La caída de más del 10% del dólar frente a otras divisas importantes desde comienzos de 2025 reabrió el debate sobre cuánto tiempo conservará su lugar como principal moneda global. Ese es el punto de partida de Money Beyond Borders. Global currencies from croesus to crypto (Dinero más allá de las fronteras. Monedas globales desde Creso hasta las criptomonedas) el nuevo libro del economista estadounidense Barry Eichengreen, donde se sostiene que ninguna hegemonía monetaria es permanente. La tesis central es que el dólar debe leerse como la última pieza de una secuencia histórica de “monedas globales”.
Ese linaje arranca con las monedas de plata atenienses del siglo VI a. C. y continúa con el denario romano, el sólido bizantino, el florín florentino, las piezas de a ocho españolas, el florín holandés y la libra esterlina británica. Todas esas monedas, señala Eichengreen en el libro, dominaron el sistema monetario internacional durante al menos un siglo y, en algunos casos, durante mucho más tiempo. Todas terminaron siendo reemplazadas. “El estatus de una moneda internacional no es permanente”.
Eichengreen explica que “es similar a un patrimonio de recursos naturales. Puede gestionarse bien, en cuyo caso es un activo para las generaciones presentes y futuras, o puede gestionarse mal, en cuyo caso se convierte en una maldición”. En ese sentido, si el dólar pierde influencia, el daño probablemente será autoinfligido antes que causado por un rival monetario. Los factores que identifica figuran el aumento de los aranceles, el deterioro fiscal, la poca independencia de la Reserva Federal, entre otros.
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Barry Eichengreen, profesor de la Universidad de California, ve en la política, más que en la economía, el principal foco de vulnerabilidad para la moneda estadounidense. A esto no adhiere Brett Christophers, quien ayer escribió una reseña del libro en el Financial Times donde dice que Money Beyond Borders ofrece una reconstrucción muy documentada del pasado de las monedas internacionales, pero se vuelve más reticente cuando debe extraer paralelismos para explicar el presente del dólar.
La crítica de Christophers apunta a que, una vez que el libro llega a la moneda estadounidense, buena parte de las lecciones históricas previas pierde peso. Uno de esos paralelismos ausentes es el de la financiarización. Eichengreen sugiere que varias monedas globales anteriores se vieron afectadas en parte por el predominio de las finanzas sobre la inversión industrial productiva en sus economías nacionales. Para Christophers el libro deja de lado una explicación económica.
La reseña también plantea dudas sobre el público al que se dirige la obra. Para los especialistas, dice, hay pocos elementos realmente novedosos; para los lectores generales, el nivel de detalle técnico puede resultar denso y las conexiones con cuestiones sociales más amplias aparecen de manera esporádica. Ese límite se vuelve visible, según el artículo, en el tratamiento de los efectos sociales de los sistemas monetarios, que distribuyen de manera desigual el poder económico y las oportunidades.
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La reseña incorpora otro punto de fricción: el efecto de un dólar sobrevaluado sobre la manufactura estadounidense. Críticos han sostenido que una moneda fuerte encarece las exportaciones de Estados Unidos, debilita la competitividad industrial y erosiona a la clase trabajadora. Ese proceso alimentó las convulsiones políticas de la última década, incluido el ascenso de Donald Trump y el movimiento MAGA.