"Técnicamente podríamos decir que no hay democracia en Santa Cruz"

Alvaro de Lamadrid ha sido testigo de cómo se gestaba en la provincia austral un sistema de Gobierno que luego se proyectaría a todo el país. Lo plasmó en un libro –"El Pingüino emperador: 20 años de poder bruto", del que publicamos aquí un extracto

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Confusión público-privado, gobierno y partido

Desde la llegada a la función pública como intendente de Río Gallegos en 1987, como en su posterior ascenso a la gobernación de la provincia de Santa Cruz en 1991, y a la presidencia de la Nación en 2003, Néstor Kirchner nunca estableció límite alguno entre lo público y lo privado, es decir, entre su cargo público y la posibilidad de hacer y generar negocios personales desde el Estado. Estas reflexiones iniciales aspiran a demostrar cómo el Kirchnerismo, desde sus orígenes, no ha tenido en cuenta las más elementales reglas de moralidad republicana.

Mucho se ha escrito sobre la relación entre ética y política, y entre ética individual o personal y ética pública. Tales cuestiones han sido abordadas por todos los filósofos antiguos y contemporáneos con la intención de contribuir a la formación del mejor gobierno, o del buen gobierno. La tensión entre ética y política, y entre ética individual o personal y ética pública se encuentra siempre presente, en definitiva, en la vida de las personas al tomar decisiones. No es algo perteneciente solamente al orden político. Porque los sujetos morales son siempre los individuos. En el ámbito público, la ética pública es la ética social. Señalamos en distintos pasajes del presente ensayo dos características de las acciones del Kirchnerismo, primero la cuestión táctica de sus decisiones –nunca motivadas en principios o convicciones–, y segundo la permanente existencia de un interés u objetivo oculto no declarado, más allá del marketing con que se presente la idea o iniciativa de gobierno. Siempre la medida de gobierno es una receta contra algún mal que se debe paliar sin demoras, cuando en realidad, luego de analizarse lo anunciado, no se encuentra razón que justifique tomar la medida, ni mucho menos se visualiza el mal. De lo que se trata entonces es de analizar qué es lo que se busca, más allá de lo que se dice.

De lo antedicho surge que frente a la sociedad siempre se debe explicar inicialmente que el gobierno no busca lo que dice y que la medida es inconducente y muchas veces innecesaria. Esto produce una desazón en la sociedad que no alcanzaba, sobre todo hace algún tiempo atrás, a tener claro esta cuestión; se pensaba que todo se trataba de las permanentes rencillas o peleas de la política y de los políticos, cuando en realidad, se refería, en la mayoría de los casos, a iniciativas que le cambiarían la vida presente y futura a los argentinos. Esto siempre era explotado por el gobierno, teniendo mucho más para ganar en la confusión generada.

Así como en materia penal, en caso de duda, se beneficia al imputado al que no se lo puede condenar por una duda, y así como en materia laboral, en caso de duda, ha de estarse a favor del trabajador, en materia política –sobre todo luego de situaciones sociales de tensión y caos–, a menudo, se está a favor del gobierno y del oficialismo, una especie de crédito que se presume necesita, y que debe ser otorgado por la sociedad. Además, muchas veces el desinterés por la cosa pública origina el pensamiento inconsciente del ciudadano de querer ver resuelta sin más la discusión que se está dando y que monopoliza los debates radiales, los medios gráficos y la TV, sólo para sentir que se ha superado esa angustia. Esto último también favoreció al oficialismo Kirchnerista al comienzo de su gestión en 2003. Como señala, con acierto Ricardo Alfonsín, la gente cuando descree de la política y reniega de la política, se aleja de la política y de esa forma debilita aún más la política porque se le quita el margen de maniobra para resolver los problemas: se causa una situación no deseada que se vuelve en contra y que, nuevamente, genera más desazón. Se debía pues, evidenciar y desenmascarar el interés oculto del gobierno ante cada medida.

El poder sin moral del Kirchnerismo trasladó su modo de ejercer el poder en la provincia de Santa Cruz a la Nación. El modelo consiste en apoderarse de lo público. Hacerse dueño del Estado, del gobierno y del partido: fundir todo en una misma cosa. De tal forma, la autocracia kirchnerista siempre persigue desde el poder total reducir toda clase o grupo de poder, y coaccionar a los individuos y ciudadanos mediante la acción sigilosa de una estructura que maneja los aparatos del Estado, el poder de policía y la inteligencia para perseguir opositores. Silenciar a los opositores y doblegar al poder económico enfrentándolo con el poder despótico, el aparato del Estado, y con un poder económico mayor, paralelo; a este cuadro se suma el manejo de la justicia y de los medios.

Con las empresas privadas Néstor Kirchner rápidamente se encargaba de determinar y comunicar a la sociedad –ejerciendo todo tipo de presión sobre éstas– cuáles de ellas tenían un capital y una actitud social egoísta, y cuáles eran beneficiosas para la población; todo ello basado por supuesto en ningún análisis sensato, una herramienta a la que todos tienen derecho; sólo importaba la utilidad que el empresario estaba dispuesto a generarle al gobierno, y la eventual predisposición que podía mostrar a alguna maniobra de corrupción, desviación y hasta manipulación. La sociedad política, el margen de la política y de los partidos políticos, nunca tiene la misma significación ni la posibilidad de control y fiscalización en el contexto de un régimen autocrático, todo lo contrario a un Estado democrático y republicano. La división de poderes, la plena autonomía de los órganos de control del Estado, la publicidad de los actos de gobierno y la rendición de cuentas de la cosa pública, la libertad de expresión, la plena vigencia de los derechos individuales, el disenso y la crítica institucionaliza, son los presupuestos más importantes de la democracia. Todo ello fue vedado en Santa Cruz, por lo que técnicamente podríamos decir que no hay democracia en Santa Cruz. Eso es lo que ocurrió desde 1991 y comenzó a mostrarse lentamente en el país desde 2003 y con total crudeza desde 2005. Para quienes vivimos y padecimos aquellos comienzos del proyecto Kirchnerista, todo lo ocurrido desde 2003 en adelante nos parecía un eterno deja vu. Lo más penoso de todo era ver cómo mucha gente, de manera ingenua o con buenas intenciones, se mostraban conformes con la llegada de Kirchner al poder y lo veían como algo renovador en la política y muy beneficioso para el país. Por lo que a mí respecta, vivía lo que iba sucediendo con la imperiosa responsabilidad política y ciudadana de alertar sobre las consecuencias funestas que se avecinaban. Siempre creí que no debe tomarse como inevitable la posibilidad de cambiar el rumbo de una decisión colectiva, que uno percibe errónea, debiendo hacer uno lo que esté a su alcance y dentro de sus posibilidades para revertir ese proceso, posibilidades que eran limitadísimas por cierto. Cuando uno tiene una visión o una idea en política, debe intentar que la sociedad comparta esa visión, haciéndola conocer, pero uno debe tener la inteligencia suficiente, muchas veces, para no desalentarse cuando esa idea no es acompañada, porque no siempre esto significa que la idea no sea correcta.

Es simple, de eso se trata la democracia. Así como nos equivocamos en la vida, en lo particular, también nos equivocamos al decidir cuestiones trascendentales como quién nos va a gobernar. La democracia es el legítimo derecho a equivocarnos, pero es también la posibilidad permanente de poder rectificar.

El plan de Kirchner en Santa Cruz fue el de controlar la justicia, desguazar la Procuración removiendo al Dr. Eduardo Sosa de manera ilegal, instaurar la vigencia de un régimen electoral inconstitucional con la Ley de Lemas, ahogar la prensa independiente a través de la pauta publicitaria, adueñarse de todos los recursos públicos y privados de la Provincia, y luego de ello, estatizar a la sociedad civil.

La Constitución no se cumplía y la transgresión institucional que luego se daría a nivel nacional a partir de 2003, se había establecido con Kirchner en Santa Cruz a través de la confusión de poderes, la tramposa ley electoral, la compra de intendentes a través del uso discrecional de fondos públicos, el desafío y desacato a la Corte Suprema de Justicia de la Nación, factores que mostraban una situación que se concretaba y avanzaba en medio de un temor inconfesable y silencioso que hacía mella en la sociedad santacruceña, y que preanunciaba lo que se produciría más tarde a nivel nacional. La administración pública dejó de ser en Santa Cruz un espacio social intermedio y árbitro entre los conflictos entre particulares, y entre particulares y el Estado, o bien, entre distintos poderes del Estado; su ausencia se lamentó de manera especial ante la justicia que debe funcionar en toda democracia, la última instancia de efectivo control de la supremacía de la ley y la constitución. Por el contrario, la politización total del Estado, la destrucción de la independencia funcional y orgánica de los demás poderes, permitió a Kirchner en Santa Cruz estatizar la vida de la sociedad en forma total y permanente, convirtiéndose en quien decidía quién trabaja y quién no en una provincia en que el veinticinco por ciento de la población vive del empleo público; quién puede comerciar y quién no, quién puede vivir sin intromisión arbitraria del Estado y quién no, quién cobra por su trabajo y prestación y quién no, y quién goza de sus derechos humanos básicos y quién no. En vez de sociabilizar lo público, de sociabilizar el Estado, Néstor Kirchner se encargó de apoderarse de lo público, del espacio público, de los recursos públicos, de la renta pública, del presupuesto y los activos públicos, de las empresas públicas y de las tierras públicas, para ejercer un efectivo y férreo control de lo público, terminando con el imperio de la ley e impidiendo cualquier rebelión que se le opusiera.

Por eso decimos que en la Santa Cruz feudal que Kirchner consolidó, éste se puso fuera de la Ley. Como el empleo público en Santa Cruz se había constituido en el único empleo posible, muchas veces Kirchner –el empleador por excelencia de la provincia– recibía a los futuros aspirantes a la Administración Pública, o bien recibía personalmente sus curriculum vitae para dejar bien en claro a quién le debían su trabajo y sobre todo su estabilidad. Así se hacían las cosas.

De la forma más brutal el Kirchnerismo se apoderaba de la vida de las personas, su economía y hasta su existencia, aprovechándose de las necesidades de la gente, obligando, como condición previa indispensable para poder gozar una vida sin intromisiones, a participar en forma plena y dedicada al Frente para la Victoria. El ingreso a la administración pública requería de dos cuestiones que se le imponían a la persona que pedía el trabajo.

Dos cuestiones que operaban como requisito: 1) afiliarse al Frente para la Victoria; 2) aportar el diez por ciento de sus ingresos al sostenimiento del partido, disfrazado esto con una leyenda diferente en la columna de retenciones o descuentos. Lo público a disposición de lo privado, lo de todos a disposición de Néstor Kirchner, el gobierno es el partido y lo sostiene, y el todo es Kirchner. El daño es inmenso. Moldeó la vida de varias generaciones al llevar a cabo la creación de una sociedad casi idéntica a él mismo, una sociedad que terminó adoptando, inconscientemente, la necesidad de abolir durante muchos años la diferencia, la pluralidad, en definitiva, la libertad.

Muchas veces la indiferencia social, el conformismo, la apatía, la tolerancia y complicidad con un régimen, encuentran sustento en la ley impuesta por el gobierno a esa sociedad, la cual queda atrapada en una terrible semejanza. El poder del partido pasa a ser el poder del pueblo. El partido y el gobierno son los únicos que conocen las necesidades y deseos de la sociedad, por lo tanto deben quedar encargados de manejar su voluntad y sus vidas. Ese mecanismo fue creado por Kirchner en Santa Cruz. Perduran aún ciertos reflejos inmemoriales de la cultura del palo y la zanahoria, pese a evidenciarse un reclamo sano de la sociedad para quitarse las cadenas del Kirchnerismo y volver a la normalidad institucional.

(El Pingüino Emperador - 20 Años de Poder, Alvaro de Lamadrid, Ed. Pluma y Papel, 2011)