Milei es el enemigo más peligroso y temible para el propio Milei. No importa cuando leas esto. Lo fue en el primer tramo de su mandato, hasta que fue “salvado” eventualmente por el inédito salvataje financiero de la administración Trump; lo es hoy, cuando en un contexto complejo desde el punto de vista económico, encara el tramo final de su mandato hacia una posible reelección.
Daños autoinfligidos, internas inoportunas y recurrentes, desmesura y sobregiros constantes, insultos y provocaciones, errores estratégicos, ensimismamiento con temas irrelevantes o inconvenientes, rigidez y dogmatismo, son solo algunos de los emergentes de una larga saga de auto boicot que solo le permite seguir de pie frente a una potencial reelección por la profunda e irresuelta orfandad opositora.
Como es ya ampliamente conocido, tras alcanzar un pico de popularidad ante la opinión pública a fin de año pasado, tras el tan contundente como sorpresivo triunfo electoral en las legislativas, el Presidente y su gobierno empezaron a caer sostenidamente en los sondeos. Y, si bien los casos de presunta corrupción (Andis, Libra, Adorni) comenzaron a dejar una huella, este deterioro se explica centralmente por una economía que no termina de repuntar.
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El cambio en el humor social es a todas luces evidente, y puede resumirse con contundencia con los datos que arroja el más reciente relevamiento de la consultora Aresco: el 66% de los argentinos tiene una evaluación negativa de la economía; el 33% positiva. La última encuesta de Poliarquía agrega otro dato significativo respecto a la percepción sobre los beneficiarios del “modelo” libertario: siete de cada diez argentinos creen que Milei gobierna pensando en “algunos sectores” y no en “la mayoría de la gente”.
Con estos datos, que se alinean con un contexto caracterizado por la caída del nivel de actividad, el derrumbe del consumo, la erosión de los salarios, el aumento de la morosidad y el endeudamiento, los problemas crecientes de empleo, y el estancamiento de la desinflación, cualquier observador desprevenido que no conociera la paradójica realidad argentina imaginaría que la suerte electoral del actual gobierno estaría marcada por una inexorable derrota.
Sin embargo, la falta de alternativas opositoras competitivas en un espacio tan heterogéneo como huérfano de liderazgos nuevos o aglutinantes, aún mantiene a flote y con chances a un Milei que parece tener como principal adversario político y electoral al propio Milei. En otras palabras, Milei no está perdiendo ni con el peronismo ni con alguna alternativa centrista ni con un propio rival de derecha, sino con la propia imagen de sí mismo que le devuelve el espejo de una Argentina que está muy lejos del vergel que prometía el libertario.
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Frente a este panorama, sin embargo, no se avizoran giros drásticos ni cambios de rumbo. Por el contrario, Milei se aferra a sus dogmas y se muestra ensimismado con la idea de que sus recetas son las correctas, por lo que el equipo económico se prepara para encarar el proceso electoral abrazando conservadoramente tres anclas para evitar “ruidos”: el frente fiscal, el dólar estable, y las tasas relativamente estables.
Parece poco ante una economía que ya no solo está lejos de crecer como “pedo de buzo” como alguna vez vaticinó el propio Milei, sino incluso de aspirar a un efecto derrame relativamente extendido que coincidiera con el proceso electoral. Más aún, cuando para rehuir de la discusión de los temas económicos, el Gobierno parece recurrir a la estrategia de sobregirarse o recalentarse políticamente, con resultados magros en algunos casos y nuevas heridas autoinfligidas en muchos otros.
Algo de esto pudo verse esta semana, donde no solo continuó profundizándose un evitable conflicto diplomático con Brasil originado tras el exabrupto de Milei contra Lula en territorio brasilero, sino también donde un oficialismo obstinado y ensimismado con agendas reformistas de cuestionable legitimidad y escaso nivel de consenso se expuso a nuevas derrotas políticas y legislativas, como ocurrió con la marcha atrás en la desregulación de la actividad de los prácticos portuarios, que paralizó el comercio internacional durante algunos días, o con el papelón en el Senado con el “desplume” que sufrió la pomposamente bautizada “ley de inviolabilidad de la propiedad privada” tras resignar los capítulos de tierras y manejo del fuego.
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Lo cierto es que cuando todavía faltan varios meses para las definiciones más importantes, el panorama político comienza a teñirse inexorablemente con el tono electoral, y el Gobierno encara los largos 15 meses que le quedan de este primer mandato con la certeza de ir por la reelección, pero con escasas herramientas para revertir la situación económica actual con impacto en los bolsillos y con un escenario político en el que la tan ansiada reforma electoral que evitara la revitalización opositora no parece tan factible.