Alianza Editorial reeditó el ensayo de Anthony Pagden sobre la Ilustración, diez años después de su primera versión en español, en un momento que el historiador británico contrapone con el predominio tecnológico, la pérdida del hábito de lectura y el retorno de corrientes contrarias a la razón.
La obra defiende que la igualdad de derechos, la libertad de pensamiento, la democracia y el laicismo no tuvieron hegemonía antes del Siglo de las Luces. Hasta entonces, las leyes funcionaban como dogmas y el orden social se sustentaba en el vasallaje, los mandamientos religiosos y las obligaciones de sangre.
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El volumen recupera el debate sobre una tradición intelectual que aspiró a reemplazar las oraciones por la discusión, los vínculos hereditarios por argumentos y el absolutismo político por acuerdos entre mayorías y minorías. Según The Objective, Pagden presenta ese legado como una respuesta frente a los populismos, los nacionalismos y las formas contemporáneas de irracionalismo.
Pagden, nacido en 1945, es especialista en historia de las ideas y profesor en California. Su ensayo examina cómo el pensamiento ilustrado transformó la cultura occidental y sentó las bases de una sociedad global y cosmopolita, una aspiración que el libro enfrenta con el avance de las máquinas sobre la vida contemporánea.
La reedición de bolsillo tiene 653 páginas y reúne un recorrido que alterna entre episodios concretos y grandes procesos históricos. El historiador aborda ideas asociadas con Voltaire, Immanuel Kant y David Hume sin reducir la exigencia intelectual de un ensayo panorámico.
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El horizonte que propone es el de una sociedad donde las personas puedan convivir y sobrevivir con independencia de sus identidades y creencias. En ese modelo, el espacio público y político queda separado de los vínculos familiares y privados, con el propósito de liberar al individuo de aquello que recibe por nacimiento.
La tesis no sitúa esas ideas como una creación aislada del siglo XVIII. Pagden rastrea antecedentes en la Grecia clásica, Roma y su invención del Derecho, los sabios medievales, el Humanismo, el Renacimiento y el Barroco.
En esas etapas identifica una voluntad recurrente: la de individuos que intentaron apartarse de lo heredado para construirse mediante la razón y la voluntad, sin depender de leyendas, estirpes o deberes familiares. Las aportaciones culturales, sostiene, no pertenecen en exclusiva a un pueblo ni a una civilización.
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La Ilustración aparece así como la cristalización de una tradición extensa, no como un episodio sin raíces. El libro defiende una idea de Europa y del mundo fundada en una comunidad universal, global y cosmopolita.
La defensa de ese legado no desconoce sus contradicciones. Francisco de Goya condensó una advertencia en uno de sus Caprichos: “Los sueños de la razón producen monstruos”.
El ensayo también recoge la lectura de Theodor Adorno y Max Horkheimer, quienes vincularon algunas calamidades del siglo pasado —las dos guerras mundiales, la Guerra Fría, el ascenso y la caída de los totalitarismos— con excesos de la razón ilustrada. Desde esa perspectiva, el ser humano racionalista ocupó el lugar de los antiguos dioses y asumió la potestad de decidir sobre la vida ajena.
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Esa interpretación tuvo influencia en ciertos ámbitos universitarios, aunque Pagden cuestiona que explique por completo el pasado europeo. La igualdad jurídica y la libertad de pensamiento no constituían valores dominantes antes de la Ilustración, y quienes los defendían podían ser considerados heterodoxos y exponerse a la persecución religiosa.
Parte de las objeciones a la obra apuntó a la escasa extensión dedicada a los avances científicos, necesarios para examinar la evolución de la modernidad. El interés central de Pagden, sin embargo, está en las ideas que modificaron la mentalidad europea y permitieron discutir las jerarquías políticas, religiosas y sociales.
El historiador no presenta la Ilustración como un proyecto sin defectos. Su defensa se concentra en la relación entre razón y emociones, y en la capacidad de esa tradición para admitir la crítica, incluso cuando esta deriva en disidencias que cuestionan sus propios principios.
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La reedición llega 10 años después de la primera traducción al español, en un diagnóstico que asocia la expansión tecnológica con formas de vigilancia sobre lo que las personas hacen, dicen y piensan. La comparación remite a los antiguos presbíteros que vigilaban a su comunidad y a nuevos poderes que disponen de información sobre la vida privada.
El deterioro de la lectura ocupa un lugar en ese planteo. El texto vincula el último informe PISA con la conversión del hábito lector en una práctica cada vez menos habitual y critica una educación reducida al entretenimiento, en lugar de entenderla como formación intelectual frente al adoctrinamiento.
La obra de Pagden se aproxima, en esa perspectiva, a una ciencia ficción que mira hacia atrás. Las distopías de Aldous Huxley en Un mundo feliz y de George Orwell en 1984 aparecen como referencias para describir un presente en el que antiguas ficciones parecen cercanas, mientras los principios ilustrados adquieren una condición casi imaginaria.
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El libro sitúa entre los adversarios históricos de ese legado a los románticos, los nacionalistas, los irracionalistas y las ideologías comunitaristas. La defensa del derecho a disentir, incluso cuando conduce al absurdo o a una vuelta a la tribu, forma parte de la tradición que el historiador reivindica.
Pagden propone preservar una herencia intelectual basada en argumentos, debate público y autonomía individual, sin ocultar los límites que acompañaron a la Ilustración desde su origen.
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