Este miércoles por la noche se estrenó en la Argentina La libertad doble, el nuevo largometraje de Lisandro Alonso, como apertura del 4° Festival Internacional de Cine de la Universidad de Buenos Aires (FIC.UBA) en el Cine Cosmos. La película había tenido su debut mundial en la Quincena de Cineastas del Festival de Cannes 2026, donde Alonso confirmó su lugar como uno de los cineastas latinoamericanos más singulares del circuito internacional.
La libertad doble es una secuela directa de La libertad (2001), ópera prima de Alonso que se convirtió en un film icónico del Nuevo Cine Argentino y que también tuvo su estreno mundial en Cannes. En aquella película, Misael Saavedra —actor no profesional que comparte nombre con su personaje— interpretaba a un hachero que habitaba en soledad en el campo, en una rutina de trabajo, comida y descanso filmada con una mirada contemplativa y casi sin argumento. Veinticinco años después, Saavedra vuelve al mismo rol: más entrado en años, con una motosierra en lugar del hacha, pero con la misma presencia física y la misma vida austera en medio del monte.
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La película funciona durante su primera mitad casi como una revisita al film original: los mismos planos largos y fijos, la misma atención al gesto cotidiano, la misma ausencia de drama convencional. Pero el relato da un giro cuando Misael recibe la noticia de que el hospital psiquiátrico donde estaba internada su hermana Micaela cerrará sus puertas por falta de fondos estatales. Sin contención posible, el hachero se ve obligado a llevársela a vivir a su precaria vivienda en el campo.
Micaela es interpretada por la actriz chilena Catalina Saavedra —reconocida por su papel en La nana (2009)—, quien casualmente comparte apellido con su compañero de elenco sin ningún parentesco real. El personaje es poco comunicativo, tiende a huir hacia las vías de un tren que ya no circula y se aferra a una regadera como a su objeto más preciado. La convivencia entre los dos hermanos, ambos de pocas palabras, ocupa el centro de la segunda mitad del film.
La libertad doble no formula denuncias explícitas ni construye un relato de protesta directa. Sin embargo, el cierre del instituto neuropsiquiátrico por recortes presupuestarios instala, de manera inevitable, la política de ajuste del gobierno de Javier Milei como contexto de la historia. Alonso sitúa a sus personajes en un país en el que el Estado ha dejado de sostener a los más frágiles, y esa ausencia estructura el conflicto sin necesidad de ser nombrada. “¿De qué hablamos, realmente, cuando hablamos de libertad?”, parece preguntarse el film a través de la convivencia entre un hombre acostumbrado a la soledad y una mujer a quien el sistema abandonó a su suerte.
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Con La libertad doble, Alonso retoma el espíritu austero de sus primeras obras tras Eureka (2023), su épica tripartita con Viggo Mortensen, y Jauja (2014), su film más aclamado y accesible hasta la fecha. El regreso al campo familiar del debut implica también una apuesta por un cine orgánicamente lento —el llamado slow cinema— que se sostiene en la observación y en el silencio, a contramano de los ritmos del audiovisual contemporáneo. En entrevista con Infobae, el director explicó las razones de ese regreso a la simpleza: “Decidí repensar un poco cómo había empezado a hacer películas, con qué había proyectado que podría ser un camino, una herramienta de trabajo más sencilla, más independiente, que requiera de menos apoyo y menos coproducción”, afirmó. “Encontré una felicidad enorme en hacerla y creo que me voy a quedar quieto donde estoy, porque me siento más suelto de equipaje”, agregó.
El film cierra con una escena post créditos que retoma una anécdota del estreno de La libertad en Cannes en 2001: según se cuenta, Alonso se vio forzado a cortar un plano en el que Misael miraba a cámara y reía. Veinticinco años después, (atención, no es spoiler) esa risa finalmente llega a la pantalla.
[Fotos: RS Fotos]
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