Agregar Infobae enGoogle

La voz incómoda de Beatriz Sarlo

A un año de la muerte de la intelectual, el recuerdo de una figura que trascendió las aulas. Ironía, fuerza y agudeza

Beatriz Sarlo, una intelectual que llegó al gran público. (Franco Fafasuli)

Hace un año murió Beatriz Sarlo. Desde entonces, algo quedó suspendido en el aire: esa forma suya de intervenir en el presente sin pedir permiso, de pensar la Argentina con una lucidez que no buscaba consolar a nadie. No fue una intelectual que dejara frases para el bronce. Dejó una incomodidad activa. Una exigencia.

book img

Como dijo Sarlo

Por Varios autores

eBook

Gratis

Descargar

Sarlo pensaba en caliente, pero nunca resignaba el rigor. Respondía al tiempo que le tocaba vivir sin entregarse a la coyuntura. Incluso en sus últimos años, cuando el debate público parecía acelerarse hacia la simplificación, ella seguía deteniéndose donde otros pasaban de largo: en la fragilidad de la democracia, en el deterioro educativo, en la antipolítica como clima, en la emergencia de nuevas derechas que no se explican solo por errores ajenos. No hablaba desde la nostalgia. Pensaba en presente.

PUBLICIDAD

La fortaleza fue una constante en su vida y en su manera de estar en el mundo. Lo dijo con una frase seca, pronunciada poco después de la muerte de su compañero, el cineasta Rafael Filippelli: “Los que somos fuertes, somos fuertes”. No había épica ni consuelo en esas palabras. Había una ética. La misma con la que revisó públicamente sus posiciones, incluso las más difíciles. Volvió sobre la violencia política de los años setenta, sobre la muerte de Aramburu, que había celebrado en su juventud y que más tarde repudió. Decirlo —explicó— era una forma de no mentirse, de permitir que la historia se armara sin coartadas morales retrospectivas.

Sarlo, en la Feria del Libro 2019.

En la universidad fue rigurosa, firme, incluso temida. Profesora, no performer. Sentada sobre el escritorio, desplegaba recorridos de lectura que desarmaban certezas y armaban otras nuevas. Reordenó la literatura argentina, propuso un canon alterno, leyó el presente siempre en diálogo con la tradición. No enseñaba solo textos: enseñaba operaciones de pensamiento. Leer era entender. Entender era no conformarse.

Tenía ironía, y mucha. Pero sabía cuándo ejercerla y cuándo dominarla. En el aula, evitaba usarla como forma de poder. Tomaba preguntas torcidas, a veces erróneas, y las convertía en entradas para pensar. Reencauzaba. Nunca coincidía del todo con la pregunta: se corría, daba un giro, proponía otra perspectiva. Ese movimiento —ese pequeño desplazamiento— era su marca.

PUBLICIDAD

Tampoco se pensó nunca desde la diferencia. Criada entre maestras normalistas, se estableció desde muy chica como igual. Defendió esa igualdad con conducta, con inteligencia, con una agresividad que no pedía disculpas. Su relación con el feminismo fue siempre incómoda para los rótulos.

Su voz siguió circulando hasta el final en entrevistas, debates, intervenciones públicas. Parte de esas conversaciones recientes quedó reunida en Como dijo Sarlo, un libro publicado por Leamos -la editorial digital de Infobae- que no funciona como cierre ni como despedida, sino como prueba de algo que sigue activo: la persistencia de sus preocupaciones, el desplazamiento de sus diagnósticos, la negativa a acomodarse.

También hubo en Sarlo una relación singular con la ciudad, con Buenos Aires como experiencia antes que como postal. Pensó sus transformaciones, sus ritmos, sus derivas, como quien lee un texto siempre inacabado. La modernidad, para ella, no era una abstracción teórica sino una forma concreta de caminar, de mirar, de desplazarse. De ahí su insistencia en que la literatura no se separa del espacio que la produce ni de los cuerpos que la recorren. Leer la ciudad era otra manera de leer la historia.

Quizás por eso su ausencia se siente menos como una pérdida cerrada que como una interrupción. Falta su voz en el debate público, su capacidad de incomodar sin estridencias, de pensar contra la corriente sin volverse marginal. Falta esa inteligencia que no buscaba pertenecer ni liderar, sino entender.

A un año de su muerte, Beatriz Sarlo no se deja fijar en una imagen amable. Su legado no pide homenaje sino ejercicio. Pensar sin nostalgia, sin indulgencia, sin atajos. Pensar incluso cuando pensar incomoda. Pensar, como ella, en presente.

PUBLICIDAD

Más Noticias

Una criatura marina y una búsqueda inquietante: el universo de "Nieve en la orilla" da escalofríos

En su primera novela, Sofía Castillón recrea una atmósfera donde lo fantástico irrumpe en la vida cotidiana, los rituales alteran las fronteras de lo real y el pasado familiar es una fuerza imposible de frenar

El laberinto infinito de la retraducción: del chino que inventó su propio Quijote al enojo de Mark Twain y la fascinación de Borges

La literatura también puede ser un telefóno descompuesto. ¿Qué pasa cuando leemos la traducción de una traducción? ¿Cuánto se conserva del original? ¿Es una obra nueva? ¿Vale la pena preguntárselo?

Bernie Taupin, el letrista de Elton John que casi muere ahogado en México: 40 años de silencio y el álbum más personal de su vida

Un pescador con una cuerda lo salvó en una playa desierta. Tres décadas después, ese terror se convirtió en la semilla de un disco grabado completamente solo, sin discográficas ni socios creativos

"Los hermafroditas": el manuscrito de Foucault, inédito durante 40 años, que explica por qué el Estado necesita decirte qué sexo tenés

Un texto archivado durante décadas en la Biblioteca Nacional de Francia demuestra que en el siglo XVI el sexo se podía elegir, y que fue la medicina moderna la que impuso la idea de un sexo verdadero, único e inmutable

La revancha de la hija: escribió sobre su padre exiliado, él dejó de hablarle y ahora Josefina Licitra ganó el Premio Sor Juana con ese libro

“Crac” cuenta los años de silencio entre una periodista argentina y su padre, que se fue a España durante la dictadura cuando ella tenía tres años. El jurado de la Feria del Libro de Guadalajara lo eligió por unanimidad