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La agonía de la Europa liberal

Los gobernantes centristas se han quedado peligrosamente cortos, y ahora están pagando el precio

Un manifestante enmascarado pasa junto a unas bicicletas en llamas tras los enfrentamientos con la Policía en París (REUTERS/Jack Taylor)

“Los primeros pasos hacia el malestar parecen bastante sencillos: la ira por la caída de los salarios reales, por la agresión capitalista, por la falta de voluntad del Parlamento; una ira fomentada por los agitadores... la razón en guerra con el instinto”. Pocos de los que se han congregado esta semana en las ciudades francesas reconocerían esas palabras. Pero muchos estarían de acuerdo con George Dangerfield, el periodista británico-estadounidense que las escribió. Los manifestantes estaban consumidos por la rabia. Rabia por el fracaso del Estado y contra los políticos centristas que gobiernan y se debaten en la incertidumbre. Rabia por los altos precios y la disfunción económica. Y, para algunos, rabia contra la idea misma de la política centrista.

Dangerfield escribió sobre “la extraña muerte de la Inglaterra liberal” en los años previos a la Primera Guerra Mundial. Algunos predicen un destino igualmente sombrío para la Europa liberal actual. Los incendios provocados, la violencia colectiva, los saqueos y las protestas masivas ponen de manifiesto hasta qué punto los ciudadanos están desesperados con sus líderes. Francia tiene una larga tradición de manifestaciones, pero la violencia desatada por alborotadores encapuchados y enmascarados por todo el país durante el pasado fin de semana fue inusualmente grave. También estallaron protestas en Bélgica, Italia y Portugal. De cara a las inminentes elecciones —primero en España el mes que viene, y luego en Francia y Polonia el año que viene—, los votantes están dispuestos a castigar a los partidos moderados; y en Italia, la extrema derecha está superando a la populista Giorgia Meloni, que ha gobernado desde el centro. Entre bastidores esperan figuras más carismáticas de los extremos, como Marine Le Pen en Francia y Alice Weidel en Alemania.

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Muchos en Estados Unidos y en Europa afirman que el centro solo puede culparse a sí mismo. Donald Trump se jacta de que Europa está en llamas porque sus líderes desoyeron sus consejos, dejaron abiertas sus fronteras y permitieron que millones de inmigrantes entraran en masa cada año, procedentes de Afganistán, Argelia y Siria. Los partidarios de la derecha del movimiento “Make America Great Again” (MAGA), como Elon Musk, sostienen que el crecimiento de la población musulmana supone la mayor amenaza. Algunos hablan, de forma apocalíptica y absurda, de “borrado de la civilización” o de guerra civil. Incluso en Alemania, el canciller, Friedrich Merz, afirmó esta semana que las elevadas tasas de migración y el fracaso a la hora de integrar a los nacidos en el extranjero son, en parte, los responsables de la repentina y violenta agitación. Lo mismo ha dicho el relativamente nuevo primer ministro de Hungría, Peter Magyar.

Su análisis es o bien cobarde o bien interesada. Sin duda, muchos votantes europeos también desean frenar la inmigración y el asilo. Pero en lo que respecta a las protestas violentas, el diagnóstico es claramente erróneo. En cambio, los problemas a los que se enfrentan los centristas europeos son más complejos —y menos fáciles de resolver—.

Aunque algunos jóvenes manifestantes en Francia lleven camisetas de fútbol argelinas o coreen consignas a favor de Palestina, la agitación que se vive hoy en Europa no tiene que ver con la raza ni con la religión. Más de 500 000 personas se manifestaron en Francia el sábado y, en su mayoría, iban sin máscara y eran blancas. Al igual que en otros países, lo que les ha enfurecido es el coste de la vida y la mala calidad de los servicios públicos. Quieren más subvenciones para el combustible, más gasto en las escuelas, más ayudas sociales. Quizá el grupo más numeroso esté alineado con el populista de izquierdas Jean-Luc Mélenchon, un agitador ya entrado en años y antiguo trotskista, más parecido a Bernie Sanders que a un emir del ISIS.

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Efectivamente, se produjeron actos de violencia. Pero eso hay que achacarlo a otros factores, que no tienen nada que ver con la raza. Las turbas atacaron edificios públicos, coches de policía y otros objetivos. También destrozaron y saquearon tiendas de lujo, como Louis Vuitton, y pequeños comercios regentados por inmigrantes. La policía no logró mantener el orden, tras haber sido acusada anteriormente de brutalidad contra los estudiantes manifestantes. Y gran parte de la violencia fue incitada y orquestada por anarquistas, que tienen una agenda política revolucionaria. Un ejemplo típico es el de un hombre detenido tras el incendio de un ayuntamiento del siglo XIX en Limoges, un ciudadano francés blanco de unos treinta y cinco años.

Aunque los críticos se equivocan, los centristas europeos sí se enfrentan a problemas reales —y Francia demuestra lo graves que son—. El primero es el aprieto fiscal que dificulta tanto la acción política efectiva. Cuando el presidente Emmanuel Macron se enfrentó a las enormes protestas de los “chalecos amarillos” en 2018-2019, pudo destinar miles de millones de euros para apaciguarlos. Hoy en día, eso ya no es posible. Francia gasta demasiado y crece demasiado lentamente: apenas algo más del 1% anual bajo el mandato de Macron.

Este otoño, los legisladores tendrán dificultades para aprobar un presupuesto que reduzca el déficit en unos exiguos 0,4 puntos porcentuales, hasta un insostenible 5% del PIB. Y aun así, el Gobierno podría caer. Francia está tan sobreendeudada, y los mercados tienen tan poca confianza en sus políticos, que los diferenciales de los bonos del Estado francés respecto a los alemanes se han disparado hasta niveles que no se veían desde la crisis del euro.

En lugar de estar a la altura de este reto, los centristas parecen haberse quedado sin ideas. En su día, The Economist aclamó a Macron como un nuevo y audaz abanderado del centrismo radical. Hoy, mientras los centristas se apiñan en busca de protección, toda la energía se concentra en los extremos. Las encuestas indican que más del 80% de los franceses se muestran pesimistas respecto a su futuro, especialmente en lo que se refiere a la economía. Merz es profundamente impopular y podría verse obligado a dimitir. Sus ataques contra los inmigrantes reflejan su incapacidad para encontrar las palabras y las ideas necesarias para hacer frente a Weidel y a su partido, Alternativa para Alemania.

No es de extrañar que los centristas se enfrenten a una derrota electoral aplastante. Las encuestas indican que Pedro Sánchez, el presidente de centroizquierda de España, probablemente será destituido pronto y sustituido por una coalición de centro y derecha populista. En Francia, los disturbios —y el mito de que los inmigrantes eran los culpables— podrían aupar a Le Pen, del partido populista de derecha Agrupación Nacional, a la presidencia en mayo. Las encuestas indican que la violencia le ha dado un impulso esta semana. Mientras Macron se marchaba en avión a un viaje al Golfo, Le Pen pronunció un discurso con tono presidencial en el que pedía orden público.

Crónica de una muerte anunciada

La violencia en Francia debería sacudir a los centristas que esconden la cabeza bajo el ala para que afronten las consecuencias del fracaso. Si sus países se sumen en el caos, perderán el poder. Si pierden el poder, la Unión Europea se asfixiará, mientras el resto del mundo avanza a toda velocidad. Si los mercados de bonos se paralizan, el contagio financiero podría extenderse. Si los países de la UE ceden ante el ruso Vladímir Putin, este no hará más que volverse más agresivo. Dangerfield escribía sobre una época en la que la mayoría de la gente ignoraba la catástrofe que se avecinaba. Los liberales de hoy no tienen esa excusa.

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