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El poder de Pablo Escobar escondía a un apasionado por el fútbol. Le encantaba jugar, ver, informarse y saber sobre ese deporte. Era su salida a un mundo de delitos, sangre, narcotráfico, muertes y violencia.

La relación de Escobar con el fútbol, más allá de la niñez y yendo a sus días de poder, empezó con ayudas comunitarias. Su principal acción consistía en construir campos de fútbol en barrios más pobres, bajos y humildes de Medellín. Si el campo ya existía, habría iluminación y pintura.

Esos terrenos se convirtieron en la cuna de grandes jugadores de la historia del país. De pequeños, Alexis García, "Chicho" Serna y Leonel Álvarez son algunos de los que pisaron esas tierras sin saber de dónde salía el capital que las generaba.

Los jovencitos de las comunas escapaban a una realidad con carencias, a una sociedad violenta y peligrosa. Escobar fue "el padrino" del fútbol en Colombia. Sus millones jerarquizaron al deporte.

Invirtió en los dos equipos de Medellín y por eso había dinero para pagar sueldos altos. Transformó  un fútbol prácticamente amateur en un nuevo guerrero a nivel regional. La coronación fue cuando su equipo, Atlético Nacional, ganó la Copa Libertadores de 1989 y fue el primer equipo colombiano campeón a nivel continental.

Pero detrás de esta revolución con el dinero como pilar, había un hombre que manejaba todo a nivel delictivo y controlaba a las autoridades. El fútbol lavaba los millones que producía el negocio del narcotráfico, y aunque Escobar asistía a los partidos, todo era tapado con la llegada de internacionales o con buenos sueldos para los nacionales.

     

El fútbol se convirtió en una competencia entre narcotraficantes

Su organización, el cártel de Medellín, comenzó una competencia con el resto. Todos querían que su juguete sea el mejor. Su principal enemigo era Rodríguez Orejuela, que controlaba al América de Cali. No había límites. Escobar mandó a matar al árbitro Álvaro Ortega, cuando, supuestamente, "le robo" un partido ante América.

En cuanto a sus jugadores, lo conocían a la perfección. Muchas veces, él y sus hombres visitaban la Hacienda Nápoles a pedido de su dueño. Iban a la finca a recibir camionetas, dinero y jugar partidos para diversión de "El Patrón".

No tenían alternativa. No les quedaba otra que participar en la apuestas de 2 millones de dólares entre Pablo Escobar y su mano derecha José Gonzalo Rodríguez Gacha, mejor conocido como "El Mexicano". Ellos escogían los jugadores como si fuera una consola de videojuegos y les pagaban por formar parte de esos partidos.

Posteriormente, cuando se trasladó a La Catedral por su acuerdo con el gobierno, no detuvo su relación con los futbolistas. De hecho, ahora formaban parte de la Selección de Colombia, lo que complicaba más las cosas.

Pablo Escobar obligó al Estado a que le construyera una cancha para continuar con sus partidos. El combinado nacional empezaba a ser símbolo de un país dividido, unía a los estados a pesar de la rivalidad entre cárteles, y Escobar invitaba a esos jugadores.

Una selección que era carta de presentación en el mundo, se hundía al vincularse con un narcoterrorista. Por ejemplo, Higuita cayó sospechado en el secuestro de una niña por estar tan cerca de los criminales. Pero había que ir o ir, no existía alternativa.

     

Pablo Escobar utilizó a Atlético Nacional para presentar sus campos de fútbol en los barrios más pobres


El final es triste, pero el círculo tenía que explotar. Cuando Pablo Escobar muere, todo se salió de control. El fútbol dejó de tener los capitales, pero mantuvo la presión y la violencia.

Los jugadores eran perseguidos. "Chonto" Herrera sufrió el secuestro de su hijo, y en la Copa del Mundo de 1994, asesinaron a uno de sus hermanos tras la derrota ante Rumania en el debut.

Luego de ese partido, amenazaron de muerte a Francisco Maturana para que no ponga a Barrabas Gomez (dejó el fútbol ese día). Y otro suceso es el recordado asesinato de Andrés Escobar, que nada tenía que ver con Pablo, sólo que ambos fueron asesinados por la misma gente. Andrés marcó un gol en contra que lo marcó para siempre.

Ya luego del mundial y llegando a 1995, comenzó la limpieza. Había que eliminar la mancha que se había devorado al deporte. Cayeron los hermanos Rodríguez Orejuela a 30 años de prisión en los EEUU, y América de Cali entro a listas estadounidenses contra el terrorismo.

Juan José Bellini, presidente de la federación durante la "revolución narco", fue condenado a seis años por lavado de dinero. El legado terminó con 14 de 18 equipos con riesgo de bancarrota en 2010. Hoy la realidad es otra. El fútbol colombiano salió del entierro, respira aire puro y vuelve al primer plano.