El nombre de Andrés Serbin está asociado a la geopolítica, un área que por años lo tuvo como uno de los analistas más influyentes de América Latina.
Sin embargo en los últimos tiempos, el autor de Eurasia y América Latina en un mundo multipolar (2019), Los actores globales y el (re) descubrimiento de América Latina (2020), Guerra y transición global (2022), entre otros, sorprendió con dos títulos disruptivos en su carrera: Comida: diario de un antropólogo hambriento (Editora Dialetica, 2024) y ahora, en 2026, Room Service En La Selva (Ed. Dunken).
Antropólogo doctorado en Ciencias Políticas, analista internacional, ensayista y activista por la paz y el diálogo, hace tres años Andrés Serbin decidió dar un giro en su vida.
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En diciembre de 2023, falleció Mireya, la mujer con la que estuvo casado durante 44 años; una pérdida que lo llevó a replantearse si iba a pasar el resto de su vida escribiendo papers académicos y ensayos de geopolítica o si se decidiría a cumplir algunas asignaturas pendientes. Se volcó entonces a la escritura de ficción, en forma de relatos breves, como aguafuertes, crónicas de viajes, en un estilo en el que no falta el humor y la ironía.
No son memorias ni autobiografía, aclara, porque eso lo colocaría en el lugar de un retirado y Serbin no se ve así en absoluto. Tiene planes, proyectos y mucho por hacer. La clave para mantenerse activo y optimista, dice, es “no perder la curiosidad”. “Este mundo ya no es el mundo en el que nosotros nos criamos”, dice, pero él no elige el refugio en el pasado sino mirar lo que acontece, aprender, entender.
Andrés Serbin nació en el 1948, como nieto de rusos exiliados en la Argentina. Iba a llamarse Andrei pero la Argentina de entonces, que recibía a los inmigrantes con los brazos abiertos, también estaba decidida a nacionalizarlos: nada de nombres extranjeros, así que fue Andrés. La revancha vino con su hijo, Andrei Serbin Pont, que, dice orgulloso, “ha seguido por el mismo canal”. También es analista internacional, especializado en temas de seguridad.
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Serbín asegura que se ve a sí mismo “más como a los 20 que como a los 70, porque la energía persiste”. Decidido a aprovechar esta vitalidad, practica esgrima, sale con amigos y amigas, planea un próximo viaje a Uzbekistán con su hija, escribe y publica, pero también ejerce con satisfacción su rol de abuelo.
De todos modos, la conversión no es total. Serbin sigue despuntando el vicio de explicar el mundo en su programa semanal en Radio Cultura, todos los lunes por la mañana.
— ¿Por qué dice usted que el verdadero desafío actual es el viejismo y no la inteligencia artificial?
— Creo que la sociedad no está acostumbrada a tener gente mayor de 65, 70 años activa y haciendo cosas. Más bien tiende a invisibilizar a la gente de esa edad. Bueno, ya cumplió... Se jubiló, que se vaya al banco de la plaza o a jugar golf. Distintas alternativas de acuerdo, obviamente, a la extracción de clase. Pero yo creo todo lo contrario. Realmente es una prolongación de la vida gracias a los medicamentos, básicamente. La sensación es que sí, uno tiene capacidad y el potencial para hacer muchas cosas, y no solamente después de los 65, sino de los 70, 75. Hasta tengo amigos de 90 que están activos…
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— Lula cumplió 80… y va por un segundo mandato.
— Trump va a cumplir o cumplió 80. Los políticos tienen mayor capacidad, más espíritu, para ciertas cosas. El poder es realmente una droga muy potente.
— Hasta hace poco la edad podía ser una contra en una campaña. ¿El tema está empezando a ser menos relevante?
— Lo que pasa es que a la sociedad todavía le cuesta reconocerlo. Siempre cuento la anécdota de estar en una fiesta de gente de entre cuarenta y cincuenta y salir a fumar al balcón y quedarme parado fumando, y entonces no faltó alguien que me trajera una silla. [risas] Perdón, ¿por qué me traen una silla si estoy bien? Yo sé que era un gesto de amabilidad, pero también marca una suerte de estigmatización.
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—Un paternalismo. Aparte de eso, ¿hay otras cosas que le molestan de la actitud de la gente hacia una persona mayor?
— Está siempre el tema de la invisibilización. El prejuicio de que uno después de cierta edad no puede hacer determinadas cosas. Yo voy a hacer un viaje largo, escribo, tengo un programa de radio. No lo digo por mí solamente, hay otra gente mucho mayor que yo que está haciendo una cantidad de cosas. No solamente porque tenemos la energía para hacerlo, sino también porque hay un desafío en el proceso de reinvención, porque, al menos en mi caso, yo cerré una etapa en un determinado momento y abrí otra, en la que me siento cómodo y me produce mucho placer estar reinventándome.
— Cada vez más gente a los 60, que antes era la edad del retiro, empieza de nuevo. A veces incluso cambia de actividad radicalmente. ¿Qué etapa cerró usted y cuál abrió?
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— En realidad, yo he abierto etapas distintas en distintas fases de mi vida. Empecé como antropólogo, progresivamente me fui desplazando a las relaciones internacionales, a los temas de paz y seguridad. Hice una carrera muy satisfactoria para mí. Pero llegó un punto de quiebre cuando falleció mi esposa y me pregunté… Bueno, no es que yo haya hecho lo que hice forzadamente. Mi familia son tres generaciones de médicos. Y pretendían que yo también lo fuera. Yo decidí ser antropólogo; ahí hubo una ruptura. Y con este punto de inflexión del fallecimiento de mi esposa, también hubo una ruptura. Dije: lo que he venido haciendo me ha gustado, realmente me produce mucha satisfacción, pero ahora quizás tenga que hacer otras cosas que he querido hacer toda mi vida, que no tenía tiempo para hacer, como por ejemplo ponerme a escribir. Pero ya no papers ni libros académicos.
— Algo más testimonial, recuerdos, memorias, ¿ese tipo de cosas?
— No, si bien hay un alto componente autobiográfico en muchas de las cosas que escribo, ese no es el objetivo, porque eso suena también como un retiro…
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— Las memorias.
— Memorias, biografía. Ese no es el sentido. Creo que tengo la capacidad de comunicar bien por escrito. De comunicar situaciones divertidas, entretenidas. No me pienso como un escritor extremadamente profundo, sino básicamente alguien que puede escribir historias que divierten o entretienen a otros. Algunas son historias mías, otras de otra gente.
— Cuando era joven, a los 20, a los 30, pensaba “¿qué voy a hacer cuando tenga 60 o 70?”
—No. Uno piensa a mucho más corto plazo. Esta es mi carrera, la voy a desarrollar, estos son mis propósitos, mis objetivos. Pero cambios radicales... aprendí a hacerlos dentro de mi carrera y eso me ayudó a hacer este cambio ahora, pero jamás pensé a los 20 que iba a escribir narrativa, ficción.
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— El escritor André Gide dijo: “Me cuesta convencerme de que tengo hoy la edad de los que me parecían tan viejos cuando yo era joven”. O sea, es todo muy relativo.
— El concepto está bien planteado, en el sentido de que uno a los veinte años no se veía como alguien que podía pasar los 70 y seguir siendo creativo. Ahora que pasé los 70, me veo más como a los veinte que como a los setenta, porque la energía persiste.
— ¿Qué papel cumple el hecho de tener un propósito, una ocupación, un objetivo?
— El solo hecho de estar planificando a esta edad ya es un signo vital importante, porque uno piensa en que hay más mañana. Hay que vivir en función del hoy, pero también pensando en mañana. No en términos de “mañana voy a lograr esto, voy a hacer esto, me voy a asegurar un futuro”, sino “¿qué voy a hacer que me va a producir placer?”, que es distinto. A lo mejor a los 20 años también uno se lo planteaba, pero uno estaba tan absorbido por su vida profesional, la familia, una cantidad de responsabilidades, que no tenía tiempo para eso. Ahora, mis hijos ya son todos mayores, no tengo compañera, entonces la vida se presenta de otra manera y uno empieza a planificar y a plantearse cosas que antes no.
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— Por motivos obvios, la longevidad está en la agenda. Pero aunque haya una franja de gente que llega a los 60, 65, con posibilidades de hacer cosas, porque está mínimamente bien económicamente y de salud, no es el caso de todos. ¿Hay una lectura demasiado optimista de la longevidad?
— No sé si demasiado, que es optimista sí, sin la menor duda. Uno no piensa en el deterioro, en el decaimiento que va a venir tarde o temprano, ni en la muerte que va a venir tarde o temprano. Lo que piensa es: en el período que media entre mi vida ahora y ese deterioro o finalmente la muerte, ¿qué voy a hacer?, ¿voy a estar aplanado, sentado en un banco de plaza o puedo hacer cosas que quise hacer en la vida, que me gusta hacer? ¿Por qué no voy a aprovechar estos momentos si tengo la energía y la vitalidad necesaria?
— ¿Cuáles eran sus asignaturas pendientes? Ya me dijo escribir, pero no papers.
— Ni papers ni libros académicos. No he dejado de hacer cosas en lo académico, porque hago análisis internacional todas las semanas. Cuando se produce algún cambio drástico en la vida de uno, en mi caso cuando falleció mi esposa, hace 3 años, uno empieza a pensar qué quiere hacer. Me metí en un taller literario. Recuperé algo que había dejado de muy joven, que era la esgrima. Empecé a salir mucho más. La enfermedad de mi esposa me tuvo bastante retenido durante un año. Y ahora estoy reinventando cómo viajar, adecuado a las capacidades físicas que tengo, porque también entiendo que no puedo hacer un viaje con una mochila y dormir en carpa…
— Antes de volver a la esgrima, a lo largo de estos años, ¿hacía algún tipo de gimnasia o deporte?
— Sí, sí, la esgrima fue en la escuela, pero después hice rugby, tenis, hockey sobre patines, en distintas etapas.
— ¿Pudo volver a la esgrima sin problemas o le costó retomar?
— Me costó retomar la parte de la habilidad que estaba ahí, pero que había que recuperar. Lo otro fue relativamente fácil. La realidad es que yo tenía dos grupos de amigos con los que jugaba al tenis y algunos se murieron, otros se enfermaron, otros se cansaron… Entonces, el deporte individual le da a uno más posibilidades de mantenerse.
— ¿Dónde practica esgrima? ¿Hay otra gente de su edad?
— Sí, sí. Es más, arrastré a algunos amigos míos. Hacemos esgrima en el Club Francés. Ahora estoy en un hiato porque tenía una arritmia, y el médico me dijo que parara un poco, pero lo voy a retomar en cualquier momento.
— Según las culturas, hay distintas actitudes hacia la gente mayor. Usted que ha viajado mucho e incluso ha vivido afuera, ¿cómo diría que somos los argentinos en este tema?
— En Argentina, por lo familieros que somos, siempre la figura del nono, de la bobe, están ahí presentes. En algunos casos como un referente más importante, en otros menos. Yo tengo nietos, pero no pretendo estar involucrado permanentemente en sus vidas, pero sí sé que soy un referente para ellos. No siento que haya algún tipo de exclusión desde el punto de vista familiar. Tampoco desde el punto de vista social. Lo que hay es más una estigmatización, entre comillas, no es una cosa drástica, pero… Voy a dar un ejemplo.
— Adelante.
— Esta semana fuimos un grupo de tres amigos a escuchar jazz y después a tomarnos unos tragos en un bar. Nos sacamos una foto, yo la posteé en las redes y una amiga, en sus cuarenta, me dice: “¿Y quién es ese viejo con cara de malo que está al lado tuyo?“ [ríe] Me lleva dos años. A lo mejor me está diciendo viejo a mí, no sé. Pero está eso, ¿no?
— Y en los otros países donde ha vivido, ¿ve diferencias en cómo se relacionan con la gente grande?
— En lo que he vivido en América Latina, entre Venezuela y México, siempre la familia es un referente importante y hay un lugar para la gente de la edad. En Rusia también, pero está cambiando mucho. En Estados Unidos es todo lo contrario. Los hijos se van y se olvidan de los padres. En el mundo anglosajón es así. Yo soy de una generación en la que también pretendíamos muy tempranamente irnos a vivir solos, pero sin que eso significara una ruptura familiar.
— Está de moda hablar de longevidad activa. Para usted, ¿qué define una longevidad activa?
— Creo que la capacidad de seguir planificando es parte de la longevidad activa, obviamente acompañada de la capacidad de poder realizarlo. El otro elemento, y en eso yo insisto mucho en lo que yo escribo, es la curiosidad, no perder la curiosidad ni la capacidad de asombro. El mundo ya no es el mundo en el que nosotros nos criamos, es otro. Uno puede cerrar los ojos y seguir viviendo con la vida que te venía arrastrando o uno puede empezar a mirar cosas que pasan. Yo descubrí la inteligencia artificial, cuando todavía estaba trabajando, antes que los chicos más jóvenes de la oficina. Dije: “Hay que meterse en esto”. No me pregunte cómo lo hago yo, seguro ellos lo hacen mucho mejor, pero está la necesidad de ir descubriendo cosas nuevas y permitiéndose hacer lo que uno puede; tampoco es que me voy a meter a hacer cursos de inteligencia artificial.
— Seguir aprendiendo.
— Básicamente, estar abierto a nuevas experiencias dentro de los márgenes que le impone a uno la capacidad física y la capacidad intelectual. Por mi parte, no me quejo de mi capacidad intelectual; de la física, se hace lo que se puede.
— Claro. En general, si uno se dedica a una profesión intelectual, es más fácil seguir activo. El que estuvo en una fábrica treinta años, no sé si tiene ganas de seguir ajustando bulones.
— Sí, cognitivamente, cuando uno viene de una profesión o un ámbito laboral en donde ha tenido que usar la cabeza, se hace más fácil mantener el funcionamiento de la cabeza. Cuando uno ha tenido que usar las manos y de repente lo agarra la artritis…
—Y el oficio de abuelo, ¿lo ejerce?
— Sí, lo disfruto, lo disfruto. Tenemos una rutina de todos los domingos juntarnos los de la familia que estamos cerca. Mi hijo, mi nuera, mis nietos, quizás algún amigo o mis amigas. Con los nietos, cuando se presenta la posibilidad, voy al cine o a tomar helado.
— ¿Piensa dar charlas sobre estos temas de longevidad?
— No, yo soy especialista en interpretar lo que pasa en la realidad internacional. Y me siento muy orgulloso de que mi hijo, a su manera, con sus características, haya seguido por el mismo canal.
— Pero no es antropólogo, ¿no?
— No. Él hizo Humanidades y después una maestría en temas de seguridad, hizo el doctorado en la Complutense, sobre un tema más vinculado con la paz que con la seguridad. En la casa siempre hubo esta tendencia. Yo trabajé durante muchos años y he presidido un par de organizaciones de prevención de conflictos, construcción de paz. En cambio, mi hija ha ido más por la veta artística, la producción cinematográfica y todo eso.
— Ya que estamos, hablemos de la dimensión geopolítica que tiene la extensión de la esperanza de vida. Al mismo tiempo hay una reducción de la natalidad. Son dos fenómenos de distinto origen. Uno hay que celebrarlo y el otro me parece grave. ¿Hay preocupación en la dirigencia mundial por este tema?
— El tema está en el debate mundial. Hay algunos países, como China, que desarrollan políticas muy específicas para balancear la pirámide demográfica, después de años de una política de restricción a un hijo.
— Se les fue la mano, ahora tienen que volver [risas].
— Sí, sí. Hay otros que sencillamente lo ignoran, pero, y esto tiene que ver mucho con el debate sobre el racismo argentino, yo creo que lo que tenemos como sociedad en Argentina es la capacidad de asimilar mucha gente joven que viene.
— Inmigración.
— Entonces, si nosotros no completamos ese cupo demográfico, hay mucha gente que viene.
— Venezolanos.
— Rusos, senegaleses. Hay africanos en cantidad. Y hay un proceso de asimilación muy distintivo. Siempre puede haber algún elemento de estereotipo, de racismo, pero nada que ver con lo que es el mundo anglosajón.
— ¿Quiere decir que podemos compensar con inmigración la baja de la natalidad?
— Ayuda a compensar. A renovar generacionalmente la sociedad.
— Pero no veo que haya una preocupación a nivel de gobierno.
— Ah, no.
— Ni se enteran.
— Bueno, yo me comprometí a no hablar de política argentina, pero estoy de acuerdo [risas]. Pero en esto de la demografía, no me atrevo a juzgar más allá de China. Padecemos de un agudo desconocimiento de lo que no es el mundo occidental. No sólo de África, sino particularmente sobre Asia. Yo no sé qué tipo de política de natalidad tienen en Vietnam o en Myanmar. Hay una dificultad marcada por nuestro occidentalismo de no poder mirar esto desde otro lado. Y no solamente en relación con las políticas para la natalidad, sino en general. Yo escribí un libro sobre Eurasia. Y mucha gente me decía: “Eurasia, ¿qué es Eurasia? ¿De qué estás hablando?”
— Joan Manuel Serrat, que tiene 82, dice que descartar a un viejo es como quemar un libro. Es una buena metáfora, porque la persona mayor acumula conocimiento y experiencia. Las generaciones que lo siguen, ¿lo buscan como referente, lo consultan, quieren aprender de su experiencia?
— Sociológicamente voy a hacer una distinción. La generación que me sigue, muy poco me busca, pero es porque está compitiendo con uno todavía. La generación mucho más joven sí lo busca a uno para aprender. Por ejemplo, yo escribí una serie de artículos hablando de la década del ochenta sobre el inicio del movimiento indígena en Argentina. De repente aparecieron chicos de 25, 30 años preguntando: “¿Cómo fue eso, qué pasó?“, etcétera, etcétera. Ese es el corte vertical, el de las franjas etarias. Pero hay otro corte, el geográfico, porque es mucha más la demanda que me llega de afuera que la que me llega de adentro.
— Nadie es profeta en su tierra...
— Yo sigo tutoreando en sus doctorados a gente de afuera.
— Algo valioso de la generación silver, es esa experiencia que solo la da la edad, el haber trabajado, el haber conocido. Cuando uno es joven le irrita que le digan: “Lo va a entender cuando seas mayor”, pero es una gran verdad. Hay un plus que aporta el veterano, una visión más amplia, porque puede comparar con otras experiencias, por ejemplo.
— Sí, pero en eso también la parte biográfica es importante. Es decir, me buscaron de Antropología porque yo enseñé Antropología en aquella época aquí. La carrera académica como tal la hice en Venezuela, hasta jubilarme de profesor titular. El otro día llamé a un sociólogo que había estudiado conmigo, que hizo una cosa bonita. Me dijo: “Sí, claro, maestro, usted siempre ha sido mi referente”. “No, le dije, te estoy invitando a una entrevista, no necesito que me adules”. Aquí, siento que eso a veces se dificulta, pero creo que tiene que ver con el haber estado treinta años viviendo afuera. Cuando volvimos con mi esposa a la Argentina, estábamos en una sociedad con otros códigos que había que aprender. A lo mejor por ahí va la cosa.
— ¿En qué época vivió en Cuba?
— No viví permanente en Cuba. Desarrollé un programa. Hicimos una cosa muy importante, en tiempos de Barack Obama. Cuando Fidel es reemplazado por Raúl. Logramos por cinco años mantener un diálogo académico Cuba-Estados Unidos, cuyo resultado fue la normalización de las relaciones con Cuba en 2016. Después todo se fue al tacho. Pero esa fue una de las experiencias de las que más me siento orgulloso. Después seguimos trabajando con economistas cubanos sobre las reformas necesarias y la política exterior.
— ¿Qué repercusión ha tenido este segundo libro no académico? ¿Qué dice la gente? ¿Qué le pasa a Serbin? ¿Se volvió loco? [risas]
— Eso. Empezando por mi familia. En estos libros cuento cosas que tienen que ver con mi época de antropólogo. Los viajes, míos y de otra gente, las anécdotas, historias que pasan en el mundo. La reacción, con respecto al primero, por ejemplo, mis amigos veganos o vegetarianos estaban horrorizados. Otros estaban escandalizados un poco por historias más… eróticas. Pero de éste segundo libro no he palpado todavía mucho la reacción. Algunos de los cuentos se han publicado en periódicos, o los he leído en la radio. Además ya tengo el tercero listo...
— ¿En qué radio es el programa?
— En Radio Cultura. Los lunes por la mañana. Lo más importante es que me produce mucho placer escribir y más aun cuando la gente se divierte con lo que escribo. Cuando me dicen: “Estás loco”, digo: “Qué bueno”.
[FOTOS: Maximiliano Luna]