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"La conciencia histórica da seguridad", subrayó Barcia en lo que constituyó la clase inaugural de la Diplomatura en Cultura Argentina que se dicta todos los martes en el Cudes (Instituto de Cultura) y que convoca a un cuerpo de profesores destacados, a saber: Abel Posse, Roberto Cortés Conde, Carlos Escudé, Víctor Manuel Fernández, Marcos Aguinis y Juan Llach, por citar sólo algunos.

La clase de Barcia, director de la Diplomatura, fue un repaso por lo que nuestros ensayistas –y algunos observadores extranjeros- han reflexionado sobre la identidad argentina y ese sentimiento que experimentamos de que, al hacer el "arqueo de lo producido, el resultado es opaco". Ya en 2010, cuando se inició el largo Bicentenario que ahora culmina, tuvimos "el sabor de no haber logrado lo propuesto", dijo el ex presidente de la Academia Argentina de Educación. Sin embargo, señaló que hacer ese balance es un "primer paso útil".

Como lo subrayó el director académico del Cudes, Roberto Bosca, este año, por cumplirse el Bicentenario de nuestra Independencia, la Diplomatura se dicta en un contexto ideal para la reflexión que esta propone: "Memoria e historia, identidad y proyecto; dicho de otro modo, ¿de dónde venimos, quiénes somos y hacia dónde vamos?"

"¿Por qué tenemos los argentinos un caudal tan grande de ensayos de búsquedas de identidad?"

En su enumeración de autores que se han detenido en el tema, Barcia no se limitó al pasado más lejano –Echeverría, Joaquín V.González, Irazusta...-; también mencionó la obra póstuma del periodista Tomás Bulat, fallecido en 2015, Estamos como somos.

Exhortó a no buscar teorías conspirativas –"Somos especialistas en eso"- porque son una forma de excluir la propia responsabilidad. "No nos hacemos cargo. Por no hacerlo, caemos en un famoso defecto: reiterar situaciones".

No porque cuestione la "obsecuencia" hacia todo lo extranjero, debe pensarse que es Barcia una suerte de chauvinista que rechaza toda influencia exterior. "La identidad es porosa", afirmó por el contrario, y citando a Paul Valéry: "El león está hecho de cordero digerido".

Y a Goethe: "No importa lo que usted tome de acá o de allá porque no hay buenas o malas influencias sino buenos o malos sistemas digestivos".

"¿Por qué tenemos los argentinos un caudal tan grande de ensayos de búsquedas de identidad?", se preguntó. Y propuso revisar en este Bicentenario nuestros rasgos identitarios para corregir, a través de la educación, aquellos que podemos considerar "malignos".

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Salpicando como es habitual su charla con infinidad de citas y anécdotas, enumeró algunos de los rasgos de la argentinidad: expresivismo y locuacidad –por nuestra ascendencia italoespañola-, insatisfacción, improvisación, tono asertivo, amiguismo, egotismo –es decir esa tendencia de pasar todo por la experiencia personal que en su opinión fue el sello de Sarmiento, Mansilla y Victoria Ocampo, por ejemplo-, suficiencia, triunfalismo, susceptibilidad frente a la crítica, ideologismo –la realidad debe plegarse a la ideología- maniqueísmo, anomia...

Cuestionó a los que redujeron nuestra identidad a lo porteño –tango y lunfardo- o a lo pampeano exclusivamente, como fue el caso de Sarmiento que hizo, dijo, "una etnografía de poltrona".

También citó lógicamente a Charles Darwin, que nos visitó en 1833 y nos dedicó varios párrafos. El naturalista inglés vio rasgos positivos en nuestros antepasados, reconocibles todavía hoy: la hospitalidad, la igualdad social, el trato cortés y digno en todas las clases sociales. Y entre los negativos: la haraganería, el individualismo, la tendencia a ayudar al criminal (porque se lo ve como una persona que peca contra el Gobierno y no contra el pueblo) y el soborno.

"Martínez Estrada decía que uno de los ejes del proceso histórico argentino es la compulsión a la repetición: no generamos experiencia"

Otro rasgo que nos distingue es el "sisifismo" (*). "Ezequiel Martínez Estrada decía que uno de los ejes del proceso histórico argentino es la compulsión a la repetición: no generamos experiencia; corsi e ricorsi " (la historia pendular), dijo Barcia.

"El argentino no proyecta", sentenció, "puentea", es decir, elude, esquiva, en vez de "pontear", o sea, construir puentes, superar obstáculos. Y evocó el método jesuita: para cada problema, un proyecto.

Otra característica recurrente es el "tabulorasismo", señaló, "la reinauguración permanente". "Venimos de una etapa de tabulorasismo total –agregó, en referencia a los últimos años-. Todo empezó allí", y recordó que se pretendió instalar que la Independencia se declaró en 1815, con Artigas.

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Para evitar el tabulorasismo, Barcia sugirió tener presente la imagen de Eneas que viajaba llevando de una mano a un viejo y de la otra a un niño. "Conocer el pasado porque eso puede cambiar el presente y permitir ir más allá", dijo.

Por eso lamentó la poca atención que se le presta a la historia de nuestra cultura. A modo de ejemplo, destacó que ningún gobierno –ni el nacional ni los de las provincias- adquirió para sus escuelas los libros que produce la Academia Argentina de Letras, como por ejemplo, un Manual de comprensión lectora, pese a los enormes déficits educativos que padecemos.

"Nuestro repentismo nos lleva a improvisar todo, aunque también es una capacidad, la llamada viveza criolla. Pero hacer de eso un sistema es matar el proyecto, matar la vida", advirtió.

"Lo último que sale es visto como lo mejor; se importan modas sin crítica ni adaptación"

El "neofilismo" es otro rasgo negativo que nombró Barcia. Pese al neologismo, no es tendencia nueva. Ya en 1585, un funcionario colonial se quejaba en carta al Rey de que los de por aquí eran "cada día más desvergonzados con sus mayores", contó. "Lo último que sale es visto como lo mejor", describió y cuestionó que se importen modas "sin crítica ni adaptación". Eso es el famoso colonialismo cultural.

"Esteban Echeverría adaptó el romanticismo a nuestra realidad y de ahí surgieron El Matadero y La Cautiva", dijo Barcia. En cambio, como ejemplo de trasplante acrítico, citó la reforma educativa de Susana Decibe en los años noventa.

Siguió luego una referencia a nuestra "tendencia anómica, la cesura entre la ley escrita y la realidad, tendemos a no cumplir las leyes y el gobierno a no aplicarlas; Alberdi hablaba de la inmoralidad pública".

Y finalmente, "la antinomia maniquea: civilización y barbarie, unitarios y federales..." y así, interminablemente. "La grieta sigue siendo tema de discusión en TV", lamentó.

"Hay una ley argentina de la discordia interna. ¿Cómo se corrige esto? Con educación para el diálogo. No se enseña a dialogar. Y el diálogo es la base de la democracia. Es la tolerancia activa. Tratar de entender al otro", señaló.

"El tren de aterrizaje, de futurizaje, es la educación", enfatizó al final.

En el folleto que contiene el programa de la Diplomatura en Cultura Argentina, puede leerse el poema, La Patria, de Jorge Luis Borges, un cierre ideal para estas reflexiones:

Nadie es la patria, pero todos debemos / ser dignos del antiguo juramento / que prestaron aquellos caballeros / de ser lo que ignoraban, argentinos, / de ser lo que serían por el hecho / de haber jurado en esa vieja casa.

Somos el porvenir de esos varones, / la justificación de aquellos muertos; / nuestro deber es la gloriosa carga / que a nuestra sombra legan esas sombras / que debemos salvar.

Nadie es la patria, pero todos lo somos.

Arda en mi pecho y en el vuestro, incesante, / ese límpido fuego misterioso.

(*) En referencia a Sísifo, personaje mitológico cuyo castigo era empujar siempre una piedra cuesta arriba de una montaña, porque cuando estaba por llegar a la cima, la piedra rodaba hacia abajo, y él debía siempre volver a empezar.


VIDEO: Pedro Barcia habla de la Diplomatura que dirige

cpeiro@infobae.com