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No siempre los líderes políticos tienen vocación, tiempo y oportunidad para dejar testimonio escrito de su pensamiento y experiencia. Cuando lo han hecho, el resultado es una obra de gran valor para la posteridad, como fue el caso de De Gaulle, Churchill o Napoleón, que aprovecharon un alto en el camino o el retiro definitivo para legar a las generaciones futuras el relato y la reflexión sobre su actuación en acontecimientos que marcaron una época.

En Perón, esa fue una preocupación constante, y no sólo en el exilio, como lo prueba este manual, Conducción Política, que recoge el contenido de las clases que dictó durante su primera presidencia en la Escuela Superior Peronista. Actuar y pensar, como forma de escapar a la tiranía de la inmediatez. El resultado es que, quizá con la sola excepción de Sarmiento, es el presidente argentino que más ha escrito. Y su lectura despierta añoranza de tiempos en que los presidentes eran personas de gran erudición y cultura, más allá del color político.

Es un lugar común atribuirle maquiavelismo a Perón, pero en realidad su doctrina del poder está en las antípodas de la del autor de El Príncipe, quien afirma la "autonomía de la política, considerada como una forma de la actividad humana que existe per se, que no está condicionada por ninguna presunción o finalidad que tenga un carácter teológico o moral" (1). Perón seguramente compartía la crítica de uno de sus referentes intelectuales, el filósofo católico francés Jacques Maritain, a la deliberada ignorancia de Maquiavelo de "la trascendencia ética, metafísica y religiosa del proceso político".

Lamentablemente, esta dimensión trascendente de la política se ha perdido entre los protagonistas actuales de la cosa pública, no sólo entre quienes se proclaman herederos de Perón sino en la dirigencia en general, y la política se ha convertido en algo autónomo de toda finalidad moral.

En Conducción Política, Perón combina erudición con experiencia, principios generales con ejemplos históricos o de su propia gestión y hasta anécdotas, todo en lenguaje llano y con una pizca de picardía criolla. Muchas de sus formulaciones son de carácter universal y no han perdido actualidad, como podrá apreciarse en la siguiente selección:

1. Diferencia entre un caudillo y un conductor

El primero hace cosas circunstanciales y el segundo realiza cosas permanentes. El caudillo explota la desorganización y el conductor aprovecha la organización. El caudillo no educa, más bien pervierte; el conductor educa, enseña y forma (...) Si un conductor, después de haber manejado un pueblo, no deja nada permanente, no ha sido un conductor: ha sido un caudillo.

2. El hombre honra el cargo

Debe actuar en él desempeñándose de la mejor manera posible, porque si los cargos elevan o encumbran al ciudadano, el ciudadano tiene la obligación de ennoblecer el cargo. (...) Si pensamos que no seremos nosotros quienes serviremos a los pueblos sino que nos serviremos de ellos, no llegaremos muy lejos. (...) Cuenta la historia que cuando el famoso Epaminondas, por haber perdido una de sus batallas, fue degradado del ejército y encargado de la limpieza de la ciudad de Tebas, nunca esa ciudad estuvo tan limpia. (...) Lo que debe importarle (a un hombre) es actuar bien donde lo pongan.

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3. Sobre el sectarismo y la intransigencia

Esto es lo que podríamos llamar una de las deformaciones de la conducción política: el sectarismo. (...) El sectarismo es el primer enemigo de la conducción, porque la conducción es de sentido universalista, es amplia, y donde hay sectarismo se muere porque la conducción no tiene suficiente oxígeno para poder vivir". (....)

El conductor político nunca es autoritario ni intransigente. No hay cosa que sea más peligrosa para el político que la intransigencia, porque la política es, en medio de todo, el arte de convivir, y, en consecuencia, la convivencia no se hace en base de intransigencia, sino de transacciones. En lo que uno debe ser intransigente es en su objetivo fundamental y en el fondo de la doctrina que practica. Pero debe ser alta y profundamente transigente en los medios de realizarla, para que todos, por su propio camino, puedan recorrer el camino que les pertenece.

4. El conductor no debe mentir

El conductor no puede decir la primera mentira; el conductor no puede cometer la primera falsedad ni el primer engaño; debe mantener una conducta honrada mientras actúe, y el día que no se sienta capaz de llevar adelante una conducta honrada será mejor que se vaya y no trate de conducir, porque no va a conducir nada. Por eso digo que en la conducción no son sólo los valores materiales los que cuentan, y no es sólo la inteligencia del individuo la que actúa. Actúan también sus sentimientos, sus valores morales, sus virtudes. Un hombre sin virtudes no debe conducir, y no puede conducir aunque quiera o aunque deba. (...)

La sinceridad es el único medio de comunicación en política. Las reservas mentales, los subterfugios y los engaños, se pueden emplear en política dos o tres veces, pero a la cuarta no pasan. (...) Empleando siempre la sinceridad, quizá algún día desagrada, pero en conjunto agradará siempre.

5. Si no delinque, no formará delincuentes

El conductor debe ser también un maestro, debe enseñar, y debe enseñar por el mejor camino, que es el del ejemplo. No delinquiendo él, no formará delincuentes. Porque en la conducción, de tal palo ha de salir tal astilla... Es indudable que esa enseñanza es la más didáctica, pero la más difícil, porque hay que dominar el indio que uno lleva dentro de sí.

6. El peligro de los cuenteros y aduladores

El gobierno es un pobre hombre que está buscando un objetivo lejano y marcha por su camino teniendo de un lado una legión de cuenteros, y del otro, una legión de aduladores, cada uno de los cuales tira para su lado. La legión de la derecha, tira para la derecha, y la legión de la izquierda, tira para la izquierda. Lo sabio está en no apartarse, en hacer una sonrisa y seguir.

7. Conducir es una función de sacrificio

Un partido político cuyos dirigentes no estén dotados de una profunda moral, que no esté persuadido de que ésta es una función de sacrificio y no una ganga, que no esté armado de la suficiente abnegación, que no sea un hombre humilde y trabajador, que no se crea nunca más de lo es ni menos de lo que debe ser en su función, ese partido está destinado a morir, a corto o largo plazo, tan pronto trascienda que los hombres que lo conducen y dirigen no tienen condiciones morales suficientes para hacerlo. Los partidos políticos mueren así, porque ya he dicho muchas veces que los pescados y las instituciones se descomponen primero por la cabeza.

8. Los valores que debe tener un conductor

Napoleón definía así al genio: representando los valores morales por las coordenadas verticales y los valores intelectuales por la base, el genio es aquel que tiene la base igual a su coordenada; es decir, un hombre que tiene repartidos muy armoniosamente sus valores morales y sus valores intelectuales, o sea, que es capaz de concebir bien y que tiene fuerza suficiente para ejecutar bien. Esa era la definición que Napoleón daba del hombre perfecto para la conducción (...) Si carece de valores morales, no es un conductor, porque los valores morales, en el conductor, están por sobre los intelectuales, porque en la acción la realización está siempre por sobre la concepción.

9. El conductor trabaja para los demás, no para sí mismo

Hay dos clases de hombres: aquellos que trabajan para sí mismos y los que trabajan para los demás. El conductor que trabaja para sí mismo no irá lejos. (...) Porque si él se obsesiona con su conveniencia, abandona la conveniencia de los demás, y cuando ha abandonado la conveniencia de los demás, falta poco tiempo para que los demás lo abandonen a él.

Por esa razón son dos las condiciones fundamentales del conductor: su humildad para hacerse perdonar por los demás lo que no hace por ellos; y su desprendimiento, para no verse nunca tentado a trabajar para sí. Estas condiciones, que parece que no tuvieran importancia, la tienen –y extraordinaria- en el conductor político.

10. No ir al choque. Persuadir, no mandar

El conductor político nunca manda; cuando mucho, aconseja; es lo más que se puede permitir. Pero debe tener el método o el sistema necesario para que los demás hagan lo que él quiera, sin que tenga que decirlo. Quien conduce en política de otra manera, choca siempre, y en política el choque es el principio de la destrucción del poder. (...)

Hay que distinguir bien lo que es mando (militar) de lo que es gobierno. (...) Bien se trate de la conducción política o de la dirección política, el método no puede ser jamás el del mando, es el de la persuasión. Allá se actúa por órdenes, aquí por explicaciones. Allá es ordena y se cumple. Aquí se persuade primero, para que cada uno, a conciencia, cumpla una obligación dentro de su absoluta libertad en la acción política. (...) De manera que el conductor militar es un hombre que manda. El conductor político es un predicador que persuade, que indica caminos y que muestra ejemplos y entonces la gente lo sigue.

11. La lucha no es personal

El conductor no lucha nunca en forma personal. El lucha por una causa. Por eso, cuando algo anda mal, él no se debe ofender personalmente. El debe mirar, desapasionada, inteligentemente, cómo corregir el error en beneficio de la causa que persigue. Cuando algunos políticos reaccionan violentamente y luchan entre sí, no están trabajando por la causa de todos: están trabajando por la causa de ellos. (...) En política no hay por qué enojarse porque uno no persigue intereses personales.

12. El conductor debe tener bondad

Otra de las condiciones del conductor es la bondad de fondo y de forma. Hay conductores que son buenos en el fondo pero que en su manera de ser son ásperos para tratar a la gente. ¡Qué tontos: son buenos en el fondo y no lo demuestran! Hay otros que son malos en el fondo y buenos en la forma. Pegan una puñalada con una sonrisa.

13. Diferencia entre popularidad y prestigio

La popularidad es siempre local y circunstancial. El prestigio suele ser general y permanente, cuando es prestigio. La popularidad llega en un día, pero también es susceptible de irse en otro día. El prestigio se gana paso a paso, pero también se pierde paso a paso. (...) Para conducir, no es suficiente la popularidad. Para conducir es necesario el prestigio. Y, cuando ese prestigio se pierde, es necesario retirarse.

14. La inmoralidad no es permanente

No nos basamos en principios inmorales, porque la inmoralidad no tiene forma permanente en ningún aspecto de la vida No hay nada inmoral que viva. Lo único que subsiste sobre grandes fundamentos de perennidad es el conjunto de los grandes valores morales. ...) Es inútil la habilidad cuando se está atrás de una mala causa; es grandiosa la habilidad, es grandiosa la capacidad cuando están detrás de una buena causa. Cuanto más inteligente y capaz es el que ejerce una mala causa más peligroso y más dañoso resulta para la sociedad.

15. Competir por ser el más capaz y el más moral

En política estaba el que le hacía la zancadilla mejor al otro, para que el otro cayera y él saliera adelante; esa era la escuela nefasta y negativa de ganar haciendo mal a los demás, en vez de ganar corriendo más ligero que los demás y siendo más capaz y más moral que los otros. Ese es el espíritu maldito del individualismo, carente de sentido social y de sentido político, que no sólo ha hecho de cada hombre un lobo, sino que ha hecho lanzar a unas naciones contra otras.

(1) Federico Chabod: El método y el estilo de Maquiavelo (Revista de la Cultura de Occidente, 1966)