Mucho se dice que las instituciones de educación superior ya no son necesarias en este tiempo. Principalmente se dice de las universidades. Pues, ¿para qué estudiar una licenciatura especializada en cuatro años, si las capacidades que el mercado demanda pueden aprenderse en cursos, Bootcamps u otras instancias informales? Si se pinta a la universidad como un lugar en el que sólo se aprende una profesión u “oficio” (en el sentido amplio de la palabra), entonces se pierde bastante de su brillo y atractivo, pues hay opciones más prácticas y rápidas para obtener las dichas capacidades que el mercado valora.
Pero la universidad no nació sólo como una “Escuela de profesiones”, que en el tiempo medieval se llamaron “artes liberales” porque, en su práctica, eran libres de un señor feudal. También surgió la universidad como el lugar en el que se podía estudiar y debatir libremente sobre la universalidad (universitas) o totalidad de las cosas naturales con el cultivo de las ciencias como las matemáticas, la medicina, o la astronomía; al mismo tiempo que se cultivaban los saberes y disciplinas que nos hacen ser humanos (humanitas): la literatura, la música, la Historia. En ese doble aspecto, la universidad recuperó lo que Cicerón decía en su discurso Pro Arquias: “las letras nos hacen más humanos”.
En un sentido contemporáneo, la universidad está llamada a ver su pasado clásico para inspirarse a construir un futuro mejor, en donde brille la esperanza y el sentido de las acciones productivas humanas, que pueden convertirse en rutina cosificadora, si se practican sin conciencia. Es por ello que la vida universitaria no sólo pretende ser el espacio para aprender una profesión que permita tener un buen y deseable trabajo con su respectivo sueldo. O sea, la universidad no es sólo la escuela para formar profesionistas competentes y decentes, sino que es también el lugar para formar las capacidades que nos hacen humanos y no tiene una utilidad comercial ulterior, ni pretenden tenerla. Entre ellas está la capacidad de contemplación, que pretende observar, con atención y disfrute, las realidades más importantes y fundamentales.
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Al respecto de ello, uno de los fundadores de la Universidad Panamericana, el Dr. Carlos Llano, empresario y filósofo, solía decir que a la universidad no sólo se va a aprender un oficio –entendido como profesión contemporánea–, sino que también se va para aprender el oficio de ser humanos. Y esto implica considerar que la existencia humana no sólo tiene una dimensión productiva o profesional, sino otra que es un trasfondo que sostiene a la producción profesional y le da sentido porque no sirve a otro fin ulterior como sí lo hace el producir.
Piénsese, por ejemplo, en las dimensiones familiar, de amistad, cultural y estética. Todas ellas se desean por sí mismas y no para lograr algo más. Son un fin en sí. Ahora bien, el más profundo de esos espacios, que son disfrutables por sí mismos y no sirven a un fin ulterior, es el de la contemplación de las preguntas más importantes e ineludibles. Y esto, porque tales preguntas manifiestan la búsqueda humana de unión con la realidad más importante e ineludible: ¿quién soy? ¿Para qué estoy aquí? ¿Cuál es el principio de la realidad?¿Soy capaz de la felicidad? ¿Qué es lo bueno y qué lo malo? Estos cuestionamientos son naturales a cualquier ser humano, y han de responderse de una u otra forma en algún punto de la vida. Claro está que la mejor manera de responderlos es con argumentos, en un ámbito de diálogo, y con apoyo de una tradición milenaria de las personalidades que ya se han hecho estas preguntas, y nos llevan ventaja. Si se desaprovecha la oportunidad de que los jóvenes contesten de este modo estas cuestiones, se corre el riesgo de que se formen sólo de en un ámbito técnico y productivo de la vida. Y, por ello, que no vivan una experiencia humana plena, que busca la verdad y desea disfrutar del bien.
Conque, una de las ventajas que la universidad tiene para los jóvenes preparatorianos de hoy –siempre de mente inquieta y voraz– es la de enseñar que hay dos tipos de problemas en la vida humana: los que son para ser resueltos con la técnica y la productividad, y los que son para ser contemplados como un trasfondo que va más allá de la dimensión productiva de la vida. Esto, porque su observación atenta y contemplativa le da sentido a la soluciones que se van encontrando a los problemas prácticos. Imaginemos, si no, ¿qué sentido de vida tendría el profesional que sólo sabe de su profesión, pero que no se formula las cuestiones más fundamentales e importantes?
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Es así que la universidad mantiene la ventaja de no sólo enseñar cómo producir o servir profesional y eficazmente, sino que también enseña a contemplar. A ver pausadamente y disfrutar lo observado sin necesidad de resolverlo inmediatamente. Producir y servir pueden aprenderse en diversos lugares. Pero aprender a contemplar las cosas más importantes y primeras, a la par que se aprende una profesión, sólo se hace en la vida universitaria. Es por ello que la universidad está viva y tiene mucho que ofrecer, tanto antiguo como nuevo. Por eso, hay que enseñar a los jóvenes a producir, a servir, y –sobre todo– a contemplar. Tienen de ello un deseo grande.