Silvina Chediek nunca había hecho deberes. Por eso, cuando llegó el momento de rendir el ingreso al secundario, estaba convencida de que le iba a ir mal: ¿cómo podía saber lo mismo que las chicas que habían pasado las tardes estudiando? Pero aprobó. Y entonces le dijo a la mamá que se iba a llevar todas las materias de primer año. Tampoco pasó. Hay algo de esa chica que se anticipaba a sus posibles fracasos en la mujer que, años después, empezaría a trabajar en televisión y pensaría que cada programa podía ser el último. Un aquí y ahora que la llevaba a aprender, conocer gente, buscar su lugar.
La conversación se dio en un nuevo episodio del podcast de TICMAS, una empresa EdTech enfocada en el aprendizaje y el desarrollo de talento, enmarcada en el ciclo en que distintas personalidades recuerdan sus años de escuela y las experiencias que marcaron su formación. Entre una anécdota y otra aparecen las amigas del colegio, los hermanos mayores que sabían de todo y una llegada a los medios que tuvo que ver con una entrevista, una tía y una búsqueda en la guía telefónica.
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Por qué volver al colegio
Hizo la primaria en el Instituto Renard. Sus papás lo habían elegido porque quedaba cerca de la casa. Era una escuela pequeña, bilingüe, con aulas de diez estudiantes y una directora que conocía a todos los chicos. Allí tuvo juego dramático con Lalo Cernadas Lamadrid y música con María Teresa Corral. Los chicos, recuerda, eran demasiado irreverentes para advertir el privilegio. Aquel colegio, donde la habían acostumbrado a preguntar y a pensar, la preparó mejor de lo que ella creía para entrar al Lenguas Vivas.
El secundario trajo otras exigencias y algunos recuerdos incómodos. Una profesora leyó una composición suya y se rio delante de las otras compañeras. Chediek todavía se pregunta por qué, al terminar quinto año, eligió a esa misma docente para que le entregara la rosa de egresada. “Era durísima”, recuerda. Cuenta la escena sin borrar el dolor y el desconcierto que le sigue provocando su propia decisión.
Los recuerdos traen a las amigas, como Patricia: “La llamaba todas las tardes por teléfono, obviamente para repasar que no me hubiera olvidado de copiar no sé qué y qué había que hacer mañana”. El recreo largo, las conversaciones sobre el fin de semana, el apellido del chico que les gustaba escrito en la cartuchera. Había muchas razones para volver a clases.
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Una tía y un trabajo inesperado
Como todo lo bueno, la oportunidad fue imprevista. Chediek daba clases de Inglés cuando Hugo Guerrero Marthineitz la invitó a su programa. Había ido a verlo con su hermano y dos amigos; Guerrero Marthineitz quería entrevistar a alguien desconocido y terminó eligiéndola a ella. Silvina no buscaba trabajo en televisión, pero después de aquella entrevista, la gente la saludaba por la calle y sus compañeras del instituto la recibieron con un aplauso.
Un tiempo después la llamó su tía Maruja: alguien la estaba buscando. Víctor Hugo Morales había visto aquella entrevista y quería incorporarla en El espejo. Para encontrarla, la producción había seguido una cadena de conocidas hasta dar con una antigua preceptora del Lenguas Vivas. Como su familia no figuraba en la guía telefónica, terminaron llamando a la tía.
Así empezó un camino que Chediek recuerda con gratitud. Aprendió con Víctor Hugo, con César Mascetti, recorriendo el país y escuchando historias. Aprendió también de los técnicos, que le corregían maneras de hablar y le enseñaban dónde ponerse para que la cámara pudiera mostrar a la persona entrevistada. “Aprendí un montón porque quisieron que aprendiera”, dijo.
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En ese recuerdo conserva el afecto por quienes la ayudaron cuando apenas entendía el oficio. Ella tenía ganas; los demás le daban lugar. Años después, al empezar sus propios programas, descubrió que quería seguir haciendo entrevistas porque le permitían seguir aprendiendo. “Sigo teniendo hambre de aprender”, dice. Es una curiosidad que viene acompañada de una preocupación: parecería que cada vez queda menos tiempo para escuchar al otro. Ella también, dice, se ha vuelto más impaciente.
Al cierre de la conversación, Silvina deja un consejo para los chicos que hoy están en la escuela: aprender a discernir y a dudar. Hay que prestar atención a las respuestas que se presentan como elaboraciones cerradas. Las certezas que valen son las del afecto.
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