como mágicamente. No lo vi llegar, y de golpe, estaba frente a mí. No es que, “uy, ahí está viniendo”, “¿qué tal? ¿cómo estás?”. De golpe apareció y nos empezó a contar muchísimas cosas que le pasaron a él con Romina de temas que tienen que ver con sus primeras experiencias de sentirla cerca de manera espiritual. Y nos dice que estemos atentos a ciertas cosas que pueden llegar a estar pasando, que Sofía generó ese encuentro fortuito que tuvimos.

–Pero vos no creías en nada. ¿Qué te pasó a partir de ese momento?

–Bueno, es como eso que decía Sofía de los sueños y las expectativas. Cuando Gustavo me cuenta sus experiencias, obviamente, el sueño de que a mí también me pasara, lo tenía. Y la expectativa, un poco también, pero no estaba pendiente.

–¿Y te pasó?

–Entendí que la primera experiencia había sido la de ese encuentro. No había ninguna razón para que se diera, para que yo ese día estuviera en el mismo lugar geográfico en donde estaba él con una cercanía tal que hiciera que camináramos hasta encontrarnos.

Gustavo me decía: “Sofía en este momento está con Romina con una sonrisa de oreja a oreja viéndonos a nosotros”. Y ella está. Entendí que ella está. Está en un montón de manifestaciones. Y también en su legado. ¿Cómo se mide la vida? ¿Se mide en horas? ¿En minutos? ¿En segundos? ¿Se mide en años? Me di cuenta de que es una manera totalmente ridícula, eso es solamente si uno va a transcurrir la vida; entonces está bien decir “duró tantos años”. Pero si uno va a vivir la vida, como la vivió Sofi, ¡mirá todo lo que vivió! Estoy completamente seguro de que la suma de los momentos maravillosos de Sofía excede largamente la de la media de la gente que vivió la totalidad de su expectativa de vida física. Es lo que ella dijo en su último cumpleaños: “La vida me dio mucho más de lo que me sacó”. Mi hija, como mi padre, hizo todo lo que quiso, como quiso, cuando quiso. Y se entregó al desafío de la lucha, al desafío de tener ganas de vivir hasta el último momento, al desafío de tener razones para vivir.

–Su legado está también en su obra, ¿pensás hacer una muestra o un documental?

–Sí, lo de la muestra es una posibilidad, y justo ayer inicié una recopilación para un pequeño documental que tiene fecha de presentación para el 29 marzo del 2022, cuando se cumpla el primer aniversario. Va a reunir cientos de testimonios de la gente que la conoció y la quiso, de sus profesores, de algunos que incluso dicen que aprendieron con ella, igual que los padres aprendemos con nuestros hijos.

–Sofía tenía un costado espiritual que de alguna manera ahora también es parte tuya.

–Es así. Pensá todo lo que tuvo que pasar para que exista la sonrisa de Félix: si mi madre no se hubiera salvado del campo de concentración, si mi padre no hubiera saltado por ese barranco o alguien lo hubiese delatado, si el bote se hubiese hundido, si Graciela y yo hubiésemos dejado de intentar cuando nos dijeron que no íbamos a tener hijos.... Yo soy sólo un fusible.

–Bueno, sin el fusible, la máquina no arranca.

–Para seguir adelante sin borrar la sonrisa te voy a contar una pequeña cosa que no sé si va a servir, pero nosotros somos amigos de una familia a la que le pasó algo similar, que es a la hermana de María Cher, que también murió de cáncer de útero y fue atendida en el mismo hospital que Sofi en Houston. Y yo me acuerdo que a los pocos meses lo vi caminando en Punta del Este a Rubén, el papá, nos saludamos y me llamó mucho la atención porque él charlaba y sonreía, y yo no podía entender cómo él podía estar así. Y también tuve la posibilidad fortuita de encontrarme con él en un restaurante en Miami y le conté eso, y me reconfortó porque me dijo: “Ricky, la vida continúa y en esa vida, quienes nos hayan dejado en esta vida terrenal nos quieren ver sonrientes”. A mí ya no me cabe ninguna duda de que es así. Por eso vuelvo a lo que le dije a mi cuñado: cuando yo me vaya, también quiero que todos estén felices. Es lo que hizo Sofi. Lo último que hizo fue sacarse la máscara para decirnos: “Fui muy feliz”. Y cuando llegamos a casa, ese día, nos había dejado una cartita que decía: “Estoy bien y voy a estar mucho mejor”. Tampoco tengo dudas de eso. Ella está mucho mejor.

SEGUIR LEYENDO: