El pueblo de Samaniego, en Nariño, vivió uno de sus momentos más emotivos al despedir a Tobby, el perro que durante años se convirtió en una figura esencial de la vida local. El animal, conocido por su presencia en cada funeral, misa, desfile y acto comunitario, falleció tras una vida llena de gestos que conmovieron a generaciones enteras.
La celebración de su vida fue tan singular como su historia. Antes de su partida, los habitantes organizaron un tributo multitudinario: “Un homenaje lleno de caricias, flores y lágrimas con el que intentaron devolverle una fracción de los años de compañía y fidelidad que él les regaló”, comentaron los habitantes del pueblo en redes sociales. El reconocimiento en vida fue una muestra de la profunda gratitud que sentía el pueblo por quien consideraban uno de los suyos.
La historia de Tobby comenzó en circunstancias trágicas, pero reveladoras de su carácter. En las calles se contaba que pertenecía a un hombre de Providencia, que enfermó y murió en Samaniego. El perro, fiel hasta el final, acompañó a su dueño en los últimos días y, tras su fallecimiento, eligió quedarse en el pueblo.
PUBLICIDAD
Desde entonces, adoptó la costumbre de acudir a cada sepelio, atento al sonido de las campanas de la iglesia, para despedir al difunto: “Basta con que escuche las campanas para levantar las orejas en señal de alerta y correr a despedir al difunto hasta el cementerio”, narraron en algunas publicaciones.
A lo largo de los años, Tobby se ganó el cariño de todos. No tenía una casa propia, ya que, como recordaban los vecinos: “Las puertas de cada hogar en Samaniego estaban abiertas para él; su familia era, literalmente, el pueblo entero”. Era habitual verlo en cada esquina, recibiendo caricias y alimentos de quienes lo encontraban en su camino.
Durante la semana, el perro recorría el municipio, participando en diversas actividades. Los sábados, su rutina era especial: salía antes del amanecer rumbo al mercado, donde saludaba a vendedores y compradores, quienes ya lo conocían y lo recibían con cariño, ofreciéndole comida y algunas caricias. Al final del día, recibía su recompensa en forma de huesos y trozos de carne sobrante.
PUBLICIDAD
El domingo, si no había funeral, Tobby se convertía en compañero de juegos de los niños en el parque Sol Andino. Corría tras la pelota, jugaba entre los columpios y, en ocasiones, recibía un helado como premio. Estas escenas lo hicieron uno de los protagonistas silenciosos de la vida social de Samaniego.
Para los habitantes de Samaniego, Tobby era mucho más que un perro callejero. Fue símbolo de unión, lealtad y cariño. Su presencia constante en cada acto, su compañía silenciosa en los momentos de dolor y alegría, lo convirtieron en una figura insustituible.
Su fama trascendió las fronteras del pueblo. Hace dos años, Tobby acompañó a un grupo de feligreses en una peregrinación a Yascual, perdiéndose durante quince días. Cuando lo encontraron, estaba débil y enfermo, pero regresó. Para Samaniego, ese regreso fue motivo de celebración.
PUBLICIDAD
El vínculo entre Tobby y la comunidad se reflejó incluso en el arte local. En noviembre de 2024, el caricaturista Matador y el Fondo Paz del Gobierno pintaron un mural en su honor. Matador relató: “Todos los niños escogieron a Tobby y el taller se basó en Tobby, que gracias a los niños estamos empezando a dibujar este mural”.
En sus últimos años, Tobby fue acogido por una familia animalista del pueblo, que le brindó atención médica y refugio. Al morir el 12 de junio, la comunidad lo despidió con sentidos mensajes en redes sociales: “Tobby gran can murió glorioso en Samaniego, pero vivirá eternamente en nuestros corazones”. Otros habitantes expresaron el deseo de que su legado inspire la creación de un albergue para perros callejeros.