En el malecón de Santiago de Cuba, una mujer de 76 años y su hija se acercaron a un periodista para pedir dinero. Su caso, marcado por la pérdida de su único sostén económico, refleja la situación de adultos mayores que enfrentan dificultades para alimentarse, acceder a medicamentos y mantener una vivienda en medio de la crisis económica que golpea la isla.
Las mujeres viven en una situación altamente precaria y vulnerable al no contar con los servicios básicos como el acceso a energía eléctrica al interior de su vivienda o un espacio digno para descansar por las noches.
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La historia fue retomada por CubaNet a partir de un reportaje publicado el 26 de octubre por The Atlantic. El periodista estadounidense Robert F. Worth recorrió distintas localidades cubanas durante nueve días de agosto junto al fotógrafo Moises Saman, descubriendo por si mismos un escenario de escasez, apagones, deterioro de los servicios públicos y aumento de la pobreza.
La mujer y su hija explicaron que dependían del hijo de la anciana, quien trabajaba como guardia de seguridad. El hombre murió de cáncer el año pasado, desde entonces, ambas buscan sobrevivir con limosnas y con la recolección de botellas de plástico que luego intentan vender por unos pocos pesos.
Según el testimonio recogido durante el recorrido, la familia no recibe asistencia estatal. “No recibimos nada del Estado”, afirmó la mujer al explicar que pasan sus días en las calles para conseguir dinero.
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El periodista visitó después el lugar donde viven madre e hija. Encontró una habitación con condiciones precarias, sin colchones y con dos estructuras metálicas cubiertas por cartones que utilizan para dormir. Al ser consultada por el servicio eléctrico, la anciana respondió: “Ni siquiera tenemos una bombilla”.
La escasez y los apagones agravan la vida cotidiana en Cuba
El reportaje, sitúa ese testimonio dentro de una crisis más amplia. Worth describió problemas de abastecimiento de alimentos, medicamentos y combustible, además de cortes eléctricos entre dificultades en el sistema de salud.
En distintas zonas del país, el periodista encontró personas que expresaron preocupación por el precio de los alimentos y por el deterioro de sus condiciones de vida. La investigación atribuye parte de ese panorama a la caída del turismo después de la pandemia de COVID-19, una de las fuentes de ingreso de divisas para Cuba.
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La situación de la mujer de 76 años expone una de las consecuencias sociales de esa crisis. Muchos jubilados dependen de pensiones que pierden capacidad de compra frente al aumento de los precios, mientras otros reciben ayuda de familiares que emigraron o de redes comunitarias y religiosas.
Iglesias y comunidades cubren necesidades básicas
Durante su recorrido, Worth también registró el crecimiento de la asistencia ofrecida por iglesias y organizaciones religiosas. En La Habana, visitó la iglesia de Los Escolapios, donde voluntarios distribuyeron almuerzos de arroz y frijoles después de una actividad religiosa a la que asistieron más de cien niños y adultos.
En Baracoa, el pastor pentecostal Raúl de Jesús Muñoz Munder explicó que su congregación realiza encuentros semanales para detectar casos de personas enfermas, familias sin alimentos y vecinos que requieren medicamentos. Según relató, la iglesia tiene cerca de 1,100 miembros habituales, aunque brinda apoyo a un número mayor de residentes.
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La experiencia de la madre y su hija en Santiago de Cuba quedó como una de las escenas que concentraron la atención del periodista durante sus nueve días de viaje: dos mujeres sin ingresos estables, sin colchones y sin una bombilla en su vivienda, que dependen de lo que puedan obtener cada jornada en la calle.
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