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“El cielo cayendo”, la exposición que desafía el apocalipsis visual

La muestra de Sebastián Díaz Morales en en Artahus Central propone una mirada crítica sobre la saturación de imágenes distópicas, desmontando narrativas de colapso y abriendo espacio para imaginar futuros alternativos desde el arte contemporáneo

“El cielo cayendo”, la exposición que desafía el apocalipsis visual

El Reloj del Apocalipsis marca 89 segundos para la medianoche: no se trata de una advertencia, sino de un reflejo de una civilización que ha transformado su propia destrucción en espectáculo. En este contexto, la exposición El cielo cayendo de Sebastián Díaz Morales en Arthaus se erige como una respuesta crítica a la saturación de imágenes distópicas que circulan en la cultura contemporánea.

La muestra, compuesta por seis obras de video y un entorno sonoro creado por Philip Miller, no busca añadir más imágenes al catálogo del desastre, sino desmontar las existentes para revelar los códigos ocultos que podrían permitir reescribir el futuro.

La instalación funciona como un sistema digestivo de imágenes tóxicas. La cámara, convertida en un ojo que metaboliza la violencia del mundo —guerras, catástrofes climáticas, crisis migratorias—, transforma estos eventos en proyecciones distorsionadas: datos digitales corruptos y emulsión fotográfica deteriorada que documentan el colapso desde dentro.

Muestra de Sebastián Díaz Morales en en Artahus Central

Este proceso no es solo estético, sino sintomático de una descomposición controlada de las narrativas visuales que han naturalizado el colapso como algo inevitable y ajeno. Los paisajes que atraviesan las piezas —desiertos posindustriales, bosques calcinados, tundras congeladas— no se presentan como escenarios finales, sino como ecuaciones visuales donde cada fotograma contiene tanto la herida como la posibilidad de cicatrización.

El movimiento circular de la cámara, que orbita hipnóticamente sobre estos paisajes, rechaza la linealidad del pensamiento apocalíptico tradicional. Esta rotación, más que un recurso formal, constituye un método epistemológico: desestabiliza la percepción entrenada del desastre y obliga a mirar entre los fotogramas, fuera del encuadre. Así, lo macro —geopolítica, sistemas económicos— y lo micro —células, píxeles, vibraciones moleculares— se revelan como variables interconectadas de un mismo sistema en crisis.

El diseño sonoro de Philip Miller actúa como una arqueología inversa del futuro. Explora capas geológicas de lo audible para desenterrar melodías aún no compuestas, mensajes de crisis que anteceden a su enunciación. Esta banda sonora, transmitida en frecuencia modulada por un aparato dañado, introduce interferencias que funcionan como heridas abiertas en el tejido de lo real. Las notificaciones apocalípticas en relojes inteligentes, descritas como “nuestros nuevos papiros egipcios”, no advierten, sino que ejecutan el desastre en tiempo real, transformando cada vibración en un acto fallido de profecía.

La muestra, compuesta por seis obras de video y un entorno sonoro creado por Philip Miller

La exposición no ofrece respuestas, sino un método de disección: utiliza las herramientas del colapso —imágenes, sonidos, imaginarios distorsionados— para abrir ventanas a lo impensado. Lo esencial no reside en lo que muestran las piezas, sino en lo que ocultan en sus intersticios: esos momentos en los que el ojo se cierra, la señal se interrumpe y, en el silencio blanco del ruido, se percibe el crujido de estructuras antiguas derrumbándose para dar paso a configuraciones aún innombrables.

En este sentido, lo apocalíptico deja de ser un evento futuro para convertirse en una condición permanente, un clima que habitamos. La tarea, según la propuesta de Díaz Morales, no consiste en representar el fin, sino en aprender a respirar en su atmósfera enrarecida y encontrar en sus partículas tóxicas los elementos para construir nuevas mitologías visuales. El cielo cayendo se presenta así como un sintetizador de futuros posibles, una máquina que no predice, sino que fabrica imaginarios alternativos a partir de los residuos radiactivos del presente.

La trayectoria de Sebastián Díaz Morales abarca tres décadas y se origina en sus años de formación en la Universidad del Cine en Buenos Aires, la Rijksakademie en Ámsterdam y Le Fresnoy - Studio National des Arts Contemporains en Tourcoing, Francia. Esta formación coincidió con el inicio del uso civil de internet y la informatización progresiva del audiovisual, marcando una transición del cine al video y a las tecnologías digitales, tanto en formato monocanal como en instalaciones. Su obra, exhibida en salas oscuras y espacios de arte contemporáneo, ha recorrido festivales internacionales y forma parte de colecciones de museos de prestigio.

La trayectoria de Sebastián Díaz Morales abarca tres décadas

El cielo cayendo representa un punto de inflexión en su producción, al presentar por primera vez en Buenos Aires una serie de videos que, en su mayoría, provienen de registros de cámara realizados en estudio, casi sin edición. Solo una de las piezas, Bosque quemado, fue filmada en exteriores, en el Parque Nacional Los Alerces en Chubut. Esta obra muestra, en un plano abierto y desde la altura, a un personaje y su sombra cruzando un bosque calcinado sobre una planicie nevada.

El resto de las piezas se origina en capturas de video en estudio, donde la edición se reduce al mínimo y se evita la categoría de material bruto de cámara. La lente se acerca a maquetas y objetos, y el lento movimiento de la cámara revela detalles que generan un efecto de tiempo y espacio, alterando la relación con lo real.

Entre las obras, destacan la visión háptica del hielo derritiéndose en Otro mundo, los detritus de cuerpos y objetos en las dos piezas de El cielo cayendo, la memoria de inscripciones ancestrales en arcilla en la pantalla de un reloj inteligente en Fragmentos antes de la medianoche, y el enfoque en la pupila de un ojo en Retina líquida, que refleja un mundo en descomposición. Estas imágenes constituyen advertencias sobre la desidia humana frente a la naturaleza, la intolerancia, los conflictos bélicos y la desinformación.

El dispositivo técnico de la muestra contrasta con trabajos anteriores como Insight (2012), donde el método de producción implicaba equipos técnicos y humanos en un set. En esta ocasión, la serie de seis piezas monocanales fue realizada por un solo autor en su estudio. La instalación, pensada para un visitante en movimiento, distribuye la información visual y sonora a través de la arquitectura del espacio, utilizando miniordenadores Raspberry Pi ocultos en las salas, que controlan la sincronización de sonido e imagen. Los parlantes intervenidos funcionan como objetos escenográficos que refuerzan la idea de derrumbe y ambiente distópico.

La exposición evidencia la desaparición de la materialidad original de los soportes audiovisuales: el fotograma, la cinta de video, el monitor y el proyector han sido reemplazados por computadoras, algoritmos y tráfico de datos. El streaming, enviado desde el estudio de Díaz Morales en Ámsterdam, se formatea y distribuye mediante códigos y sincronismos, testimoniando la transformación tecnológica del arte contemporáneo.

El cielo cayendo no se limita a representar el colapso, sino que lo utiliza como materia prima para explorar las posibilidades de un futuro aún no imaginado.

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