La vacuna contra el sarampión es una de las herramientas más eficaces para prevenir una enfermedad altamente contagiosa que, antes de la inmunización masiva, causaba millones de contagios y muertes en el mundo cada año.
Gracias a su aplicación sistemática en los esquemas nacionales de vacunación, el número de casos se redujo de manera significativa; sin embargo, los brotes pueden reaparecer cuando disminuye la cobertura, como recientemente se ha visto en México.
El sarampión es provocado por un virus que se transmite por el aire a través de gotas respiratorias expulsadas al toser, estornudar o hablar. Se caracteriza por síntomas como la fiebre alta, tos, conjuntivitis, escurrimiento nasal y una erupción cutánea que se extiende por el cuerpo.
En algunos casos puede generar complicaciones graves como neumonía, encefalitis e incluso la muerte, especialmente en niñas y niños pequeños o personas con sistemas inmunológicos debilitados.
La vacuna que protege contra esta enfermedad generalmente se aplica en combinación con otras, como la triple viral SRP (sarampión, rubéola y parotiditis). Se trata de una vacuna elaborada con virus vivos atenuados, es decir, versiones debilitadas del virus que no causan la enfermedad en personas sanas, pero sí estimulan al sistema inmunológico para que genere defensas.
Su funcionamiento se basa en la capacidad del organismo para reconocer agentes extraños y producir anticuerpos específicos. Cuando la persona recibe la vacuna, el sistema inmunológico identifica al virus atenuado como una amenaza y responde fabricando anticuerpos y células de memoria.
Estas defensas permanecen en el cuerpo durante años y permiten que, si la persona entra en contacto con el virus real en el futuro, su sistema inmune lo neutralice rápidamente antes de que cause enfermedad.
La vacuna contra el sarampión suele administrarse en dos dosis. La primera se aplica en la infancia temprana y la segunda refuerza la respuesta inmunitaria para asegurar una protección duradera. Con el esquema completo, la eficacia supera el 95 por ciento. Esto significa que la gran mayoría de las personas vacunadas desarrollan inmunidad.
Además de proteger de manera individual, la vacunación contribuye a la llamada “inmunidad rebaño” o de grupo. Cuando un alto porcentaje de la población está inmunizado, el virus encuentra menos oportunidades para propagarse. Esto protege indirectamente a quienes no pueden vacunarse por razones médicas, como personas con inmunodeficiencias o alergias graves a componentes de la vacuna.
En términos de seguridad, la vacuna contra el sarampión ha sido ampliamente estudiada durante décadas. Los efectos secundarios suelen ser leves y temporales, como dolor en el sitio de aplicación o fiebre moderada. Reacciones graves son extremadamente raras.
Las autoridades sanitarias recomiendan revisar la cartilla de vacunación y completar esquemas pendientes, especialmente ante alertas de brotes en distintas regiones del mundo. De este modo, cuando disminuyen las tasas de vacunación, el sarampión puede resurgir rápidamente debido a su alta capacidad de contagio.
En suma, la vacuna contra el sarampión funciona entrenando al sistema inmunológico para reconocer y combatir el virus antes de que cause daño. Su aplicación sistemática no sólo protege a cada persona vacunada, sino que fortalece la salud pública al reducir la circulación del virus en la comunidad.