Mucho se ha hablado de las enfermedades del Libertador. En los años de la Campaña de los Andes, varios amigos temieron por su vida. Sin embargo San Martín murió mucho después, a los 72 años, edad bastante avanzada para la época.
Aunque la salud de San Martín estaba resentida, para su médico personal, su hija Mercedes y su yerno Mariano Balcarce, su fallecimiento, el 17 de agosto de 1850, fue sorpresivo.
El certificado de defunción nada dice de las causas de su fallecimiento; tampoco se han conservado constancias médicas de los profesionales que lo atendieron a lo largo de su vida.
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Además, el estado de la ciencia médica en ese tiempo hace que las deducciones sobre sus enfermedades deban basarse en los testimonios —de San Martín y de terceros— sobre sus síntomas. No existía la radiografía ni el estudio bacteriológico.
Frente a este vacío de datos, Mario Dreyer (1912-2005), médico del hospital de Clínicas y profesor en la UBA, reconstruyó la historia clínica de San Martín en el libro Las enfermedades del general don José de San Martín (Academia Nacional de Ciencias, 1982), del que surgen los datos que siguen.
Las dolencias del general eran crónicas, pero pese a la gravedad e intensidad de algunos de sus síntomas —dolores agudos, por momentos invalidantes—, no implicaban riesgo inmediato de vida.
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San Martín padecía de asma, gota y úlcera, siendo esta última la más probable causa de su muerte, según Dreyer.
En las tres afecciones tienen una fuerte incidencia los factores psicosomáticos: se desencadenan o agravan por el estrés; no hace falta abundar en los muchos motivos que tuvo San Martín a lo largo de su vida para hacerse “mala sangre”.
Pese a ello, dada su trayectoria profesional, iniciada en el ejército español a los 12 años, las incomodidades y rigores de la vida militar, las muchas veces que estuvo en el campo de batalla y las escasas ocasiones en que solicitó días de reposo, no puede decirse que San Martín fuese una persona con mala salud.
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Los “ataques de sangre”
La úlcera, cuyas primeras manifestaciones registradas datan de 1814, era descripta como “ataques de sangre” en la terminología de la época. Eran crisis recurrentes, alternadas con períodos de remisión, sin síntomas.
En enero de 1816, San Martín le escribía a Tomás Godoy Cruz: “Un furioso ataque de sangre y en su consecuencia una extrema debilidad me han tenido 19 días postrado…”
Uno de los médicos que lo atendía, el cirujano del Ejército de los Andes, Juan Isidro Zapata, llegó a escribirle en julio de 1817 a Tomás Guido, amigo íntimo de San Martín, una carta alarmante: “Preveo muy pronto el término de la vida apreciada de nuestro general, si no se distrae de las atenciones que diariamente le agitan…”.
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“El cerebro –sigue diciendo Zapata-, viciado con las continuas imaginaciones y trabajos comunica la irritabilidad al pulmón, al estómago y a la tecla cerebral, de donde resulta la hematoe o la sangre en la boca (...). El mismo origen tienen sus dispepsias y vómitos, sus desvelos e insomnios y la consunción que va reduciendo su máquina. Empeñe usted toda su amistad para que este hombre todo del público se acuerde alguna vez de sí mismo y que dejando de existir no serviría ya a esa patria para quien debe vivir (…)”.
Está claro que Zapata es consciente del peso del factor emocional.
El doctor Dreyer explica que, en el caso de la úlcera, la hemorragia empieza y termina en forma brusca; y así son los ataques de San Martín. Esta enfermedad tiene tres períodos: uno, de reposo, sin síntomas; un segundo, de actividad, con acidez y dolores cíclicos en la región superior del abdomen; por último, la tercera etapa de la úlcera es de complicación: cuando se produce la hemorragia o la perforación, que puede ser letal.
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La “fatiga de pecho” y la gota
Desde Mendoza, en medio de las agitaciones de la preparación del Ejército de los Andes, San Martín escribe a las autoridades: “…Hace tres meses, para poder dormir, debo estar sentado en una silla”. Aparecen así las referencias a la “fatiga de pecho”.
Dreyer cree que el asma de San Martín era de origen exógeno, por eso los accesos se fueron espaciando y en Europa estuvo mucho tiempo sin padecerla.
Por entonces empieza también a manifestarse su tercera enfermedad crónica, que muchos testigos llaman reumatismo. Guido, a quien Dreyer da la razón, es el único que habla de gota. En sus memorias, escribe: “A más de la dolencia casi crónica que diariamente lo mortificaba [trastornos digestivos], sufría de vez en cuando ataques agudísimos de gota, que, entorpeciendo la articulación de la muñeca de la mano derecha, lo inhabilitaban para el uso de la pluma. Su médico, el doctor Zapata, lo cuidaba con incesante esmero, induciéndolo no obstante, por desgracia, a un uso desmedido del opio, a punto de que, convirtiéndose esta droga, a juicio del paciente, en una condición de su existencia, cerraba el oído a las instancias de sus amigos para que abandonase el narcótico (de que muchas veces le sustraje los pomitos que lo contenían)...”
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En agosto de 1819, San Martín le escribía a Guido: “Ya estaría en Buenos Aires de no haber sido por un diabólico ataque de reumatismo inflamatorio que me ha tenido once días postrado...”
Esta enfermedad articular se le manifestó a partir de los 39 años; los motivos para hablar de gota y no de reumatismo son las localizaciones del dolor: muñecas, manos y pies. También que, luego de los ataques, recuperaba la movilidad articular y no había deformaciones. En el daguerrotipo de San Martín a los 70 años se ve una de sus manos, sin deformidad.
En Europa, San Martín se hace asiduo de los baños termales, para aplacar los síntomas de la gota, una de las formas de artritis más dolorosas producto de la acumulación de demasiado ácido úrico en el cuerpo. Un agravante era la dieta: la carne roja, los frijoles y las lentejas están entre los alimentos que contienen más purinas, de cuya descomposición surge el ácido úrico.
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En Europa
En 1833, San Martín escribe: “He estado afectado de agudos ataques nerviosos al estómago en el otoño de 1833, he tenido tres o cuatro ataques inflamatorios del mismo que han desaparecido con cama y dieta”.
A partir de 1841, los ataques serán anuales. Y en enero de 1844, se siente tan mal que redacta su testamento.
Al año siguiente, le escribe a su fiel Guido: “(He pasado) cerca de cuatro meses de continuos padecimientos, en que no podía tomar el menor alimento sin que a la hora me atacasen cólicos sumamente violentos”.
En 1847, le dice “estar atacado desde hace más de un mes de dolores nerviosos en el estómago casi sin la menor interrupción”.
Por ese entonces, empezó a perder la vista debido a las cataratas. Se arriesgó a una operación que no tuvo los resultados esperados.
En julio de 1850, hizo un último viaje a las aguas termales de Enghien, cerca de París. Regresó a Boulogne a comienzos de agosto. El día 6 hizo su último paseo, en carruaje.
El argentino Félix Frías, corresponsal de El Mercurio en Francia, llegó a Boulogne pocas horas después de la muerte de San Martín y dejó este relato: “El 17, el general se levantó sereno y con las fuerzas suficientes para pasar a la habitación de su hija, donde pidió que le leyeran los diarios (…). Hizo poner rapé en su caja para convidar al médico que debía venir más tarde, y tomó algún alimento. Nada anunciaba en su semblante ni en sus palabras el próximo fin de su existencia. (...) El señor Balcarce, a la mañana del mismo día, (...) comunicó [a don Javier Rosales] las esperanzas que abrigaba en el restablecimiento del general y su proyecto de hacerle viajar; tan lejos estaba de prever la desgracia que le amenazaba. (…) Después de las dos de la tarde, el general San Martín se sintió atacado por sus agudos dolores nerviosos de estómago. El doctor Jardon (...) no se alarmó y dijo que aquel ataque pasaría como los precedentes. En efecto, los dolores calmaron, pero, repentinamente, el general, que había pasado al lecho de su hija, hizo un movimiento convulsivo, indicando al señor Balcarce con palabras entrecortadas que la alejara, y expiró casi sin agonía”.
El relato del yerno, Mariano Balcarce, difiere un poco del anterior, pero no en lo esencial: “Conservó hasta el último instante la lucidez de su ánimo y la energía moral de que estaba dotado en tan alto grado. Aunque débil, nada podía anunciarnos que su existencia estuviese tan próximamente amenazada. (...) Poco antes de la una nos dijo que se sentía algo agitado de los nervios, y viendo que no se calmaban con la prontitud que otras veces, mandamos llamar a su médico a quien quería y apreciaba mucho. [Este facultativo] pensó que [el ataque] pasaría pronto. En efecto, nuestro buen padre se había calmado, y nos dijo que se sentía más aliviado; pronunció estas palabras: ‘Llévenme, hijos, a mi cuarto’ y recostando su cabeza sobre el almohadón expiró como si hubiera caído en el sueño más apacible, dejando al médico consternado y afligido y a nosotros con el más profundo dolor, no pudiendo persuadirnos que el Todopoderoso acababa de llamar a su lado a nuestro querido padre”.
A partir de estos relatos, Dreyer descarta una falla pulmonar, ya que no se habla de asfixia; solo de debilidad. Y, sumado al hecho de que otros testimonios mencionan que San Martín sintió “frío” en los instantes previos a la muerte, concluye que se trató de un shock hemorrágico causado por la úlcera. Así lo describe: “Bruscamente ha disminuido el volumen de sangre circulante; por lo tanto, sufre una hipovolemia por una hemorragia; la sangre es derivada al cerebro y al corazón, no llega a la periferia, el enfermo siente el frío glacial, pero está lúcido (…) Un instante más tarde, cuando ya la pérdida sanguínea es muy crítica, comienza el padecimiento del órgano más jerarquizado: el cerebro, y pierde el conocimiento, pero antes de morir tiene un movimiento convulsivo, que no es sino la expresión de la anemia cerebral (...)”.
El acta de defunción consigna que San Martín tenía setenta y dos años, cinco meses y veintitrés días al momento de su muerte, verificada “a las tres horas de la tarde en su domicilio, Grande Rue 105”.
Los testigos del acta fueron dos amigos de San Martín: el ya mencionado Javier Rosales, Encargado de Negocios de Chile en Francia, y Adolphe Gérard, abogado y periodista, propietario de la casa en la cual residía el Libertador.
El 21 de agosto de 1850, se publicó un artículo de Gérard que constituye casi una minibiografía exenta de algunas deformaciones de que fue objeto luego la trayectoria del Libertador.
Es evidente que su fuente de información fue el propio San Martín. Sorprende la escasa atención que le prestaron los historiadores a este texto, que contiene referencias a hechos que luego fueron reinterpretados, polemizados o silenciados. Un caso es el de la famosa entrevista de Guayaquil. Gérard refiere lo allí discutido y no habla de “secreto”.
“Aunque cinco años mayor que su rival de gloria, (San Martín) le ofreció (a Bolívar) su ejército —escribe Gérard—, le prometió combatir bajo sus órdenes, lo conjuró a ir juntos al Perú y a terminar allí la guerra con brillo, para asegurar a las desdichadas poblaciones de esas regiones el descanso que tanto necesitaban. Con vanos pretextos, Bolívar se negó. Su pensamiento no es, parece, difícil de penetrar: quería anexar el Perú a Colombia, como había anexado el territorio de Guayaquil. Para eso, debía concluir solo la conquista. Aceptar la ayuda de San Martín era fortalecer a un adversario de sus ambiciones. Bolívar sacrificó por lo tanto sin hesitar su deber a sus intereses”.
Gracias a la insistencia de Mercedes, tenemos un daguerrotipo —por entonces una novedad— de San Martín, realizado dos años antes de su muerte. Es por lo tanto la única “fotografía” del Libertador.
Gérard nos dejó la siguiente descripción: “El señor de San Martín era un bello anciano, de una alta estatura que ni la edad, ni las fatigas, ni los dolores físicos habían podido curvar. Sus rasgos eran expresivos y simpáticos; su mirada penetrante y viva; sus modales llenos de afabilidad; su instrucción, una de las más extendidas; sabía y hablaba con igual facilidad el francés, el inglés y el italiano, y había leído todo lo que se puede leer. Su conversación fácilmente jovial era una de las más atractivas que se podían escuchar”.
Del relato de Gérard, emerge además una imagen diferente del ostracismo de San Martín, presentado por muchos de sus biógrafos como un período de olvido, oscuridad y silencio. Aunque, “menos conocido en Europa que Bolívar, porque buscó menos que él los elogios de sus contemporáneos”, dice Gérard, no era un exiliado ignoto: “En sus últimos tiempos, en ocasión de los asuntos del Plata [el bloqueo anglo-francés del Río de la Plata en tiempos de Rosas], nuestro Gobierno se apoyó en su opinión para aconsejar la prudencia y la moderación en nuestras relaciones con Buenos Aires; y una carta suya, leída en la tribuna por nuestro Ministro de Asuntos Extranjeros, contribuyó mucho a calmar en la Asamblea nacional los ardores bélicos...”
La lectura de una carta de San Martín en el parlamento francés demuestra que su presencia en Francia no sólo no era ignorada por las autoridades de ese país sino que su opinión era tenida en cuenta.
La visita de Alberdi
Otro retrato del San Martín veterano es el que nos dejó Juan Bautista Alberdi, que lo conoció en París en septiembre de 1843, cuando el Libertador tenía 65 años. [Más tarde también lo visitaría Sarmiento, como puede verse en este documental de Infobae]
Varias cosas impactaron al inspirador de nuestra Constitución al encontrarse con “la gran celebridad americana que tanto ansiaba conocer”.
En primer lugar, su aspecto físico. Alberdi dice: “Yo le creía un indio, como tantas veces me lo habían pintado, y no es más que un hombre de color moreno, de los temperamentos biliosos”. O sea, en Buenos Aires corría ya el rumor insidioso del origen extramatrimonial e indígena de San Martín. Cuando lo ve en persona, se da cuenta Alberdi de la mentira.
Sin embargo, doscientos años más tarde, a comienzos de este siglo, el indigenismo en boga llevó a algunos al absurdo de convertir el rumor en hipótesis sin más respaldo que los tantos infundios que los enemigos de San Martín echaron a correr desde su famosa desobediencia en 1819.
Siguen lso desengaños de Alberdi: “Yo creía que su aspecto y porte debían tener algo de grave y solemne, pero le hallé vivo y fácil en sus ademanes, y su marcha, aunque grave, desnuda de todo viso de afectación”. También le llamó la atención la voz, “notablemente gruesa y varonil”, y que hablara San Martín “sin la menor afectación, con toda la llanura de un hombre común”.
Y hay más: “Yo había oído que su salud padecía mucho; pero quedé sorprendido al verle más joven y más ágil que todos cuantos generales he conocido de la guerra de nuestra independencia, sin excluir al general Alvear, el más joven de todos”. O sea, en términos de hoy, una longevidad más activa y saludable que la de muchos de sus pares, incluso militares como él.
Luego nos deja una imperdible descripción física de nuestro prócer máximo: “Su bonita y bien proporcionada cabeza, que no es grande, conserva todos sus cabellos, blancos hoy casi totalmente; no usa patilla ni bigote, a pesar que hoy lo llevan por moda hasta los más pacíficos ancianos. (...) Sus grandes cejas negras suben hacia el medio de la frente cada vez que se abren sus ojos, llenos aun del fuego de la juventud. La nariz es larga y aguileña; la boca pequeña ricamente dentada, es graciosa cuando sonríe; la barba es aguda”.
Alberdi nos deja también algunos detalles de la vida de San Martín, tras visitarlo en Grand-Bourg: “En su casa habla alternativamente el español y francés, y muchas veces mezcla palabras de los dos idiomas, lo que le hace decir con mucha gracia que llegará un día en que se verá privado de uno y otro o tendrá que hablar un patois [dialecto] de su propia invención”.
“He visitado su gabinete lleno de la sencillez y método de un filósofo —sigue describiendo—. Allí, en un ángulo de la habitación, descansaba impasible colgada al muro la gloriosa espada que cambió un día la faz de la América occidental. Tuve el placer de tocarla y verla a mi gusto”.
Tampoco Alberdi se engaña sobre lo sucedido en Guayaquil; lo resume en una breve frase: “Bolívar, demasiado celoso de su gloria personal, no quiso ceder a nadie la obra”.
“Al ver el modo como San Martín se considera a sí mismo, se diría que este hombre no había hecho nada de notable”, dice Alberdi. Y sobre esto concluye: “La última enseña que hay que agregar a un pecho sembrado de escudos de honor, capaz de deslumbrarlos a todos, es la modestia. He aquí la manía del general San Martín. Y digo la manía, porque lleva esta calidad más allá de lo conveniente a un hombre de su mérito”.
Contrasta esta actitud con otros actores contemporáneos, “hombres que no están contentos sino cuando se les ofusca con el incienso del aplauso por lo bueno que no han hecho”.
“No hay ejemplo (que nosotros sepamos) —agrega Alberdi— de que el general San Martín haya facilitado datos ni notas para servir a redacciones que hubieran podido serle muy honrosas; y difícilmente tendremos hombre público que haya sido solicitado más que él para darlas.”
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