La futura presencia humana en la Luna enfrenta un desafío que resulta menos visible que el alunizaje, pero igual de decisivo: cómo producir, almacenar y distribuir energía en una superficie con noches prolongadas, temperaturas extremas y zonas de sombra permanente.
Blue Origin presentó una torre solar de 20 metros de altura para generar electricidad en el polo sur lunar, una región que concentra los planes de exploración de la NASA por su potencial para albergar hielo de agua.
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El sistema, llamado Power Tower o Torre de Energía, se desplegaría de forma vertical tras el aterrizaje. Según la empresa fundada por Jeff Bezos, su objetivo es aportar más de 10 kilovatios de potencia para las tareas de una futura base lunar.

Esa capacidad permitiría alimentar equipos científicos, sistemas de comunicación, instrumentos de exploración y otros activos instalados lejos del módulo de descenso.
“Nuestra Torre de Energía es un sistema de paneles solares de 20 metros de altura, desplegado verticalmente, diseñado para proporcionar más de 10 kilovatios de energía para las operaciones de la Base Lunar en el polo sur lunar.”
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La novedad no reside solo en la cantidad de electricidad prevista, sino en el formato del equipo. Los paneles solares convencionales suelen ocupar amplias superficies horizontales, una alternativa que puede encontrar límites en un terreno irregular o cerca de zonas con iluminación cambiante.

La estructura de Blue Origin plantea una solución elevada: un mástil central asciende desde una base y despliega brazos laterales con paneles que se abren hacia abajo.
La apuesta forma parte de un cambio más amplio en la arquitectura de las misiones lunares. La NASA busca pasar de expediciones puntuales a una red de equipos que opere de forma continua.
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Para eso necesita aterrizadores capaces de transportar carga, vehículos para recorrer distancias mayores, satélites de comunicaciones, instrumentos científicos y fuentes de energía que conecten todos esos componentes.
La torre apunta a llevar electricidad fuera del área de aterrizaje

El diseño de la Power Tower parte de una idea central: la electricidad debe llegar más allá de la nave que transporta los paneles. Blue Origin explicó que su “arquitectura modular dará soporte a futuras redes de superficie, extendiendo el suministro de energía más allá del módulo de aterrizaje a los activos que más lo necesiten”.
Esa condición resulta relevante en el polo sur de la Luna. Allí, la luz solar puede alcanzar algunos relieves elevados durante períodos extensos, aunque cambia según la topografía y la posición del Sol. A poca distancia existen cráteres y depresiones que permanecen en sombra durante largos intervalos. Esas zonas despiertan interés científico porque podrían conservar depósitos de hielo, pero exigen soluciones energéticas capaces de sostener instrumentos y vehículos fuera de los puntos mejor iluminados.
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El mástil de 20 metros busca ganar altura para reducir las obstrucciones del terreno y aumentar la exposición de los paneles al Sol. La torre podría ubicarse en un punto favorable y abastecer, mediante cables o redes futuras, a aparatos situados a cierta distancia. La empresa no informó todavía cuáles serán los mecanismos concretos de distribución, el peso total del sistema ni una fecha de vuelo para este equipo.

La propuesta parece derivar de Lunar Array Mast and Power System, conocido como LAMPS, una tecnología anterior desarrollada por Honeybee Robotics, filial de Blue Origin. Ese sistema pasó por pruebas en el Centro Espacial Johnson de la NASA, en Houston, durante 2024. Honeybee Robotics también participa en el programa de Tecnología de Paneles Solares Verticales de la NASA, identificado por sus siglas en inglés VSAT.
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El programa VSAT estudia paneles de orientación vertical para aprovechar las condiciones de iluminación cercanas a los polos lunares. En esas latitudes, el Sol aparece bajo sobre el horizonte. Por esa razón, una disposición vertical puede resultar más útil que una superficie plana, siempre que el sistema resista el polvo, las variaciones térmicas y las exigencias del transporte espacial.
Los más de 10 kilovatios que plantea la torre representan una escala útil para operaciones robóticas complejas y para una infraestructura inicial. La cifra no alcanzaría, por sí sola, para una instalación humana permanente con grandes necesidades de soporte vital, comunicaciones y movilidad. Sin embargo, permitiría sumar una fuente local de energía a baterías, sistemas de almacenamiento, generadores de radioisótopos u otros paneles solares instalados en la superficie.
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La modularidad abre además la posibilidad de repetir el modelo. En vez de depender de una única fuente de potencia, una base podría contar con varias torres ubicadas en distintos puntos. Esa configuración aportaría redundancia frente a fallas, sombras temporales o problemas de conexión. También facilitaría una expansión gradual: cada nueva misión podría incorporar equipos y aumentar la capacidad de la red.
El desafío abarca mucho más que desplegar los paneles. La Luna carece de atmósfera, recibe impactos de micrometeoritos y su polvo fino puede adherirse a mecanismos y superficies. Las noches lunares duran cerca de dos semanas terrestres en muchas regiones, aunque el entorno polar presenta patrones de luz distintos. Cualquier sistema energético debe tolerar temperaturas extremas, administrar la energía disponible y mantener sus componentes operativos durante períodos de oscuridad.
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La Power Tower aparece, por tanto, como un elemento dentro de una futura red y no como una solución aislada. La NASA también prepara demostraciones para probar sistemas de energía compartida en la superficie, orientados a asistir cargas útiles críticas y otros activos de una base lunar. Esos ensayos utilizarán tecnologías de energía y aviónica desarrolladas originalmente para HALO, uno de los módulos del programa Gateway.
La red de aterrizadores comerciales prepara la infraestructura antes de los astronautas

La propuesta de Blue Origin coincide con la estrategia de la NASA para construir una base cerca del polo sur lunar. La primera fase de ese plan se extiende hasta 2029 y contempla más de 20 alunizajes robóticos. Las misiones llevarán instrumentos científicos, probarán tecnologías y transportarán los primeros elementos de infraestructura antes de la llegada de astronautas.
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La agencia apoya buena parte de ese esquema en la iniciativa Servicios Comerciales de Carga Lunar, conocida como CLPS. Bajo ese programa, compañías privadas entregan cargas de la NASA y de otros clientes en la Luna. El objetivo incluye crear una cadena de suministro recurrente, un requisito para que los equipos puedan reemplazar piezas, enviar repuestos, ampliar instalaciones o responder a fallas sin depender de una única gran misión.
Blue Origin prepara dentro de esa arquitectura el módulo Blue Moon MK1, previsto para su misión Endurance. El vehículo completó una campaña de pruebas ambientales que incluyó un ensayo de vacío térmico en el Centro Espacial Johnson. Esa evaluación comprobó su capacidad para actuar en un ambiente similar al lunar, donde las condiciones de temperatura y presión difieren de forma drástica de las terrestres.
La estructura, los sistemas de propulsión y la aviónica de Blue Moon MK1 ya quedaron ensamblados. El proyecto debe pasar ahora por comprobaciones de cableado e integración de cargas útiles, antes de la carga de propelentes criogénicos y la preparación para el lanzamiento. Endurance tiene entre sus metas demostrar un aterrizaje de precisión, estudiar el ambiente lunar y probar sistemas autónomos que puedan servir en misiones posteriores.
En tanto, la empresa Firefly Aerospace prepara Blue Ghost 2, una misión que combina su módulo Blue Ghost con la nave orbital Elytra en un vehículo de 6,7 metros de altura. El proyecto apunta a la cara oculta de la Luna y podría convertirse en el primer alunizaje de Estados Unidos en esa región. La NASA espera aprovechar un ambiente de radio muy silencioso para estudiar la geología local y la llamada Edad Oscura cósmica, una etapa previa a la visibilidad de las primeras estrellas.
Por su parte, Intuitive Machines trabaja en IM-3, la tercera misión del aterrizador Nova-C. El vuelo llevará el módulo Trinity y Altus-1, un satélite de retransmisión de datos que transportará tres cargas útiles en órbita lunar. En la superficie, la misión investigará Reiner Gamma, una anomalía magnética que la NASA identifica como el primer objetivo de exploración directa de un remolino lunar.
Voyager Technologies también avanza con Griffin-1, un módulo de infraestructura cuyo lanzamiento está previsto para fines de 2026. La nave debe transportar cinco cargas útiles de la NASA instaladas en el rover Astrolab FLIP, además de la mayor carga comercial enviada hasta ahora a la superficie lunar, según el plan de la misión. Sus ensayos ambientales en el Laboratorio de Propulsión a Chorro (JPL) verifican la resistencia y precisión de sistemas necesarios para operaciones de larga duración.
La acumulación de aterrizadores, satélites, rovers y fuentes de energía perfila una logística lunar más compleja. La prioridad ya no se limita a llegar, tomar muestras y regresar. El plan apunta a instalar capacidades que perduren entre una misión y otra, con robots que preparen el terreno para operaciones humanas sostenidas.
En ese esquema, la torre solar de Blue Origin cumple una función concreta: convertir la luz disponible en electricidad y llevarla a donde haga falta. Su prueba terrestre marcó un paso inicial para una tecnología que todavía debe demostrar su desempeño en la Luna. Mientras la NASA y sus socios comerciales preparan entregas hasta 2028, la disponibilidad de energía definirá qué instrumentos pueden funcionar, durante cuánto tiempo y a qué distancia de sus módulos de aterrizaje.
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