Creo que Milei va a ser reelegido. También creo que la Argentina puede convertirse en un país que inspire una confianza parecida a la de Australia: un lugar donde se pueda invertir a 20 años sin tener que rehacer todas las cuentas cada vez que se acerca una elección. La posibilidad de acercarnos a ese país me entusiasma. Llegar ahí exige algo que ningún gobierno puede fabricar de un día para otro: una historia de cumplimiento.
Lo que extraño en muchos de los análisis sobre Milei es esa doble perspectiva: el tiempo que lleva ganar confianza y el mundo en el que estamos intentando hacerlo. Un inversor tiene un mapa bastante más grande que el nuestro sobre la mesa. El dinero que podría venir a la Argentina también puede ir a otro país, a otro sector o quedarse en un bono del Tesoro estadounidense.
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El cobre de una montaña argentina puede llevar millones de años en el mismo lugar y convertirse en una inversión menos atractiva en una tarde. No hace falta que cambie una ley ni que Milei diga una palabra. Puede alcanzar con que suba el rendimiento de un bono estadounidense. El mineral sigue allí; lo que cambió fue la cuenta de quien tiene que poner el dinero.
El primer problema viene de Estados Unidos y de la suba de sus tasas de interés de largo plazo. Trump no es Milei cuando llega la hora de cerrar las cuentas. Milei consiguió superávit financiero ya en enero de 2024, su primer mes completo de gobierno. El Estado nacional cerró 2024 y 2025 con superávit y también mostró un saldo positivo en el acumulado de 2026 hasta septiembre.
Estados Unidos, en cambio, cerró el ejercicio fiscal 2026, que terminó en septiembre, con un déficit de casi dos billones de dólares, equivalente al 6,2% de su producto bruto interno (PBI). Dicho de otra manera: por cada 100 dólares que produjo su economía, el Estado federal gastó 6,20 dólares más de lo que recaudó. En 2025, el déficit había sido del 5,8% del PBI; el promedio de los últimos 50 años es del 3,8%. El agujero sigue siendo enorme, aún para la mayor economía del mundo.
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Para mí, la mayor pelea de Trump en lo que va de su segundo mandato fue con Elon Musk, y el déficit estuvo en el centro de la ruptura. Musk cuestionó el paquete fiscal porque aumentaba el déficit y contradecía el esfuerzo por recortar el gasto que él mismo había impulsado. Según la Oficina de Presupuesto del Congreso, la ley finalmente aprobada sumaría 4,2 billones de dólares a los déficits acumulados entre 2025 y 2034, incluidos los intereses y los efectos sobre la economía. Es un costo adicional proyectado a diez años, por encima de los déficits que ya se preveían.
Para financiar semejante agujero, el Tesoro estadounidense tiene que pedir prestado. Esa necesidad de colocar más deuda contribuye a presionar las tasas de largo plazo, junto con la inflación y las expectativas sobre la Reserva Federal. El efecto llega a una mina o a un proyecto energético argentino, donde hay que invertir hoy para recuperar el dinero durante décadas. Una tasa de descuento más alta reduce el valor actual de esos ingresos futuros. Aun con mejores reglas y un recurso extraordinario, los números pueden no cerrar.
Con la inteligencia artificial me pasa algo curioso: me entusiasma lo que puede hacer y me inquieta lo que se está pagando por ella. En el último mes creció la preocupación por las valuaciones y por el dinero necesario para sostener tanta inversión. Me recuerda a las puntocom, a la fibra óptica y, en otro sentido, a la burbuja inmobiliaria de 2008. Detrás de aquellos precios había activos reales. El problema era cuánto se pagaba y con qué expectativas.
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En el mercado cripto de 2022 yo veía casi todo burbuja. En la IA veo utilidad real y un futuro extraordinario. Pero cuando veo a OpenAI buscando una valuación superior a 1,4 billones de dólares y a Anthropic aspirando a llegar a dos billones, me da vértigo. Son decenas de veces sus ingresos anualizados, con enormes inversiones todavía por financiar. Puede funcionar, pero a esos precios el futuro tiene que salir casi perfecto. Y cuando un inversor empieza a desconfiar de su cartera, también puede postergar ese proyecto argentino que, en los papeles, sigue siendo excelente.
Las urnas de Brasil sumaron otra preocupación. La reelección de Lula me parece un golpe durísimo para quienes creemos en el capitalismo, en construir empresas y en atraer inversión privada. El lunes 26 de octubre, en la primera rueda después del balotaje, el Ibovespa cayó un 13,9% en reales, su mayor baja diaria desde marzo de 2020.
El golpe se sintió también en la Argentina. Ese mismo día, el Merval perdió un 3% en pesos, los bonos Globales argentinos retrocedieron un 2,1% en promedio y el riesgo país llegó a 765 puntos básicos. El resultado brasileño agravó la cautela hacia los activos de la región. Además, un real más débil complica la competitividad de las empresas argentinas que exportan a Brasil. La elección ocurrió del otro lado de la frontera, pero una parte del costo llegó hasta acá.
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Hay también una lectura política. Un proyecto minero tiene que sobrevivir a varios gobiernos. Quien invierte necesita creer que las reglas van a durar lo suficiente para recuperar su dinero. En la Argentina, el temor al regreso del socialismo tiene un nombre conocido: kirchnerismo. Yo creo que Milei va a consolidar su rumbo, pero entiendo que un inversor todavía se pregunte qué puede pasar después. Esa duda se responde con continuidad y resultados.
Para mí, estos episodios muestran cuánto vale construir una confianza propia. Australia está integrada a los mercados internacionales y también está expuesta a sus crisis. Cuenta, sin embargo, con instituciones y mercados financieros que le permiten absorber mejor los golpes. A esa capacidad tenemos que aspirar: más ahorro e inversión locales, mayor profundidad del mercado de capitales y reglas que sobrevivan a los cambios de gobierno. Así se gana autonomía financiera y se reduce la dependencia de cada cambio de humor internacional.
La Argentina ya empezó a construir ese historial con el equilibrio fiscal. Mi expectativa es que la reelección de Milei permita sostenerlo y consolidar las reformas durante un segundo mandato. Cada año de cuentas ordenadas, contratos respetados y proyectos que funcionan ayuda a que el inversor deje de preguntar si todo volverá a cambiar. Con el tiempo, esa confianza puede traducirse en financiamiento más barato y en inversiones que hoy todavía esperan.
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Por eso soy optimista. Creo que podemos llegar a una Argentina mucho más estable, próspera y capaz de financiar su desarrollo con menos sobresaltos. Pero para entender cómo nos está yendo hay que mirar también el mundo en el que estamos avanzando. Milei puede mejorar las condiciones argentinas; no decide cuánto cuesta el dinero en Estados Unidos ni quién gana una elección en Brasil. Ser Australia lleva tiempo. Y creo que la Argentina, con continuidad, puede recorrer ese camino.
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