¿Escuela o fábrica de cretinos?

Jean-Paul Brighelli, maestro y profesor francés de primaria y secundaria, escribió un libro titulado La fábrica de cretinos, una verdadera requisitoria contra las nuevas teorías pedagógicas y (no) disciplinarias que, so pretexto de respetar a los niños, los han privado de su principal derecho: aprender.

Con el remanido argumento de que "los niños se aburren en la escuela" se han vaciado de contenido los programas y se ha renunciado a la mejor herramienta contra el tedio que idiotiza a los alumnos: el conocimiento.

Con la demagógica afirmación de que "el niño está en el centro del sistema" o de que "el alumno construye su propio aprendizaje" se anula la razón de ser de la Escuela, un sitio de transmisión del saber, y se aniquila la autoridad del maestro al desdibujar su rol de enseñante.

En medio de la polémica generada por la negativa del ministro de Educación de la Nación, Alberto Sileoni, de condenar en forma categórica las tomas de colegios y afirmar que algunas "son necesarias", pasó inadvertida una gran verdad que dijo el funcionario en la misma ocasión: "No conozco un solo chico que recuerde con cariño a un profesor que no le haya exigido".

¿Y entonces? ¿Cómo se compatibiliza eso con la indulgencia frente a alumnos que toman un colegio y cancelan una semana entera de estudios por una reivindicación tan banal como la de tener un quiosco? ¿O con la afirmación, también hecha por el señor Ministro, de que "no todos los profesores se merecen que los pibes se pongan de pie para saludarlos cuando entran a clase"?

Cuando la máxima autoridad educativa de una Nación llama "pibes" a los alumnos y estudiantes, está todo dicho en materia de (in)disciplina. 

A los alumnos, como bien dijo sin embargo el mismo funcionario, hay que exigirles, desafiar su inteligencia, subirles el listón. Esa es la mejor solución a la indisciplina, el desorden y el aburrimiento en la escuela.

A continuación, algunos párrafos del libro La fábrica de cretinos. Brighelli habla de Francia, pero sus conceptos bien podrían aplicarse a la educación argentina.

"Nuestros hijos ya no saben leer, ni contar, ni pensar. La constatación es terrible y sus causas menos oscuras de lo que se pretende. Un encadenamiento de buenas intenciones mal manejadas y de cálculos interesados ha desmontado en una treintena de años lo que fue uno de los mejores sistemas educativos del mundo.

El fracaso de la enseñanza no es un secreto para nadie: ni para los docentes, por supuesto, que constatan cada día el estado de degradación intelectual de sus alumnos, su incapacidad para reflexionar, su total alergia a las actividades del espíritu, su analfabetismo profundo; ni para los padres, regularmente estupefactos al constatar que sus niños, incluso en el último grado del secundario, saben apenas leer y escribir; ni para los alumnos, que se aburren a lo largo de las clases, balbucean algunos monosílabos cuando se los interroga, luego recaen en el letargo y no se despiertan más que para correr hacia la cantina o hacia su ciclomotor.

"¡El alumno en el centro del sistema!" En veinte años de poder más o menos compartido, la izquierda ha tenido como única idea en materia de enseñanza ese eslogan tan discretamente demagógico que le soplaron los nuevos ayatolá de la pedagogía. ¿Y quién puede oponerse a tan hermosa consigna? ¿Acaso la escuela no está hecha para el alumno? ¿No es él el mimado de la institución escolar?

Digamos enseguida que "el maestro en el centro del sistema" sería un eslogan igualmente imbécil. El saber es un círculo cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna. No se trata de establecer una preponderancia, sino de fundar reciprocidades. Tanto alumnos como maestros tienen derechos y deberes. Su vínculo es dialéctico, y no subordinado.

El alumno tiene derecho a exigir un saber. Y el docente tiene el deber de instruirlo. El alumno debe ser tomado en serio: está ahí para estudiar. El docente tiene el deber de hacerlo trabajar duro: no está ahí para hacer guardería –ni para animar debates o encuadrar trabajos personales sacados de Internet.

Ahí está la verdadera demanda: aprender. Volver a casa al fin de la tarde más enriquecido que al partir. "¿Qué aprendiste en la escuela hoy?" Si a esta pregunta de los padres, el niño o adolescente no tiene nada que responder, es que ha perdido su jornada.

De esto resulta que el maestro no es un compinche. No se lo llama por el nombre de pila, no se lo tutea.

"Escuchar al alumno" es uno de los camelos de moda impuestos a los profesores para justificar el hecho de que los alumnos, por su lado, ya no escuchan. Que el maestro esté atento al feed-back, está muy bien. Que permita que se contamine esa comunicación sabia que es la transmisión del saber con consideraciones sentimentales es una aberración.

Entonces, dejemos en claro desde ya un tema simple que se ha querido convertir en problemático: el alumno no está en clase para "expresarse". Está allí para escuchar, aprender y tomar nota. Más aún considerando que llega a la escuela saturado del "ruido" exterior, de esa confusión de mensajes que caen de la televisión, del rumor o de Internet. Lo que desea, en el fondo, no es seguir con la confusión sonora; sino obtener, al fin, informaciones diferentes, serias, y que se sostengan.

Está dispuesto, para ello, a hacer silencio. Hay que pedírselo, por otra parte y no solicitar su opinión, práctica perfectamente estéril.

Pitágoras exigía cinco años de silencio a sus nuevos discípulos. Un profesor tiene el legítimo derecho a pedir nueve meses de atención.

Los alumnos, deploraba recientemente un ministro, se aburren en la escuela. El aburrimiento se combate con una sola arma: el conocimiento. Es de absoluta urgencia tolerar de nuevo el saber en las escuelas. Volver a hacer del enciclopedismo una finalidad última.

Lo evidente es que cada vez más alumnos tienen demasiado tiempo libre en clase, demasiado pocas consignas, demasiado poca tarea. Cualquier alumno un poco despierto se aburre al segundo minuto de clase.

Pero mientras los burócratas, que creen conocer algo de enseñanza, no entiendan que los niños aman los desafíos (intelectuales, entre otros) y no desean espontáneamente ser tomados por imbéciles, seguiremos hundiéndonos en el analfabetismo.

Los niños se aburren. ¿De veras? Pongámoslos a trabajar.

Pero como actualmente está prohibido traumatizar en lo más mínimo a las queridas cabecitas, el dictado ha sido lentamente relegado al depósito de accesorios. El ejercicio está fuertemente desaconsejado por los nuevos pedagogos. El dictado sería fuente de traumatismos. Y la ortografía un concepto superado, en una época en la cual los software de corrección facilitan tanto la vida…. Entonces se condena a los niños al error perpetuo.

La escuela, al destituir el saber, y dejar que los problemas de la calle invadan el santuario, bajo pretexto de abrirse al mundo, "respetando" todas las opiniones -como si fuesen todas respetables-, desvalorizando el trabajo, banalizando la autoridad, ha condenado a la calle a todos los que de ella vienen.

Entonces no dudemos en volver a la disciplina y a las viejas materias.

Restauremos la escuela generalista: la capacidad para especializarse nace solamente de una verdadera cultura.

Volvamos a poner a los chicos a estudiar; será una forma de devolver el gusto por el esfuerzo a todo el país. Y démosles los medios para que trabajen. La escuela no es una base de entretenimiento.

Restauremos las materias, restauraremos la disciplina.

A la promoción por antigüedad, sustituyámosle la promoción por el mérito."

Jean-Paul Brighelli: La fabrique du crétin : la mort programmée de l'école. (Ed. Jean-Claude Gawsewitch, 2005)