Vivimos en un mundo que parece haber aprendido a comunicarse a la velocidad de la luz, pero que, paradójicamente, encuentra cada vez más dificultades para acercarse. Nunca tuvimos tantas herramientas para estar conectados y, sin embargo, las distancias entre las personas parecen multiplicarse. Las guerras, los enfrentamientos, los discursos de odio y los miedos que atraviesan nuestras sociedades nos enfrentan a una pregunta que considero fundamental: ¿qué estamos haciendo para construir un mundo en el que todos podamos reconocernos como parte de una misma humanidad?
No creo que la respuesta esté necesariamente en grandes discursos, en nuevas tecnologías o en soluciones que dependan exclusivamente de quienes tienen responsabilidades de poder. Sin desmerecer la importancia de todo ello, estoy convencido de que también debemos recuperar algo mucho más elemental: nuestra capacidad de encontrarnos con el otro, de reconocerlo, de escucharlo y, sobre todo, de comprender que, más allá de nuestras diferencias, compartimos una misma condición humana.
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Hay momentos en la historia, como este, en que no basta quedarse a un lado y mirar cómo el miedo, la división y el enfrentamiento nos llevan a la oscuridad y la destrucción. El mundo atraviesa una época de profundas incertidumbres, en la que el gasto militar mundial alcanzó en 2025 los 2,887 billones de dólares, según el Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo (SIPRI), y registró su undécimo año consecutivo de crecimiento. Detrás de esas cifras hay recursos, decisiones y, fundamentalmente, vidas humanas. Frente a semejante realidad, creo que es necesario preguntarnos qué lugar les estamos dando a la paz, la fraternidad y la solidaridad en nuestras prioridades individuales y colectivas.
Quizá el próximo gran salto que necesita la humanidad no sea hacia afuera, sino hacia adentro. No se trate de llegar más lejos, sino de acercarnos más los unos a los otros. No sea un salto de tecnología, sino de conciencia. Porque podemos desarrollar máquinas extraordinarias, explorar nuevos planetas y alcanzar avances científicos que hasta hace poco parecían imposibles, pero si no somos capaces de reconocernos en quien tenemos enfrente, seguiremos arrastrando las mismas dificultades que nos acompañan desde hace siglos.
En este sentido, hay una figura que continúa iluminando nuestro presente con una vigencia extraordinaria: San Francisco de Asís. A ochocientos años de su muerte, su mensaje de fraternidad, humildad y respeto por toda forma de vida conserva una fuerza que trasciende las fronteras del tiempo y de las religiones. Francisco comprendió que la verdadera riqueza no reside en acumular, sino en compartir; que la grandeza no está en imponerse sobre los demás, sino en ponerse a su servicio; y que el amor no puede limitarse a quienes piensan, creen o viven como nosotros.
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Mi vínculo con el pensamiento franciscano ha sido una parte esencial de mi recorrido personal y humanístico. En 2023 tuve el honor de recibir el Premio San Francisco de Asís, otorgado por la Pontificia Universidad Antonianum de Roma, perteneciente a la Orden Franciscana. Aquella distinción, que reconoció mi trayectoria y mi compromiso con los valores espirituales y humanísticos, significó también una responsabilidad: la de procurar que esos principios no permanezcan únicamente en el terreno de las ideas, sino que puedan traducirse en acciones concretas, capaces de generar encuentros y despertar una conciencia compartida.
Este año, en el que conmemoramos los ocho siglos de la muerte de Francisco, ocurrida el 3 de octubre de 1226 en la Porciúncula, su legado nos ofrece una oportunidad para reflexionar sobre el mundo que estamos construyendo y, especialmente, sobre el que queremos dejarles a las próximas generaciones. Su mensaje no pertenece exclusivamente a los creyentes ni a una tradición religiosa determinada. La fraternidad, el respeto por el prójimo y el cuidado de nuestra casa común son valores universales que pueden convocarnos a todos, independientemente de nuestras nacionalidades, culturas, convicciones o formas de pensamiento.
De esa convicción nace Un abrazo por la humanidad, una iniciativa que impulsamos con la esperanza de que un gesto tan sencillo como abrazar pueda ayudarnos a recuperar algo que nunca deberíamos haber perdido: la capacidad de sentirnos hermanos. No se trata de crear una organización, fundar un movimiento ni establecer una nueva corriente de pensamiento. Tampoco persigue objetivos políticos o comerciales, ni contempla la recaudación de fondos. Es, simplemente, una invitación a que cada persona, desde el lugar en el que se encuentre, pueda acercarse a otra y compartir un abrazo.
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Puede parecer una propuesta demasiado pequeña frente a la dimensión de los problemas que nos aquejan. ¿Qué puede hacer un abrazo ante una guerra, una crisis humanitaria o una sociedad profundamente dividida? Sería ingenuo pensar que un gesto, por sí solo, puede detener un conflicto o resolver las grandes dificultades de nuestro tiempo. Pero también sería un error subestimar el poder que tienen las acciones individuales para transformar nuestra manera de relacionarnos. Un abrazo puede derribar, aunque sea por un instante, las barreras que levantamos frente a los demás. Puede transmitir afecto, consuelo, confianza y, sobre todo, la certeza de que no estamos solos.
La iniciativa propone algo deliberadamente simple: que hoy cada persona que desee sumarse abrace a tantas personas como pueda, sin importar si son familiares, amigos, conocidos o incluso desconocidos. No hacen falta preparativos, pertenecer a una institución ni compartir una determinada creencia. Solo hace falta la voluntad de acercarse al otro, con respeto y desde la libertad de cada uno. Porque un abrazo verdadero no se impone: se ofrece y se recibe.
En Buenos Aires, ese espíritu tendrá un punto de encuentro muy especial. Hoy, a las 19, nos reuniremos en el entorno del Planetario Galileo Galilei, ubicado en la avenida Sarmiento, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, para compartir un momento de fraternidad en el marco de esta convocatoria mundial. El encuentro, que cuenta con el apoyo del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, tendrá una duración estimada de 20 minutos. La elección del Planetario no es casual: su cúpula representa ese cielo que todos compartimos, que no distingue entre nacionalidades, culturas, religiones ni ideologías. Si las condiciones técnicas y operativas lo permiten, además, podrá iluminarse especialmente con la palabra PAZ, como un símbolo de aquello que necesitamos construir entre todos.
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Me gustaría que este encuentro pudiera trascender el espacio físico y el momento en que se realiza. Que quienes se acerquen al Planetario y quienes participen desde cualquier otro lugar del mundo comprendan que forman parte de una misma experiencia, de una misma búsqueda. Que el abrazo no sea solamente una expresión de afecto, sino también una forma de reconocer al otro como alguien que merece nuestra consideración, incluso cuando sus ideas, sus costumbres o su historia sean muy diferentes de las nuestras.
Hay una idea que considero central para alcanzar esa fraternidad: el otro soy yo. No significa que debamos pensar todos de la misma manera, renunciar a nuestras convicciones o ignorar las diferencias que existen entre las personas. Significa, más bien, aceptar que detrás de cada rostro hay una historia, una familia, sueños, temores, alegrías y sufrimientos. Que aquello que nos une es mucho más profundo que las circunstancias que nos separan. Cuando logramos mirar al otro desde esa perspectiva, el enfrentamiento deja de ser la única respuesta posible y comienza a abrirse un espacio para el diálogo, la empatía y la comprensión.
También es importante recordar que la fraternidad no puede agotarse en un gesto aislado. Un abrazo puede ser el comienzo de una transformación, pero esa transformación debe continuar en nuestra vida cotidiana: en la manera en que tratamos a quienes nos rodean, en cómo escuchamos a quienes piensan distinto, en nuestra disposición a ayudar a quien lo necesita y en la responsabilidad que asumimos frente al sufrimiento ajeno. La paz no es únicamente la ausencia de guerras: es una construcción diaria que empieza en nuestros hogares, en nuestras comunidades y en cada una de nuestras relaciones.
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Por eso, esta convocatoria está abierta a creyentes y no creyentes, a personas de todas las culturas, nacionalidades y formas de pensamiento. No pretende señalar diferencias ni establecer quién tiene razón, sino proponer un espacio en el que esas diferencias puedan convivir con el reconocimiento de nuestra humanidad compartida. En un tiempo en el que tantas veces se nos invita a desconfiar, a competir y a enfrentarnos, acercarnos a otra persona puede convertirse en un acto profundamente significativo.
Quizá millones de abrazos no resuelvan por sí solos los problemas del mundo, pero pueden cambiar nuestros corazones. Y cuando cambian los corazones, comienza a cambiar la historia. Tal vez el mundo no cambie esta noche, pero quizá cambien dos personas. Y después otras dos. Y otras dos. Así, a partir de pequeños gestos, podemos empezar a construir una conciencia colectiva diferente, en la que la solidaridad deje de ser una aspiración abstracta para convertirse en una práctica cotidiana.
Hoy, en el octavo centenario de la muerte de San Francisco de Asís, quisiera que su mensaje de fraternidad nos inspire a dar ese primer paso. Que cada abrazo sea una manera de decirle al otro que lo vemos, que lo reconocemos y que su existencia nos importa. Que podamos dejar por un momento de lado nuestras diferencias para encontrarnos en aquello que nos une.
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No sabemos cuánto puede cambiar un abrazo. Pero sí podemos elegir darlo. Y quizás, en esa decisión tan sencilla, esté el comienzo de algo mucho más grande: la posibilidad de reconocernos, finalmente, como parte de una misma humanidad.
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