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Jóvenes e identidad animal: ¿aullido o grito de auxilio?

Los therians no se limitan a declararse animales en redes sociales. Se reúnen en plazas y parques, donde imitan ladridos y gestos, e interactúan entre sí y con la fauna local, que suele mirarlos con perplejidad o rechazo

La adolescente que se hace llamar Aguara lleva una máscara de perro durante una reunión de Therians, personas que dicen identificarse como animales, en Buenos Aires, Argentina, el domingo 22 de febrero de 2026. (AP Foto/Rodrigo Abd)

Son tiempos de identidades líquidas. Un aullido nocturno o un maullido en el parque ya no garantizan la presencia de un animal: podrían tratarse de un therian, alguien convencido de que su esencia pertenece a otra especie.

Los therians no juegan a ser animales: dicen serlo. Aunque con las limitaciones de un cuerpo humano —que no puede trepar árboles como un mono ni correr como un galgo—, la convicción es genuina. El resultado, sin embargo, es un híbrido entre fantasía y carne, entre el deseo de ser otro y la evidencia de que, al final del día, se sigue siendo humano.

Los therians no se limitan a declararse animales en redes sociales. Se reúnen en plazas y parques, donde imitan ladridos y gestos, e interactúan entre sí y con la fauna local, que suele mirarlos con perplejidad o rechazo. Imaginen la escena: jóvenes con orejas y colas postizas, ataviados con accesorios que evocan a sus “especies espirituales”, interactúan también con los animales reales. Estos, por cierto, rara vez comparten el entusiasmo.

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Un perro olfatea a su supuesto congénere humano y, tras un momento de confusión, opta por alejarse o morderlo: “No, amigo, no eres de los míos”. La autopercepción, llevada al extremo, choca aquí con la realidad: uno puede sentirse lobo, pero el lobo no lo reconocerá como tal. Aun así, insisten. Organizan paseos y “manadas” urbanas, viviendo su identidad con una seriedad que roza lo conmovedor, aunque —por ahora— sin exigir derechos especiales.

Desde la psicología, esta identificación intensa no es nueva. En la infancia es habitual sentirse gato o superhéroe. Cuando persiste en la adultez, algunos especialistas la interpretan como una búsqueda de pertenencia o una vía de escape frente a las rigideces sociales. No se trata necesariamente de una patología, sino de una estrategia creativa —a veces desesperada— para habitar un mundo que se percibe ajeno.

¿Es una moda pasajera? Probablemente. Pero, como toda moda, revela algo más profundo. En una época en la que las pantallas mediatizan hasta el último gesto y la espontaneidad parece un lujo en extinción, quizá no sea casualidad que algunos opten por identificarse con seres que actúan por instinto, sin filtros ni algoritmos. A diferencia de los emos o los góticos, los therians no proyectan melancolía, sino energía. Hay algo refrescante en ver a alguien correr a cuatro patas por el césped, aunque sea por un rato.

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¿Y si hay un therian en casa? No entren en pánico. Escúchenlo sin juzgar, pero sin reforzar la fantasía. Si la conducta afecta su vida diaria, lo razonable es buscar orientación profesional para comprender, no para “corregir”. Poner límites claros —en casa todos colaboran— y, al mismo tiempo, permitir que exprese su individualidad sin miedo. Muchas de estas etapas pasan; lo que permanece es el recuerdo de cómo lo trataron.

Si la conducta afecta la convivencia familiar, entonces sí habrá que intervenir. Incluso los lobos aprenden normas. El fenómeno plantea preguntas incómodas: ¿hasta dónde puede estirarse el concepto de identidad sin romperse? Patologizarlo sería un error; romantizarlo sin crítica, también.

Los therians funcionan como un espejo. Devuelven la imagen de una sociedad que busca, a tientas, nuevas formas de habitar el cuerpo y el mundo. Tal vez un poco de animalidad y expresión sincera no nos vendría mal, siempre que no implique asustar al perro del vecino.

Al final, como en el teatro o el carnaval, lo importante es tener un lugar al que volver cuando la máscara cae. Los therians, por ahora, parecen saberlo. Ojalá no pierdan el rumbo. Y, sobre todo, que no empiecen a marcar territorio en el sofá de casa: eso sí sería llevar las cosas demasiado lejos.

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