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El discurso completo de Javier Milei en el Palacio Libertad durante la recepción al papa León XIV

El presidente de la Nación inauguró el acto en el que participaron funcionarios, legisladores, empresarios y dirigentes políticos de todos los espacios

Javier Milei junto al papa León XIV (Photo by Tiziana FABI / AFP)

El presidente de la Nación, Javier Milei, brindó un discurso este domingo en la recepción del papa León XIV que se celebró en el Palacio Libertad, luego del paso del Pontífice por Casa Rosada y la Plaza de Mayo.

En el acto participaron representantes de los distintos poderes del Estado: legisladores, gobernadores, integrantes del Poder Judicial, diplomáticos y empresarios se hicieron presentes en un salón lleno. También participaron dirigentes de todos los partidos políticos, entre ellos el expresidente Mauricio Macri, único jefe de Estado con mandato cumplido que accedió al evento.

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León brindó allí su primer discurso en la Argentina, y dejó fuertes definiciones: “La economía debe estar al servicio de la persona y no la persona al servicio de la economía”, dijo. Y agregó: “Antes de preguntarnos qué mundo les dejaremos a los que están por venir, debemos reconocer que su dignidad hacia las generaciones venideras comienza a acoger la vida desde sus primeros instantes”.

El discurso completo del presidente

La visita de León XIV nos eleva espiritualmente a todos los argentinos.

Su Santidad, Papa León XIV, integrantes del cuerpo diplomático, miembros del episcopado argentino, integrantes de los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial de la Nación y al resto de los presentes, y a todos los argentinos que miran atentamente desde sus casas, buenas tardes.

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El papa León XIV junto al presidente Javier Milei

Es un profundo honor para mí, como presidente, y para todos los argentinos celebrar la visita de su santidad León XIV a nuestro país. Quiero darle una cálida bienvenida en nombre de todos. Hoy comienzan jornadas de gran alegría y reflexión nacional para los católicos, para quienes profesan otras religiones, para los argentinos no creyentes y también para aquellos que vinieron desde otros países a participar de la visita de su santidad. Hermanos de Chile, de Paraguay, de Uruguay, de Brasil e incluso de más lejos. Por eso, me alegra ver a todo el arco político aquí, demostrando que hay motivos y ocasiones que van más allá de nuestras diferencias.

Quiero comenzar recordando a nuestro querido Jorge Bergoglio, el papa Francisco, el argentino más importante de la historia y el primer papa latinoamericano. Su partida dejó un vacío enorme en todo nuestro pueblo, tanto para sus fieles como para quienes no pertenecen a la Iglesia. Se trató de una figura excepcional que con su humanidad nos inspiró a todos, independientemente de nuestro credo. Una persona de inmensa generosidad que tuve el honor de conocer de primera mano. Él ya no está físicamente con nosotros y, sin embargo, tenemos el consuelo de que seguirá presente por el resto de nuestras vidas. Quienes creemos en la vida eterna no lo dudamos. Y Francisco no es solo inmortal en los cielos, sino también en la tierra. Porque, como alguien alguna vez dijo: “La inmortalidad es una vida que sigue hablándonos después de la muerte”.

Como argentinos, nuestros lazos con la Iglesia recorren toda la historia de nuestra nación, desde que el Evangelio llegó a estas tierras hasta nuestra declaración de independencia. En 1853, después de décadas de guerras civiles, la Argentina se dio su constitución. En ese momento central de nuestra historia, un joven fraile, el beato Mamerto Esquiú, subió al púlpito y le pidió a su pueblo que acompañara al nuevo orden constitucional y obedeciera la ley. Su sermón tuvo tanto peso que Urquiza lo mandó imprimir y repartir. Fray Mamerto Esquiú quería que la Constitución fuera un ancla para la nave de la patria, porque, según decía, sin ley no hay patria ni verdadera libertad.

Por eso la Argentina liberal, republicana y constitucional no nació contra la Iglesia, sino bendecida por uno de sus clérigos. De este modo, Argentina es un país de orgullosa historia católica, donde desde sus inicios se practican múltiples credos en plena paz y armonía. Y por eso quiero detenerme a hablar del valor de la espiritualidad, que ocupa un lugar central en la vida en comunidad. El centro de toda espiritualidad genuina es la fe. La fe enaltece nuestras almas, porque nos permite comprender y conectarnos con algo superior que nos fundamenta y nos sostiene. La fe nos permite ver más allá de nuestro presente inmediato, nuestras alegrías, nuestras tragedias, nuestros miedos y nuestras incertidumbres, y nos permite reconocernos como seres humanos conectados con algo más grande. Nos conecta con Dios, que nos ama como somos, pero que precisamente a través de ese amor, también nos exige ser cada día un poco mejores personas. Todas las virtudes proceden de esta piedra angular. Sin la fe estamos perdidos en el mundo, porque el futuro se nos aparece como incierto y amenazante. En la fe descansa la certeza de que hay una mano invisible que atraviesa nuestras vidas y que recompensa la bondad y castiga la maldad, tanto con nosotros mismos como con nuestros semejantes.

León XIV saluda al público desde las escalinatas del Palacio Libertad. Fotos: Jaime Olivos

Somos un pueblo de fe, una fe que nos lleva a vencer el mal con el bien, que conserva la esperanza en la adversidad y encuentra en la fortaleza el ánimo para volver a empezar. Por eso la visita de Su Santidad León XIV nos eleva espiritualmente a todos los argentinos. Además, las Sagradas Escrituras son la gran escuela moral de nuestra civilización occidental. La matriz moral que nos une a todos, incluso a quienes no practican ningún culto, está configurada por sus enseñanzas. De ellas emana la noción de un derecho natural, dado por Dios a los hombres, que precede a toda potestad terrenal. En la tradición católica, la libertad queda consagrada en el libro del Éxodo al momento de recibirse las tablas de la ley, donde el Creador señala: “Yo soy el Señor tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de servidumbre”. A continuación, los mandamientos señalan: “No matarás”, que protege la vida, y “no robarás”, que protege la propiedad. Primero somos libres, y porque somos libres, somos responsables de obedecer los mandamientos. San Pablo enseña que esa ley está escrita en el corazón de todos los hombres.

Así, los derechos a la vida, la libertad y la propiedad conforman la columna vertebral de nuestra Constitución Nacional, como también de todas las democracias occidentales. De hecho, encontramos una de las raíces históricas de esos conceptos en la Escuela de Salamanca, conformada por clérigos españoles y, en particular, en el fraile dominico Francisco de Vitoria, que afirma que, por derecho natural, todos los hombres son libres. Esa tradición cristiana enseñó que el poder tiene límites y debe respetar la dignidad y los derechos de cada persona. Una enseñanza que hoy nos esforzamos por honrar en la Argentina. Por eso la visita de Su Santidad León XIV trasciende diferencias y divisiones temporales, y nos tiene que reunir a todos los argentinos para que podamos mirar hacia dentro, hacia lo que nos hace humanos. Al hacerlo, reconoceremos que es mucho más lo que nos une que lo que nos separa. Porque la recta razón nos permite reconocer una ley natural que nos llama a hacer el bien y evitar el mal. Todos sabemos que estos valores son ciertos, y queremos defenderlos y sostenerlos en el tiempo. Y sabemos que esta defensa no es pasiva, sino que requiere de nuestro compromiso activo. Honrar la fe, llevar una vida digna y virtuosa es precisamente la forma de defenderla frente a un mundo muchas veces empecinado en opacarla.

Por nuestra parte, como gobierno, seguiremos trabajando para guiar cada una de nuestras decisiones conforme a la brújula moral que nos ha conducido y que la Iglesia durante tanto tiempo ha custodiado. Quienes ejercemos responsabilidad de Estado debemos gobernar para todos y obrar conforme al bien común. Esa es la certeza, la enseñanza y la profunda responsabilidad que nos impone la fe. Por este motivo, nosotros aplicamos una comprensión económica de ese bien común a la que llamamos equilibrio general intertemporal. Esto significa, a la hora de tomar decisiones, no concentrarnos en lo que necesita un único sector en un determinado momento, sino en el beneficio de toda la sociedad en el presente y en el futuro. Solo así podemos asegurar a cada argentino el ejercicio de su libertad en igualdad ante la ley, sin imponerle arbitrariedades a unos en detrimento de otros y sin castigar a los argentinos de mañana en pos de favorecer a los argentinos de hoy. Esto es fundamental. Nos sabemos responsables no solo de los argentinos del presente, sino de los del futuro, los niños de hoy y los de mañana. Por ellos también trabajamos. Y las Sagradas Escrituras ofrecen enseñanzas en esa dirección.

El Papa León XIV, junto al presidente Javier Milei, en la Casa Rosada. REUTERS/Yara Nardi

Una valiosa sobre la que estuve trabajando esta semana es la parábola de los dos cimientos. Jesús cuenta que dos hombres construyeron su casa. Uno, prudente, la levantó sobre la roca. El otro, insensato, la levantó sobre la arena. La de la arena se construyó más fácil y más rápido, porque es sencillo asentar los cimientos. Pero cuando llegó la lluvia, crecieron los ríos y soplaron los vientos, solo quedó en pie la casa fundada sobre la roca. La otra cayó. Esa es la Argentina que queremos construir, un país fundado sobre la roca, una misma casa para los que pusieron sus cimientos, para los que hoy vivimos en ella y para los que van a heredarla.

Como decía Edmund Burke: “Una sociedad es una asociación entre quienes están vivos, quienes han muerto y quienes están aún por nacer. A ellos nos debemos como Estado”.

Por lo tanto, honremos la memoria y protejamos el legado de quienes ya no están. Mejoremos sostenidamente la vida de quienes hoy están presentes y aseguremos el futuro de quienes aún no han llegado. Santidad, gracias por venir. Y quiero pedirle únicamente que rece por la Argentina tal como lo hacemos nosotros. Muchísimas gracias.

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