Agregar Infobae enGoogle

“La remera del Che ”, un cuento de Alejandra Jalof

Infobae Cultura un relato del libro “Fotosíntesis”, de la autora y psicoanalista argentina

GETTY

Cuando nací papá dijo que no era natural agujerear a los humanos para ponerle aros. Mamá aludía a que las tribus hacían eso desde tiempo inmemorial. Mi nacimiento comenzó siendo un suceso antropológico.

A los tres años, ya dotada de las capacidades ambulatorias de la especie, pedía subir a los colectivos en brazos de papá. Mamá hacía la fila para sacar los boletos y nosotros nos sentábamos en el asiento de atrás, el juego era sacarme los zapatos y tirarlos hacia adelante. Mamá los levantaba y seguían su discusión sobre la naturaleza y la cultura.

En la foto de la biblioteca sigo en brazos de mi padre pero esta vez en una vereda otoñal. Estábamos muy concentrados mirando un libro troquelado con la forma de un animal.

Ese verano habíamos ido a las Sierras de Córdoba. Jugábamos a escondernos camuflados con ramas. Detrás de la casa había un burro con una montura tejida y bolsillos que colgaban a cada lado. Me enternecían sus orejas desproporcionadas.

La vida lejos de las bibliotecas atormentaba a mamá. Prefería balancearse en la hamaca paraguaya con Proust que salir a explorar los riachos. A la semana, escalando el cerro, vimos una serpiente venenosa entre las piedras. Cuando se lo contamos nos relató un cuento de Horacio Quiroga.

Yo había escuchado historias de una selva en la que vivía un hombre escondido al que llamaban el Che. Mis padres discutían. Papá reconocía su valentía, había renunciado a la vida burguesa para liberar al mundo de los opresores. Mamá decía que eso estaba muy bien pero que también era capaz de matar. No sabía qué pensar del Che ni de mis padres. Yo también quería emanciparme de prohibiciones como no salir con la bicicleta a la hora de la siesta. Papá apoyaba mi causa.

Al tiempo, en la tapa de un diario vi al Che muerto con los ojos abiertos sin la camisa. Por la misma época papá se enfermó. La vida en la casa trascurría puertas adentro, triste y monótona.

Una tarde corrí a mostrarle un sapo que había encontrado en el jardín de la vecina. Por la puerta entreabierta, lo vi tendido sobre el cubrecama con los ojos fijos en el techo y el pecho desnudo. Mamá le gritaba a alguien en el teléfono que la ambulancia no llegaba.

La escena se repitió varias veces, lo internaban y después regresaba. Un día no volvió del hospital. Había quedado sola con mi causa emancipatoria.

El frente de mamá sostenía la imposición de ponerme la remera para andar en bicicleta.

“Debes cubrirte el torso” decía mamá en su castellano académico. Me resistía a perder esa desnudez en común que teníamos el Che, papá y yo.

Negocié con una camisa desabrochada que se inflaba con el viento como la vela de un barco.

En las reuniones familiares se hablaba de la revolución sólo para marcar un cisma irreconciliable. No había discusión, para el tío Jorge había que matarlos a todos.

Para mí, la llamada “vida burguesa” estaba representada por las chicas de vestidos planchados y trenzas que se sentaban en los umbrales a jugar a ser madres de sus muñecas. Mi abuela tenía un nombre para mi diferencia con ellas. Marimacho.

Negociado el tema de la camisa, debía encontrar otro emblema de la emancipación.

Me iría a vivir a la selva como el Che para curar animales enfermos y devolverlos a la vida salvaje. Mamá intentaba encuadrar esa vaguedad en alguna carrera universitaria.

–Vas a ser veterinaria entonces.

No podía imaginarme esos animales salvajes y voluptuosos, echados, estáticos. Me recordarían lo que intentaba olvidar, mis últimas imágenes de ellos.

Ella insistía con sus ideales académicos. Iba a ser Zoóloga, entonces.

Poco tiempo después mamá se casó con un hombre más domesticable.

Mi nuevo padre salía a trabajar muy temprano. Un día creyó haber visto un león en el jardín de una casa, al día siguiente volvería a fijarse. Lo comprobó, un hombre vivía con una leona y jugaba con ella en el jardín de su casa.

Había una escala en la dignidad evolutiva. En el cenit estaban papá y el Che. En el medio la leona que creía ser un perro y en el piso de la pirámide esa especie lindante con el reino vegetal, las nenas que jugaban a ser mamás.

"Fotosíntesis" (Paradiso), de Alejandra Jalof

SEGUIR LEYENDO

Más Noticias

The Times pondera la nueva novela de Hernán Díaz y lo compara con Dickens, aunque señala que llega tarde a sus mejores ideas

La reseña del diario inglés sobre ‘Ply’, celebra la audacia del escritor argentino residente en Estados Unidos y ganador del Pulitzer, pero cuestiona un primer tramo que califica de “ficción juvenil”

Detienen a dos turistas alemanes que colgaron sus propios cuadros en la sala de la Mona Lisa del Louvre

El personal de seguridad interceptó a los hombres luego de que fijaran dos piezas de aproximadamente 30 por 40 centímetros sobre las paredes del recinto. El hecho ocurrió durante la jornada del sábado en París

Una filtración de agua obligó a retirar de forma preventiva el Baco de Caravaggio en Florencia: cuál es su estado

Una tormenta que dejó casi 45 milímetros de lluvia en una hora provocó el ingreso de agua por la claraboya de la sala 90 de la galería florentina del Uffizi, según confirmó la institución tras las inspecciones correspondientes

Qué escribe Ariana Harwicz, la autora argentina vetada en el festival de Granada

Maternidad, violencia y extranjería: los ejes de una obra radical compuesta desde la campiña francesa que llegó al Man Booker y que ahora provocó una crisis en España

“Seis meses en edificio rosa y azul”, el filme que nació del miedo: cómo el VIH de un padre marcó la identidad de su hijo durante décadas

El cineasta mexicano Bruno Santamaria presenta en San Sebastián una película que explora “la jaula que te impide salir del armario”