Paula Andrea Cano, técnica en criminalística colombiana, sostiene que los fallecidos buscan comunicarse a través de ciertas personas. Desde su infancia, asegura percibir entidades más allá de lo visible.
En un episodio reciente del pódcast Historias Paranormales con el antropólogo y periodista Esteban Cruz, relató cómo estas experiencias han acompañado tanto su vida personal como su labor en el Cuerpo Técnico de Investigación Judicial (CTI) en Bogotá.
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Para Cano, los vivos actúan como “puentes” entre el plano terrenal y el espiritual. Está convencida de que quienes mueren siempre encuentran una forma de transmitir mensajes pendientes.
“Las personas que fallecen buscan puentes. Todos nosotros somos puentes para el plano espiritual”, afirma.
En la entrevista, detalla tareas propias de la criminalística, como la recolección de huellas y pruebas en escenas de homicidio o accidentes, bajo la coordinación del CTI. Explica: “El técnico judicial está ligado con el estudio de criminalista. Es como la especialización que uno hace. Es más papeleo que de campo, pero me gusta más la parte de campo”.
Más allá de los procedimientos formales, revela que la interacción con los fallecidos suele superar lo físico. “A mí me pasa que llego y siento lo que esa persona sintió en ese momento”, afirma.
Desde la niñez, en el barrio La Perseverancia, Cano experimentó situaciones para las que no hallaba explicación lógica. “Mis primeras experiencias fueron en la casa familiar. Vengo de un barrio que se ha caracterizado por ser violento. La casa familiar era inmensa y muy antigua. El primer fallecido allí fue mi bisabuelo. Él no era buena persona, falleció en esa casa y no se quería ir”, relata.
Según su testimonio, percibía presencias y sonidos extraños. Aprendió de un espiritista cercano a la familia que esas sensaciones no eran imaginarias: “Toda la gente puede ver muertos. No existen los amigos imaginarios. Los niños, cuando dicen que tienen un amigo imaginario, están hablando con un espíritu”.
Durante su práctica profesional, describe episodios en los que la comunicación con los fallecidos resulta inevitable. Recuerda un levantamiento de cuerpo en un accidente de tránsito:
“Me causó curiosidad el área tan extensa de acordonamiento. Cuando me bajé del carro, vi a un señor que no se le veía la cara. Me di cuenta que estaba fallecido. Vi pedazos de carne esparcidos y él me hacía seguir la mirada”. Aclara que los espíritus pueden presentarse de diversas formas: “Veo espíritus de tres maneras: translúcidos, sombras o tan nítidos como una persona viva”.
Cano sostiene que los fallecidos pueden quedarse atados al sitio de su muerte, especialmente si la muerte fue violenta o autoprovocada. “Las que más se quedan estancadas son las personas que se desviven”, señala respecto a los suicidios. Explica que, en su experiencia, quienes no aceptan su muerte suelen repetir los mismos actos y rutinas tras fallecer.
“Cuando una persona deja el mundo terrenal, siempre va a encontrar a alguien que lo va a guiar a donde tiene que ir. No todos vamos al mismo sitio, no todos trascendemos de la misma forma”, concluye.
Sobre su capacidad de canalización, menciona un caso ocurrido en Chile relacionado con la desaparición de un niño: “Me contactaron para saber del paradero de un menor. Pedí solo una foto y logré canalizar al niño. Dije el lugar donde estaba y, aunque insistieron en que ahí ya habían buscado, al final lo encontraron. Les di el nombre, el día exacto que desapareció, cómo estaba vestido y quién era el responsable”. Este tipo de experiencias forman parte de lo que denomina su colaboración a distancia en casos complejos.
No todas las entidades con las que interactúa, advierte Cano, son inofensivas. “Existen los demonios. Todo demonio fue una persona en su momento, pero ellos eligen para atormentar, asustar, verse de otra forma diferente”. Precisa que los supuestos fantasmas de niños, frecuentemente reportados, serían en realidad entidades del bajo astral. “Los niños no penan. Si ves un niño, no es un niño, es un ente del bajo astral”.
Cano relata también episodios en los que familiares fallecidos “vienen a llevarse a quienes aman”, como le ocurrió después de sobrevivir a un infarto. “Vi a mi abuelo extendiéndome la mano y entendí que, si la tomaba, moriría yo también”, sostiene sobre esa experiencia onírica vinculada al tránsito entre planos.
En su carrera, Cano afirma que las condiciones en morgues y funerarias pueden endurecer a muchos colegas. Ella, sin embargo, desarrolló una actitud distinta hacia los cuerpos, convencida de que merecen respeto. “Les hablaba para que el cuerpo se soltara. Les decía a los compañeros: ‘Piensen que es un familiar, trátelo como si fuera un familiar suyo’”.
Afirma que su paso por la criminalística estuvo marcado por dilemas éticos y denuncias de prácticas indebidas. “No quise seguir ejerciendo ni en medicina legal ni en el CTI porque mi moral no me lo permitió”, afirma.
“En medicina legal hay prácticas indebidas: tráfico de órganos, venta de partes del cuerpo para trabajos de brujería. A un niño que llega a medicina legal es la peor carnicería que le hacen”, denuncia.
Al reflexionar sobre el destino de las almas, sostiene que existe un tránsito condicionado por las acciones en vida y la vibración energética. “No hay infierno, pero sí tienes que trascender. El trascender es como subir escalones. Nosotros somos energía, todo lo que nos rodea son energías. Hay energías que vibran alto y otras muy bajo”.