La interminable tragedia venezolana

La captura de Nicolás Maduro no garantiza el retorno de la democracia ni el fin del sufrimiento de millones de exiliados. La intervención de Estados Unidos responde únicamente a intereses geopolíticos y energéticos

Donald Trump y Nicolás Maduro

En septiembre de 1945, en la zona céntrica de la ciudad francesa de Toulouse, un grupo de gente bailaba, cantaba, lloraba y se abrazaba. Los franceses los miraban con curiosidad y extrañeza: eran extranjeros, no hablaban su idioma, sus canciones y motivos les eran ajenos. El episodio está contado de manera muy emotiva en El Corazón Helado, la hermosísima novela de Almudena Grandes que recorre casi todo el siglo veinte español. Aquellas personas extrañas y conmovidas, que participaban de esa celebración en Toulouse, eran los exiliados republicanos, perseguidos por Francisco Franco. Con el final de la Segunda Guerra, esa sufrida comunidad daba por descontado que volverían rápidamente a su Patria y por eso bailaban. Pero las cosas no salieron como esperaban. Franco, que había sido aliado de los nazis, se sostuvo en el poder. Winston Churchill entendió que él era más confiable en la lucha contra el comunismo, que cualquier eventual reemplazo. Los exiliados debieron esperar 30 años más.

Es difícil no recordar ese episodio en estos días, luego de la operación norteamericana que terminó con la captura de Nicolás Maduro. La emigración venezolana se abrazó, marchó, lloró, se emocionó en las calles de ciudades ajenas, a las que fue arrojada por la persecución política o el desastre económico de la feroz dictadura encabezada por Maduro. “Vuelvan. Váyanse. Los vamos a extrañar”, les dijo la senadora argentina Patricia Bullrich. ¿Adónde?, podría haber sido la pregunta. Porque desde la primera conferencia de Donald Trump quedó claro que existía un acuerdo entre el régimen represivo chavista y los Estados Unidos, cuando el propio presidente norteamericano explicó que María Corina Machado, la líder de la oposición, no estaba preparada para gobernar. “Nadie la respeta en Venezuela”, dijo. Fue un golpe certero e inesperado.

Así como sucedió en 1945 con España, parece que la potencia triunfadora no tiene las mismas prioridades que los perseguidos y expulsados por el régimen local. Porque sus angustian se inscriben en un juego geopolítico que los trasciende y sacude al mundo entero. Cuando le preguntaron quién gobierna Venezuela desde el sábado 3 de enero, Trump respondió sin dudar: “Marco Rubio gobierna Venezuela”. Rubio es el secretario de Estado de Trump. A principios de semana, durante una entrevista con la NBC, explicó las prioridades de los Estados Unidos respecto a Venezuela. La primera, que dejen de exportarles droga. La segunda, que expulsen a los asesores iraníes, cubanos y chinos. La tercera, que envíen petróleo a los Estados Unidos. Ni democracia, ni el retorno de los emigrados, ni el castigo a los culpables de tantas y tan horribles violaciones a los derechos humanos: en el mejor de los casos, todo eso deberá esperar.

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El Secretario de Estado de EE.UU., Marco Rubio

Pero Rubio fue más allá y dio un claro indicio de su forma de entender el mundo. “Nosotros no necesitamos el petróleo de Venezuela. Tenemos mucho petróleo en los Estados Unidos. Pero no queremos que sea controlado por los adversarios de los Estados Unidos. ¿Para qué quiere China el petróleo? ¿Para qué necesita Rusia el petróleo? Este es el hemisferio occidental, donde nosotros vivimos. Y no vamos a permitir que los adversarios, los rivales, los competidores de los Estados Unidos intervengan”. Clarísimo para quien quiera entenderlo: los Estados Unidos pretenden tener un poder decisorio sobre lo que cada país del continente haga con sus recursos.

Otro de los hombres de Trump que destaca en estos días es el asesor en Seguridad Nacional, Stephen Muller. Sus argumentos son aún más explícitos. “El mundo real está gobernado por la fuerza y por el poder. Estamos a cargo de Venezuela. Porque nosotros tenemos una estación militar norteamericana en las costas de Venezuela. Nosotros establecemos los términos y condiciones y establecimos un completo embargo sobre su petróleo. O sea que, si quieren comerciar, tienen que pedirnos permiso. Si quieren estar habilitados para conducir su economía, nos tienen que pedir permiso. Somos una superpotencia y, bajo el presidente Trump, nos vamos a conducir como una superpotencia. Es un absurdo que permitamos a un país de nuestro patio trasero (“backyard”) que abastezca a nuestros rivales con petróleo”.

Esta idea de que la fuerza gobierna y que quien la tiene puede hacer lo que quiera pone nervioso al planeta entero. Marine Le Pen, la líder de la ultraderecha francesa, una anticomunista militante de toda la vida, advirtió: “Había mil razones para condenar al régimen de Nicolás Maduro: comunista, oligárquico y autoritario. Había impuesto un manto de opresión a su pueblo durante demasiados años, hundiendo en la miseria a millones de venezolanos, cuando no los obligaba al exilio. Pero hay una razón fundamental para oponerse al cambio de régimen que Estados Unidos acaba de instaurar en Venezuela. La soberanía de los Estados nunca es negociable, independientemente de su tamaño, poder o continente. Es inviolable y sagrada. Renunciar hoy a este principio por Venezuela, por cualquier Estado, equivaldría a aceptar nuestra propia servidumbre mañana. Esto sería un peligro mortal, sobre todo cuando el siglo XXI ya presencia importantes convulsiones geopolíticas que proyectan una sombra permanente de guerra y caos sobre la humanidad”.

De repente, todos los dirigentes del mundo hablan de guerra y caos. Esa escalada ya venía en aceleración, pero la curva adquirió una pendiente dramática después de la detención de Maduro. Victor Gao, el presidente del Instituto de Seguridad Energética de China, explicó en estos días. “Si quieren guerra, la tendrán. Si quieren destruir a China, serán destruidos. Los Estados Unidos tienen que entender que no pueden ser la policía del mundo. En el desfile que se realizó en septiembre mostramos nuestro misil de largo alcance, que tiene 60 ojivas nucleares y una bomba de hidrógeno. Nadie tiene un arma así. China nunca hará el primer disparo, pero no dejará que nadie dispare dos veces”. Mientras tanto, el titular de la OTAN, Mark Rutte, explicó: “La guerra es una opción muy concreta. Europa tiene que prepararse seriamente para vivir una guerra como la que vivieron nuestros abuelos y bisabuelos”.

Victor Gao

Parece una pesadilla, pero todo eso es lo que se está diciendo. Y en este contexto, los exiliados venezolanos, y tantos otros actores, como Javier Milei, María Corina Machado o los habitantes de Taiwán y Ucrania, son apenas fichas de un dominó cada vez más tétrico.

¿Y Venezuela? ¿Qué será de ella? Si se toman en cuenta los antecedentes, sería razonable moderar las expectativas de quienes desean una reconstrucción democrática y social. Overthrow es el título de un monumental libro que escribió Stephen Kinzer, un destacado historiador y periodista norteamericano. Se trata de un recorrido por los casos en los que Estados Unidos intervino directamente en el derrocamiento de presidentes, desde Hawaii a fines del siglo diecinueve hasta Irak en 2005.

Ese texto revela que la intervención de Trump no es un capricho de un líder exotico sino la expresión de una tradición muy enraizada en Washington. Al recapitular sobre las intervenciones en la Guerra Fría –Guatemala, Irán, Chile, Vietnam del Sur-, Kinzer concluye: “Muchas de estas intervenciones pueden haber sido vistas como victorias temporarias para los Estados Unidos en la guerra fría. Más allá de eso, es difícil verlas como exitosas. Sobre todo porque después de esas victorias, los norteamericanos no fueron capaces o no quisieron controlar a los regímenes que ayudaron a instalar. Los Estados Unidos dedicaron enormes cantidades de energía, tiempo y dinero para derrocar gobiernos pero poco para asegurar que esos nuevos regímenes fueran democráticos o receptivos a las necesidades de su gente. Lo que sea que esas operaciones hayan conseguido, no fueron victorias para la democracia”. Esas reflexiones pueden extenderse a los efectos de las intervenciones en Irak o Afganistán.

“Para los venezolanos nuestra situación no se solucionará con la salida del señor Maduro y mucho menos con una fuerza de ocupación extranjera -escribió desde Caracas la catedrática Collette Capriles, en la página de opinión de The New York Times-. No somos una nación unida por un gobierno ni un contrato social, sino un conjunto de individuos atrapados en una lucha por la supervivencia. Reemplazar al hombre en la cima no desmantelará la red de jefes, lealtades privadas, prácticas corruptas y ruinas institucionales”.

Es muy razonable que el mundo democrático, lo que queda de él, celebre la caída de un dictador criminal como Maduro: especialmente, sus víctimas.

Pero lo que está pasando en estos días permite pensar que hay una lógica, la de la escalada bélica, que se impone a la de la reconstrucción democrática en un país que vive una tragedia tan dolorosa.

Próxima estación: Groenlandia.

Por momentos, da ganas de agradecer que la Argentina quede lejos.

Involucrarse en esta locura no parece lo más prudente.

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