El precio del euro en Colombia cerró la jornada del 3 de marzo de 2026 en un promedio de $4.395,20, lo que representó una caída de 6,68 frente al día anterior, equivalente a una variación diaria de -0,15%. Durante la sesión, la divisa europea alcanzó un máximo de $4.422,5 y un mínimo de $4.358,02, reflejando una volatilidad moderada en el cruce EUR/COP.
Si bien no se registraron máximos históricos, el alza en su valor responde a una combinación de factores internacionales, como las expectativas sobre la política monetaria en Estados Unidos y la inestabilidad en los mercados globales, junto con elementos locales que influyen en la oferta y demanda de divisas. En las casas de cambio, el euro se cotizó en un rango de $4.360 para la compra y $4.530 para la venta.
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En la última semana, el euro anota un ascenso 2,56%; pese a ello, desde hace un año todavía mantiene una bajada del 9,18%.
En cuanto a las variaciones de este día con respecto a jornadas pasadas, invirtió el resultado de la jornada previa, en el que marcó una disminución del 2,37%, sin lograr fijar una clara tendencia. La volatilidad de esta semana presentó un comportamiento inferior a la volatilidad que reflejaron las cifras del último año, de manera que podemos decir que está pasando por un periodo de mayor estabilidad en este momento.
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Análisis de mercado
El euro y el peso colombiano se mueven hoy en un tablero internacional marcado por la incertidumbre energética. La escalada del conflicto en Oriente Medio, que ya completa cuatro días, puso en jaque el tránsito por el Estrecho de Ormuz y afectado infraestructura clave en Qatar, país que aporta cerca del 20% del gas natural a escala global. El efecto inmediato no es solo geopolítico, es cambiario. Cada interrupción potencial en el suministro presiona los precios de la energía y reconfigura las expectativas sobre inflación y tasas de interés, dos variables que inciden directamente en las monedas.
Para el euro, el momento es especialmente delicado. La eurozona venía mostrando señales de debilidad económica y los datos de febrero sorprendieron al alza, la inflación general llegó al 1,9% y la subyacente al 2,4%. Aunque no se trata de niveles desbordados, el riesgo es que un choque energético prolongado reactive presiones persistentes. En ese escenario, el Banco Central Europeo podría verse obligado a aplazar o moderar cualquier flexibilización monetaria prevista. Una política más restrictiva suele respaldar a la moneda común en el corto plazo; sin embargo, si el endurecimiento frena aún más la actividad, el euro enfrentaría un equilibrio incómodo entre estabilidad de precios y crecimiento anémico.
El telón de fondo global tampoco ayuda. El Fondo Monetario Internacional advirtió que los choques de oferta, como los derivados de crisis energéticas, complican la tarea de los bancos centrales. La amenaza de estanflación, inflación alta con bajo crecimiento, volvió a aparecer en el radar. Estados Unidos, mientras tanto, combina este escenario con una agenda activa de diplomacia comercial. Las negociaciones entre Washington y Pekín sobre importaciones agrícolas e industriales podrían aliviar tensiones, pero difícilmente compensarán un encarecimiento sostenido del petróleo y el gas.
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El Reino Unido transita una senda parecida a la europea. Con una inflación de 1,1% en febrero y un margen fiscal estrecho, apenas 0,6% del PIB, el gobierno dispone de poco espacio para amortiguar un shock energético. Si los precios se disparan, el Banco de Inglaterra tendría que endurecer su postura, lo que fortalecería temporalmente a la libra, aunque a costa de mayor presión sobre hogares y empresas.
En Asia, el panorama es heterogéneo. China intenta mantener su meta de crecimiento entre 4,5% y 5%, mientras prioriza autosuficiencia tecnológica y generación de 12 millones de empleos anuales. El déficit presupuestario del 4% del PIB y los elevados niveles de deuda limitan su margen de maniobra. Japón, en contraste, muestra mayor resiliencia: desempleo de 2,7% y una expansión de 6,5% en la inversión de capital durante el cuarto trimestre de 2025, impulsada por servicios. Brasil, por su parte, proyecta movilizar 250.000 millones de reales en 2026 para desarrollo sostenible, reforzando su atractivo como destino de inversión verde.
En este entramado, el peso colombiano enfrenta vulnerabilidades propias. Si el conflicto en Oriente Medio encarece la energía, Colombia podría beneficiarse parcialmente por mayores ingresos petroleros. No obstante, el efecto no es lineal. La economía local combina expansión manufacturera con altos costos laborales que ya generan recortes, dificultades fiscales persistentes y un cambio estructural en el sector externo, las remesas superan a la inversión extranjera directa, señal de menor confianza en sectores como el minero-energético.
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Además, el conflicto comercial con Ecuador añade presión regional. Una depreciación del peso podría mejorar la competitividad exportadora, pero también encarecería importaciones y alimentaría la inflación interna. El Banco de la República tendría entonces un dilema similar al europeo: apoyar el crecimiento o contener los precios.