
“Mi versión de los hechos no son los hechos”, advierte Nazta Farré en las primeras páginas de La última vez que te digo adiós (Sexto Piso, publicado también en catalán en Angle Editorial). En esta novela, la periodista de programas como La competència (RAC1) o Ja t’ho faràs (TV3) reconstruye una historia que llevaba “muchos años” en su mente: la de cómo le afectó a su familia la adicción a la heroína de su hermano mayor, quien acabó falleciendo por su consumo.
“Tenía un tapón en la cabeza, y al final esta historia me estaba presionando tanto que tuve que sacarla para poder tener espacio en el cerebro”, explica Farré en su entrevista con Infobae. Fue ella misma la que contactó con la editorial para publicar el libro y la que, en pocos meses, tuvo compuesto un libro en el que, a través de distintos recuerdos separados, presenta un diorama del dolor de una familia y de sus propias vivencias, marcadas por la ira, la pena y la impotencia.
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De todo ese ejercicio de escritura, donde destacan el humor y la crudeza con la que la autora aborda todo lo ocurrido, queda una obra con tintes autobiográficos en la que, advierte ella misma, no todo es verdad. “Para mí los recuerdos tienen un punto ficcional, la memoria es muy traicionera y recordamos lo que recordamos”. Esto no es un obstáculo, sino el centro mismo del relato. “Te estás moviendo siempre en u espacio que es ficción y no ficción a la vez. Como periodista, me interesaba mucho eso: qué es verdad y qué no, cómo se construye la verdad”.

“Todos hemos recibido un trauma”
En las décadas de los 80 y los 90, murieron decenas de miles de personas a causa de la adicción a la heroína. El Observatorio Español de la Droga y las Adicciones (OEDA) cifra las muertes estimadas en casi 20.000, aunque probablemente la cifra sea mucho mayor. La heroína no solo mataba por sobredosis o reacción aguda, sino que también provocaba enfermedades como el VIH o la hepatitis C.
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Además, también están todas las familias que decidieron ocultar lo que les ocurría a sus hijos. La propia Nazta, que vio cómo en su familia se mantenía aquel silencio, descubrió años más tarde cómo personas cercanas también habían pasado por experiencias similares sin que ella lo supiera. “Era algo muy propio de la época, no contarlo era un pacto no escrito, pero es algo que también sigue pasando: con este tipo de enfermedad (desde los años 50, las adicciones se consideran una patología susceptible de tratamiento) o con la salud mental. El silencio y la vergüenza siguen pesando”.
Pero si al no nombrar algo se pretende que deje de existir, nada impide los efectos devastadores que pueda provocar por el camino. Para Farré, el daño no alcanza solo a quien consume: “Se lleva por delante a toda una familia”. “Nadie sale indemne de esta situación y todos hemos recibido un trauma”, continúa en relación con sus hermanos. Al dolor de ver que uno de los suyos no podía superar su enfermedad se suma el abandono involuntario que sufrieron cuando el dolor de uno de ellos desplazó a los demás “a un segundo plano”. “Esto afecta al crecimiento de cualquier persona”.
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Una “epidemia” de la que muchos se aprovechan
En La última vez que te digo adiós también se recomponen algunas de las fases por las que pasó el hermano de Nazta Farré, de quien se incluyen incluso cartas escritas por él mismo. Uno de los momentos más sorprendentes se produce cuando entra en una organización para desintoxicarse que, sin embargo, acaba transformándose en una secta. “Muchos de los chicos y chicas que entraron en este tipo de organizaciones lograron salir de la heroína en un momento dado”, reconoce, si bien señala que, en muchos casos, las familias no tenían otra alternativa: “Allí es donde iba a parar mucha gente”.
Este y otros casos muestran cómo, a pesar del dolor que provocan la heroína y otras drogas, “todo el mundo se aprovecha de la miseria humana”. Además, para Farré no parece que se haya aprendido la lección respecto a cómo actuar frente a lo que define como “una epidemia”: “Cambia la droga, pero se repite el mismo patrón”.
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“Yo entiendo las adicciones, puedo entender que alguien se drogue, puedo entender que alguien busque una manera de estar mejor en este mundo, aunque sea una manera con tantas consecuencias”, continúa Farré, que sin embargo pone el foco en el mercado de las drogas, la corrupción y quienes negocian con el sufrimiento de los adictos. “Lo que más rabia da es todo lo que implica el mercado, quién se aprovecha y quién está ganando mucho dinero a costa de esto”.

Empatizar con los demás para sobrevivir
La novela de Nazta Farré le ha quitado el “tapón” a su autora, pero al mismo tiempo la ha puesto en contacto con las historias de muchas personas que, leyéndola, se han sentido identificadas. Que sus recuerdos hayan podido servir a otros es una de las mayores alegrías de la escritora. “Mi objetivo era contar mi historia, pero también contar la historia de una época, de una generación y de mucha gente”.
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Si su apuesta ha funcionado, es gracias a ese curioso milagro que tienen las historias, que nos vinculan a otros y nos hacen reconocernos, desde fuera y desde dentro, en lo que leemos. “Necesitas generar empatía con lo que estás leyendo. Cuando la historia es personal y cuando la historia, además, te puede llevar a ti, como lector, a tantos sitios (no hace falta que hayas tenido un hermano yonqui, sencillamente hace falta tener una familia o sentir las emociones que describo), conectas muy rápidamente. La empatía es un mecanismo de supervivencia”.
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En eso, bien seguro, tiene mucho que ver ese humor que mencionábamos con el que la escritora nos lo cuenta todo. “Creo que el humor es una buena manera de vivir y de soportarlo todo, pero también una muy buena manera de comunicar; más aún en una historia tan dura que necesitaba también un poco de equilibrio. El humor es muy eficaz y muy menospreciado en la literatura, sobre todo a la hora de poder contar las cosas y poder conectar con ellas”.
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