
Virgil acaba de mudarse. Llevaba cinco meses en una lista de espera, pero finalmente le han llamado para decirle que tendría acceso a uno de los alojamientos que había solicitado. Tiene 40 años, de los cuales los dos últimos han sido sin poder encontrar trabajo, motivo por el cual volvió a vivir con sus padres. Él, sin embargo, tenía claro que aquello no podía durar, y es por eso que, gracias a la sugerencia de un amigo, ha decidido dar el paso: mudarse a un camping de manera permanente.
Desde hace más de 80 años, en España se necesita que un espacio tenga más de 25 metros cuadrados para que sea considerado una vivienda. El nuevo hogar de Virgil, situado en camping Parc de la Garenne, en el departamento francés de Oise, apenas llega a los 17, un edificio por el que, incluyendo la estancia, el agua y la electricidad, deberá pagar 640 euros cada mes.
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Gente de todo tipo
Se estima que una situación parecida a la de Virgil es la que enfrentan cada día entre 100.000 y 200.000 personas en Francia, viviendo durante todo el año en el camping. Y es el programa de televisión galo Sept à Huit se ha desplazado hasta Parc de la Garenne para poder ver la realidad de Virgil, pero también para hablar con Aline y Anne-Sophie, propietarias del lugar.
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“Podemos tener gente que trabaja en el sector público, ejecutivos... tenemos todos los perfiles”, asegura la primera. Ambas están de acuerdo en que, desde hace un par de años, el nivel de solicitudes ha aumentado exponencialmente, y que se pueden ver perfiles tan diferentes como empleados de alguna empresa, profesores, madres soltera o albañiles. Todos ellos han sido expulsado de la ciudad por la fuerte crisis inmobiliaria que sufre el país, no muy diferente de la que afrontamos en España.
Algunos de los residentes llevan incluso varias décadas en el lugar, encantados por lo mucho que este tipo de establecimientos les permite ahorrar. Compraron a un precio muy bajo una caravana y más adelante fueron ampliándola, pues para este tipo de construcciones no necesitaban ningún permiso. “Como tenemos espacio podemos comprar cosas como el trampolín o la cabaña que no podríamos tener en un apartamento”, afirma el padre de una familia con tres hijos.
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“No pedimos fianza, ni aval ni nada de eso”, explica Alina. “Lo único que pedimos es comprobante de ingresos, ya sea nómina, contrato temporal, contrato de duración determinada, contrato indefinido o jubilación”. El resultado de esto es que el tráfico entre quienes vienen y se van no se detenga nunca: ninguna residencia del camping queda vacía durante más de dos días. La ley de allí no permite que sean residencias principales, así que los contratos pueden ser como máximo de seis meses, si bien el ayuntamiento y la prefectura están buscando excepciones a esta normativa debido a la falta de viviendas.
Las duras condiciones en Parc de Garennes
A pesar de este éxito, el reportaje elaborado por el programa francés también ha logrado capturar alguna de las dificultades que supone mudarse a un espacio como este. Hay un problema obvio con el espacio, como en el caso de Émeline, que junto a sus dos hijos viven en una caravana de 35 metros cuadrados, en la que el salón, la cocina y el dormitorio conviven, mientras que el baño hace las veces de cuarto de la lavadora. “Era nuestra última oportunidad o nos íbamos a la calle”, declaró ella ante la cámara.
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Su intención, después de un año, es encontrar la forma de marcharse debido a algunas complicadas situaciones a las que ella y las pequeñas se han visto abocadas. En invierno, la factura de la electricidad para calentar la ‘vivienda’ alcanzó los 370 euros. Las paredes aislaban mal de la temperatura, y el alquiler del camping solo incluía un paquete de 200 kilovatios, por lo que tuvo que poner mucho más de su bolsillo para que sus hijas no pasaran frío.
Sin embargo, lo más duro llegó también en esa época, con un enemigo acaso más difícil de combatir: la humedad. La caravana de Émeline se llenó de moho durante esos meses, y la madre se vio obligada a tirar objetos por un valor superior a los 200 euros. El camping se lo reembolsó íntegramente, pero aún así el riesgo para la salud y el horror fueron suficientes para hacerle tomar la decisión de dejar esa “casita de cartón”.
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No lo tendrá nada fácil. Gana 1.500 euros al mes con su trabajo de ama de llaves, lo que le permite pagar los 742 que debe apoquinar en el camping e incluso le podría asegurar el poder hacer frente a los precios actuales de la vivienda. Pero ni con esas lograría cumplir los requisitos de los caseros, que no quieren sino a personas con trabajo fijo e ingresos elevados. Desde hace 18 meses, ha enviado sin éxito multitud de solicitudes para una vivienda social: “Ya no sé adónde ir, a quién preguntarle, no lo sé, estoy perdida”.
Un sector en auge
La desesperación de Eméline y las duras condiciones en las que muchos más viven no evita que la gente siga yendo a vivir a campings como Parc de la Garenne. Tanto es así, que de hecho el establecimiento planea realizar una ampliación que le permite instalar otras 50 caravanas, que estarán listas en los próximos tres años.
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