Para la población mexicana parece que fue hace poco que el mundo se detuvo por completo ante la amenaza de un potencial virus que se hizo presente, no solo en el escenario de la salud como los hospitales y los consultorios, sino en aspectos como la educación, el empleo y en la vida cotidiana.
Los medios habían inundado las redes con información sobre el conteo de casos, sobre historias de familias que se rompieron entre contagios y el ajetreo de ir y venir para recargar un tanque de oxígeno o pedir una ambulancia que hiciera un traslado a un hospital.
El cubrebocas se volvió parte del outfit diario y el gel se convirtió en una manía para quienes, conducidos por su ansiedad, lo usaban a cada rato, muchas veces sin pensarlo. Sin embargo, a unos años de que el SARS-COV-2 haya pasado a dejar huellas imborrables, aparece un nuevo enemigo que, aunque no alcanza la misma incidencia y riesgo que ocasionó la COVID-19, a muchos les preocupa pensar que el escenario vuelva a cambiar radicalmente.
El resurgimiento del sarampión en México ha encendido alertas sanitarias que evocan, inevitablemente, las lecciones dejadas por la pandemia de COVID-19.
A pesar de tratarse de una enfermedad prevenible mediante vacunación, el sarampión ha registrado un repunte significativo en el país. Hasta el 5 de febrero de 2026, se han confirmado 8,459 casos y 27 defunciones asociadas, cifras que reflejan una alerta de salud pública ligada, principalmente, a la disminución en las coberturas de inmunización.
Las autoridades sanitarias han reiterado que la falta de vacunación continúa siendo el factor clave en la propagación del virus. Esta situación guarda similitudes con lo ocurrido durante la pandemia de COVID-19, cuando la desinformación, la desconfianza hacia las vacunas y la saturación de los servicios de salud impactaron negativamente en los programas de inmunización rutinaria.
Durante ese periodo, la atención se centró casi exclusivamente en el coronavirus, relegando la aplicación de vacunas infantiles esenciales como la triple viral (SRP).
El perfil epidemiológico actual muestra que los grupos más afectados por el sarampión son niñas y niños de 1 a 4 años, con 1,269 casos, seguidos del grupo de 5 a 9 años (1,018 casos). No obstante, también se observa un número considerable de contagios en adultos jóvenes de 25 a 29 años, con 932 casos, lo que evidencia esquemas incompletos o ausencia total de vacunación. Este patrón recuerda a la COVID-19, donde la falta de protección previa expuso a grupos que inicialmente no se consideraban de alto riesgo.
En cuanto a la distribución geográfica, Chihuahua encabeza la lista con 4,502 casos, seguido de Jalisco con 1,848. Otras entidades como Chiapas, Michoacán y Guerrero también presentan cifras relevantes, mientras que estados como Yucatán, Guanajuato e Hidalgo reportan menos de 10 casos. Esta disparidad refleja desigualdades en el acceso a servicios de salud y en las estrategias de prevención, una problemática también evidenciada durante la emergencia por COVID-19.
Históricamente, México logró eliminar la transmisión endémica del sarampión en 1996, y entre 2021 y 2023 no se registraron casos. Sin embargo, el brote actual se remonta a un caso importado detectado en 2025, lo que expuso brechas en la vigilancia epidemiológica y en la inmunidad colectiva.
La pandemia de COVID-19 dejó una cicatriz permanente sobre la sociedad mexicana: el miedo a que la vida vuelva a detenerse mientras el caos pasa arrasando con lo que se considera cotidiano. La infodemia pudo ser otra clave de este efecto, en el que una alerta sanitaria remite al colectivo a escenarios catastróficos, dejando de lado que muchas de estas enfermedades que aparecen son prevenibles con medidas como la vacunación.
La Secretaría de Salud ha hecho un llamado a la población a mantenerse alerta de los canales oficiales, a vacunarse para prevenir riesgos y a seguir las recomendaciones médicas en caso de presentar síntomas.
El repunte del sarampión podría ser el reflejo de que las consecuencias indirectas de la pandemia de COVID-19 siguen vigentes. En este escenario, el desafío para las autoridades no solo es contener el brote actual, sino reconstruir la confianza en la vacunación y fortalecer los sistemas de prevención para evitar repetir errores del pasado reciente.