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‘El brillo nómade’, una obra que sublima la música, el vértigo y la magia de los parques de diversiones

A partir de fotos, música y recuerdos compartidos, el autor de la obra cuenta aquí cómo armó el recorrido escénico de una mujer en distintas etapas de su vida

La escritura de "El brillo nómade" se apoya en la saudade y la euforia como emociones centrales del viaje por una huella nómade

Mi infancia la pasé en Villa Ángela, una ciudad ni muy grande ni muy chica de la provincia del Chaco. De vez en cuando, llegaba un parque de diversiones. Se instalaban siempre en el mismo predio, frente a la estación de tren, convertida en escuela de música, donde yo estudiaba trompeta. Veía cómo armaban los juegos, anclando a la tierra una infinidad de estructuras de hierro, acero, tornillos, postes, cables. Veía cómo emergían de los camiones las partes del gusano loco, los autos chocadores, la vuelta al mundo.

Ese enorme rompecabezas metálico se convertía, después de varios días de trabajo pesado, en una ordenada coreografía de máquinas que garantizaban, a cambio de unas monedas —explicar hoy aquel valor de 50 centavos sería motivo de una comedia diabólica en el contexto actual—, unos agitados minutos de vueltas, giros, caídas, choques y sustos. Todo lo que un infante —y muchos adultos— necesitan.

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Con las guirnaldas de luces encendidas, el parque parecía una pequeña isla luminosa, confinada en el centro mismo del monte chaqueño. Recuerdo la luz iridiscente de las incontables lamparitas y recuerdo, también, la música que rugía por las bocinas en los postes como un señuelo invisible. ¿Sonaba Sandro, canciones infantiles, Los charros, Xuxa? ¿Qué sonaba?

Los dueños del parque hacían promoción visitando las escuelas y regalaban algunos pases. A veces, el adulto que venía estaba acompañado por un niño o niña. El niño o niña nos miraba con cierta neutralidad, y con la certeza de que un par de semanas después estaría en otro pueblo. Alguna vez, también, ese niño o niña, de los tantos parques que pasaron por Villa Ángela, concurría algunos días a la escuela. Esto era todavía más extraño, una pequeña presencia fantasmal que aparecía y desaparecía del aula.

¿Cómo sería vivir en un parque de diversiones? Además de conocer lugares nuevos, podés subirte a los juegos cuando quieras, dormís en esos camiones-casas gigantes, vas a miles de escuelas, tenés amigos en todos lados…

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Patricia Rivero —actriz y cabeza de producción de la obra— era, hasta los siete años, una de esas niñas nómadas que viajaba con los parques. De ascendencia circense, su familia tuvo —y tiene— varios parques que recorrieron Argentina durante décadas.

La obra "El brillo nómade" nació a partir de la historia de Patricia Rivero, actriz y cabeza de producción que viajó con parques de diversiones hasta los siete años

Cuando Patricia me propuso que escriba a partir de su historia, inmediatamente mi imaginario se situó en esos parques de mi propia infancia. Patricia me compartió fotos, música, horas y horas de anécdotas y sobre todo, me dejó ver una emoción que viajaba con ella, y que tenía dos frentes. Por un lado, eso que en portugués se nombra como saudade y que, sin traducción directa al español, puede ser descripto como una mezcla “agridulce” de alegría y tristeza por algo o alguien del pasado. Por otro lado, Patricia me narraba todo con cierta euforia: abrir el parque, que la gente llegue, se divierta. Ser, junto a su familia, algo así como una anfitriona itinerante de la diversión de cada pueblo que visitaba.

En mis clases de dramaturgia suelo mencionar que una obra es como un parque de diversiones. El proceso de escritura trama, necesariamente, un recorrido por una serie de “juegos” donde se diversifican la intensidad, el ritmo, y se constituye algún relato del que sobreviene, posiblemente, una emoción. Se trata de una experiencia que, además, es grupal e implica necesariamente el cuerpo. En parte está diseñada y en parte se configura por la presencia activa de un grupo que la actualiza cada vez.

Armando esta columna me di cuenta de que en 2020, la escritura de La Yoli Mindolacio, obra que estrenamos con Olave Mendoza y dirección de Manuela Méndez, incluyó una escena completa en un parque de diversiones. El mismo año escribimos con Andrés Gallina El descanso —sin estrenar— donde los personajes, durante un largo viaje del monte al mar, hacen una parada y van a un parque. En 2021, la escritura de El brillo nómade trajo nuevamente este paisaje que, evidentemente, también forma parte de mi subjetividad.

Saudade y euforia, como emociones centrales, empujaron la escritura de la obra. Se trata de un viaje en el que la misma persona aparece multiplicada en el tiempo y en el espacio —Niña, Joven, Mujer, Vieja— y desde esa simultaneidad se narran a sí mismas. Esas multiplicaciones arman un gran mapa que se despliega en todas las direcciones, pero de fondo, la tintura madre de todo es un viaje en el que una mujer decide ir tras su huella nómade.

Todos quisimos, o querremos alguna vez, abandonar la ciudad y sus convenciones, abandonar el pueblo y sus ciclos, las rutinas y su tautología. Será que hay una memoria salvaje que sigue pulsando el cuerpo y que, por si acaso, nos recuerda que la comodidad conduce, casi siempre, a la quietud. Y como dice la canción de Drexler: “Si quieres que algo muera, déjalo quieto”.

Entonces, estamos frente a un viaje eufórico, lleno de saudade, que Lucie Bach, directora radicada en Argentina y con familia circense en Francia —vaya coincidencia— reconstruye junto al elenco —Patricia Rivero, Stella Maris Isoldi, Camila Ohlobiak y Ana Julia Torre— y su equipo creativo. La puesta captura, finalmente, la esencia de ese paisaje original que inauguró todo: el parque de diversiones, su música, la vertiginosidad de sus atracciones, la simultaneidad de niños y adultos, y la vibración propia de ese mapa que se puede recorrer por muchos caminos.

Fabián Díaz vincula su infancia frente a la estación de tren de Villa Ángela con el armado del gusano loco, los autos chocadores y la vuelta al mundo

La invitación de Patricia a que escribiera estuvo acompañada de un pedido: que la obra no fuera un unipersonal, y que evitara el registro documental. Probablemente este condicionante, que permitió la aparición de una escritura coral, esté sedimentado en algo que, a la distancia, identifico mejor: en el El brillo nómade intentamos que el relato individual se abra hacia lo grupal, hacia lo colectivo. Y lo hacemos desde la ficción que, al igual que el parque de diversiones, convoca al cuerpo, lo sacude y lo pone a transpirar.

Ojalá que, en estos tiempos que corren, nos sorprenda la diversión. Y que la podamos compartir.

*El brillo nómade, con dramaturgia de Fabián Díaz y dirección de Lucie Bach, se presenta los domingos de junio a las 17:30 en el Teatro Los Pompas Club de Arte, (Brasil 2640, C. A. B. A).

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