Agregar Infobae enGoogle

Caro Quintero y Don Neto: el sacerdote José de Jesús Aguilar revela que les dio misa en prisión y le instalaron un teléfono

El sacerdote, recién llegado de un periodo de formación en Roma, desconocía la identidad de los narcotraficantes

José de Jesús Aguilar ofició una misa para Rafael Caro Quintero y Don Neto en un penal mexicano sin saber quiénes eran, en la década de los ochenta. (DEF/Redes sociales)

El sacerdote mexicano José de Jesús Aguilar reveló en una entrevista con Gusgri Podcast que celebró misa para los narcotraficantes Rafael Caro Quintero y Ernesto Fonseca Carrillo, conocido como Don Neto, dentro de un penal a mediados de los años ochenta, sin saber en ese momento quiénes eran.

Una misa de Corpus Christi que terminó en el penal de los capos

El famoso padre de la iglesia católica cuenta que el episodio ocurrió un día de Corpus Christi, cuando salía de la Catedral Metropolitana con un coro de niños. Un grupo de personas se le acercó para pedirle que celebrara una misa en prisión, algo que no le resultó extraño porque ya colaboraba con reclusorios y con el tutelar para menores desde años atrás.

PUBLICIDAD

“¿Podría ir a celebrar una misa a la cárcel?”, le preguntaron. El sacerdote aceptó sin sospechar nada: “Yo dije: ‘Ah, pues es Corpus Christi, han de querer una misa por esto, ¿no?’”. Antes de subir a los niños del coro, pidió autorización a sus padres: “Déjeme hablarles a sus papás”, relató, y los tutores no pusieron objeción.

José de Jesús Aguilar en el podcast de Gusgri. (Captura de pantalla)

Durante el trayecto en tres camionetas, el padre notó movimientos inusuales. “Me llamó la atención que en estas tres camionetas iban comunicando por walkie-talkie: ‘Y toma Reforma y ahorita nos van a cerrar el paso’”, relató.

Antes de llegar al penal, Aguilar ya conocía el protocolo de revisión de esas visitas. “Siempre que iba yo a la cárcel, te revisan de pe a pa, que no vayas de tal color y que quién sabe qué”, explicó sobre las normas que regulaban sus entradas habituales al reclusorio.

PUBLICIDAD

Por eso no dudó cuando, antes de entrar, le pidieron guardar algo en su maleta de ornamentos. “Padre, ¿nos permite que metamos unas cosas aquí?”, le preguntaron, y el sacerdote accedió sin indagar más: “Sí, ¿cómo no?” Al revisar el contenido, descubrió que se trataba de botellas de whisky.

Aguilar asumió que el problema se resolvería solo en el filtro de entrada, pero la revisión nunca llegó: “Nada, nada de revisión”, relató. El recorrido terminó hasta el fondo del penal, en una construcción de dos pisos tipo dúplex donde había una fiesta con una cantante ranchera famosa de la época.

Ahí, Aguilar ofició lo que le dijeron era una primera comunión para “dos niños”, sin saber que estaba frente a los fundadores del Cártel de Guadalajara.

El sermón sobre el narco que los propios capos escucharon

Los capos le ofrecieron un fajo de billetes. (Infobae)

El momento de mayor tensión narrativa llegó durante el sermón, cuando el sacerdote advirtió a los niños sobre los peligros que enfrentarían en la vida. “Mis niños, tengan mucho cuidado ahora que se hacen su primera comunión porque van a tener muchas tentaciones en la vida, van a encontrar de repente el robo, el narco”, dijo frente a los presentes.

El padre recuerda que, al pronunciar esas palabras, notó las miradas fijas de los asistentes. “Yo nomás volteaba y veía que me quedaban viendo así”, contó. “Nunca me di cuenta que eran ellos, nunca.”

Al finalizar la celebración, uno de los hombres —que el sacerdote cree que era Don Neto— le ofreció un fajo de dólares como pago. “Se acercó uno de ellos, creo que era Don Neto, y sacó un fajo de dólares. Dice: ‘¿Cuánto es, padre?’”. La respuesta de Aguilar fue tajante: “Nada.”

Insistieron en pagarle, pero el sacerdote se negó de nuevo. En ese intercambio, los hombres le preguntaron dónde vivía para poder contactarlo en el futuro. Aguilar respondió que estaba construyendo una iglesia en el Campamento 2 de Octubre, y que ahí no existía servicio telefónico.

Su desconocimiento en quiénes eran los personajes tenía una explicación concreta: acababa de regresar de un periodo de formación en Roma y no seguía la actualidad noticiosa de México. “Como yo acababa de llegar de Roma recientemente, pues no sabía quién era Don Neto y Caro Quintero”, reconoció, hasta que después en el trayecto, quienes lo trasladaron le revelaron las identidades.

Una línea instalada sin pedirla y la decisión de cortarla

José de Jesús Aguilar en el podcast de Gusgri. (Captura de pantalla)

Días después del encuentro, trabajadores llegaron a instalar cables de teléfono hasta el campamento del sacerdote, ubicado a dos kilómetros del punto más cercano con línea disponible. El episodio ocurrió un lunes, cuando el padre regresaba de impartir clases en el seminario, actividad que realizaba de forma regular.

El aparato sonó justo cuando Aguilar entraba a su habitación. “¿Cómo sabían que estaba yo entrando en mi cuarto?”, se preguntó. Del otro lado de la línea, una voz le confirmó el propósito de la instalación: “Padre, ya tiene teléfono, nos vamos a comunicar con usted cuando necesitemos.”

El sacerdote comprendió en ese instante el riesgo de mantener esa conexión abierta. “Si yo dejo este teléfono abierto, ¿qué va a pasar? Yo me voy a tener un contacto con estas personas de una o de otra manera”, razonó, y decidió actuar de inmediato para cortar cualquier vínculo.

Rechazó el servicio con un argumento basado en la equidad hacia su comunidad. “Le agradezco mucho, pero como yo soy solidario con la gente y toda esta gente del campamento no tiene teléfono, sería para mí una falta de respeto para todos ellos yo tener teléfono y ellos no”, explicó que les dijo. Pidió que lo cortaran y aceptaron sin oponer resistencia: “Sí, padre, no se preocupe.”

El sacerdote reconoció el temor que sintió al tomar esa decisión. “Sí me dio miedo porque de repente decirle que no a alguien de ese tipo”, admitió.

El sicario que sacó una pistola durante una confesión

Un sicario lo encañonó durante una confesión. (Imagen Ilustrativa Infobae)

En ese mismo campamento, cerca del Canal de Apatlaco, Aguilar vivió otro episodio con el crimen organizado, esta vez durante el sacramento de la confesión.

Un hombre se acercó a confesar homicidios: “Fíjese que he matado personas”, le dijo. El padre respondió con disposición pastoral, celebrando el gesto de buscar perdón, hasta que preguntó si dejaría de cometer esos crímenes. La respuesta fue directa: “No, padre, yo lo voy a seguir haciendo.”

El sacerdote se negó a otorgarle la absolución si el hombre no tenía arrepentimiento genuino. “Entonces no te puedo dar la absolución, porque en la confesión no basta venirse a confesar. Se supone que tú vienes porque tienes dolor de tus pecados”, le explicó. El hombre sacó entonces una pistola y la colocó frente a él para presionarlo.

“¿Que no me va a dar la absolución?”, le reclamó el hombre armado. Aguilar sostuvo su postura pese a la amenaza: “Si piensas que con esto ya me vas a amedrentar, yo te puedo decir que te absuelvo tus pecados, pero no te va a valer, porque Dios no puede perdonar algo de lo que no estás arrepentido.” El hombre insistió, exigiendo la absolución de cualquier forma, sin que el padre cambiara su respuesta.

El secuestro que sufrió al revelar red de sacerdotes falsos

El padre sufrió un intento de secuestro cuando ventiló una red de sacerdotes falsos. (Imagen Ilustrativa Infobae)

El padre José de Jesús Aguilar también fue víctima de un secuestro en la misma zona, aunque este episodio no tuvo relación con los capos del Cártel de Guadalajara. El origen del ataque fue un conflicto con personas que se hacían pasar por sacerdotes en el campamento antes de su llegada, a quienes el padre denunció como falsos ante la comunidad apenas se instaló ahí.

Según relató, estos impostores operaban un negocio lucrativo en funerarias, restaurantes y jardines de la Ciudad de México, cobrando por bodas, primeras comuniones y otros sacramentos fuera de cualquier templo autorizado. La llegada de Aguilar y su denuncia pública terminaron con ese negocio: “Se les cayó el teatrillo”, dijo.

El ataque ocurrió cuando el sacerdote regresaba manejando un auto Volkswagen Caribe tras visitar una cárcel, donde ayudaba de forma regular desde hacía siete años. Dos personas lo abordaron por ambos lados del vehículo con un saludo amable, pidiéndole que bajara la ventanilla para preguntarle algo.

En cuanto bajó el vidrio, lo golpearon con la cacha de una pistola en la cabeza. “Quedé atarantado, abrieron la puerta, me bajaron, me metieron en la parte de atrás del coche, se subió uno de ellos arriba de mí”, relató. Uno de los agresores lo amenazó directamente: “Desgraciado, ahorita te vas a parecer quién sabe qué.”

La huida de los captores en la camioneta se vio interrumpida cuando intentaron tomar la calzada de la Viga y se toparon con una procesión religiosa que bloqueaba el paso. Al verse acorralados por las callecitas angostas de la zona, decidieron abandonar al sacerdote antes de ser reconocidos por los vecinos.

“Me bajaron del coche, me aventaron y me dijeron: ‘Y no voltees, desgraciado’”, contó. Al levantarse, descubrió que tenía el cuello cubierto de sangre por el golpe recibido y que le habían quitado los zapatos. Caminó desorientado hasta que la gente de la zona lo reconoció y lo llevó de regreso a la parroquia.

PUBLICIDAD