Desde el inicio de la causa ANDIS vengo advirtiendo sobre un punto que, con el paso del tiempo, lejos de perder relevancia, se volvió central: el origen de los audios que dieron nacimiento al expediente. No es una discusión nueva ni oportunista. Es una cuestión que se planteó desde el primer momento en que esas grabaciones se hicieron públicas y comenzaron a tener consecuencias judiciales.
La reciente decisión de la Cámara Federal, que anuló un rechazo previo y ordenó revisar el origen de la causa, confirma que no se trataba de un planteo menor ni dilatorio, sino de un problema estructural que debió haberse despejado al comienzo de la instrucción.
El punto de partida no puede ignorarse
Es cierto que, en el desarrollo posterior del expediente, ni el juez de primera instancia ni la fiscalía sostuvieron formalmente que los audios fueran utilizados como prueba directa. Sin embargo, ese argumento tiene un límite evidente: la denuncia que pone en marcha la causa parte de esos audios.
Sin esas grabaciones no hay denuncia, no hay investigación y no hay expediente. Ese dato es imposible de soslayar, aun cuando luego se intente despegar formalmente a los audios del resto de la instrucción.
Una omisión que debió resolverse al inicio
El planteo sobre la legalidad del origen de los audios fue formulado desde el comienzo de la causa. Aun así, el expediente avanzó, se dictaron medidas, se profundizó la investigación y se tomaron decisiones procesales relevantes sin haber despejado previamente una cuestión básica: cómo se obtuvieron esas grabaciones y si respetaron las garantías constitucionales.
En materia penal, la legalidad de la prueba que da origen a una causa es una condición previa, no una cuestión accesoria que pueda analizarse más adelante.
Audios sin orden judicial: el problema de fondo
En un Estado de Derecho no puede naturalizarse que circulen audios de conversaciones privadas que no fueron ordenados por un juez, que no cuentan con control judicial y que, sin embargo, terminan siendo el disparador de una investigación penal.
Aceptar ese esquema implica correr un límite peligroso. Hoy es una causa de alto impacto público; mañana puede ser cualquier persona. Por eso, este debate no protege a individuos concretos, sino que preserva el sistema de garantías.
La doctrina que subyace al fallo
Aunque la Cámara no la menciona expresamente, la decisión se apoya en una doctrina consolidada del derecho constitucional y procesal penal: la teoría del fruto del árbol envenenado.
El principio es claro: si la prueba inicial fue obtenida de manera ilegal, todo lo que deriva de ella queda contaminado, aun cuando luego se intente sostener que no fue utilizada de forma directa.
Lo que ordenó la Cámara
La Cámara Federal anuló una decisión del juez de primera instancia y ordenó que se investigue el origen del expediente, en particular cómo se obtuvieron los audios y si pudieron haber sido adulterados. No declaró nulidades ni adelantó conclusiones. Ordenó revisar lo que debió revisarse desde el comienzo.
Lo que está realmente en juego
Si del análisis surge que los audios fueron obtenidos sin orden judicial, vulnerando derechos constitucionales o mediante manipulación, la nulidad podría alcanzar a todo el expediente, independientemente de que el juez y la fiscalía hayan intentado prescindir de ellos en etapas posteriores.
La pureza de un expediente penal no es un formalismo. Es lo que garantiza que el poder punitivo del Estado no se ejerza sin límites.