Eduard Ribas i Admetlla
Washington, 12 ago (EFE).- Cinco años después de la caótica retirada de Estados Unidos de Afganistán, que puso fin a la guerra más larga de su historia, el fantasma de aquella salida vuelve a sobrevolar Washington mientras la Administración de Donald Trump busca una vía para poner fin al conflicto con Irán sin proyectar la misma imagen de debilidad.
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Ambos conflictos tienen naturalezas y dimensiones muy distintas, pero la profunda herida política y militar que dejó la retirada de Kabul en 2021 sigue condicionando el debate estadounidense sobre el uso de la fuerza en el exterior y sobre la credibilidad de Estados Unidos en el tablero global.
La retirada de Afganistán concluyó el 30 de agosto de 2021, después de que los talibanes tomaran Kabul en una ofensiva fulgurante que desmoronó en cuestión de semanas al Gobierno y al Ejército afganos, entrenados y financiados durante años por Washington y sus aliados.
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La Administración demócrata del entonces presidente Joe Biden (2021-2025) defendía la retirada para no poner en peligro a las tropas estadounidenses sobre el terreno y prometió que Kabul no sería "otro Saigón", cuya caída en 1975 simbolizó la amarga derrota de Estados Unidos en la guerra de Vietnam.
Pero la realidad le llevó la contraria. Las imágenes de la apresurada evacuación del personal diplomático y de los afganos que habían colaborado con Estados Unidos dieron la vuelta al mundo, mientras un atentado en el aeropuerto de Kabul mataba a 13 militares estadounidenses y más de 170 civiles.
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Tras dos décadas de guerra, miles de millones de dólares invertidos y más de 2.400 soldados estadounidenses muertos, Afganistán regresó a la casilla de salida y los talibanes llevan ya un lustro controlando el país.
Aquel fracaso de planificación y ejecución dañó la imagen de Estados Unidos como superpotencia y, según algunos analistas, pudo contribuir a envalentonar a sus rivales, entre ellos el presidente ruso, Vladímir Putin, antes de la invasión de Ucrania.
Trump ha convertido la retirada en un arma política contra su predecesor, al que responsabiliza de la pérdida de prestigio estadounidense, pese a que los Acuerdos de Doha, que establecieron el marco para la salida de las tropas, fueron firmados por el propio republicano en 2020, durante su primer mandato (2017-2021).
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En mayo de 2025, el secretario de Defensa de Trump, Pete Hegseth, ordenó al Pentágono una nueva revisión de la retirada estadounidense y del atentado de Kabul con el objetivo de esclarecer las responsabilidades de la Administración anterior, pero el informe final todavía no se ha hecho público.
Cinco años después, Estados Unidos se encuentra atrapado en una ofensiva contra Irán, vecino de Afganistán, que buscaba una rápida caída del régimen de los ayatolás pero que cinco meses después ha demostrado la capacidad de la República Islámica por alterar el mercado energético mundial mediante el bloqueo del estrecho de Ormuz.
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Estados Unidos no ha desplegado tropas sobre el terreno, pero al menos 17 militares estadounidenses han muerto en ataques iraníes contra bases de Washington en Oriente Medio y la guerra se ha convertido en un asunto impopular entre el electorado a las puertas de unos comicios legislativos clave en noviembre.
La lección que deja Kabul, por tanto, ya no es solo el riesgo de prolongar guerras indefinidamente, sino el precio de no tener una estrategia clara para el día después, especialmente para una superpotencia que trata de rivalizar con el ascenso de China en el tablero mundial.
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Paradójicamente, mientras Afganistán sigue proyectando su sombra sobre la política exterior estadounidense, el país ha desaparecido casi por completo de las prioridades de Washington, que ha reducido los programas de ayuda y de reasentamiento para los afganos que colaboraron con Estados Unidos durante las dos décadas de guerra. EFE
(foto)
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