
"En el mundo existen mujeres que, aún ahora, viven tras la tupida neblina de un velo que, más un velo, es una sábana que las cubre desde la cabeza a los pies, como si fuera un sudario, para mantenerlas ocultas a la vista de cualquier hombre que no sea su marido, un niño o un esclavo castrado". Así testimonia la periodista y ensayista italiana Oriana Fallaci su paso por sociedades que viven bajo el Islam, en uno de los textos inéditos que Editorial El Ateneo acaba de compilar bajo el título Las raíces del odio. Mi verdad sobre el islam. Los artículos reunidos en el libro evocan los numerosos viajes de Fallaci y sus entrevistas con destacados referentes de los países del Oriente medio, sus impresiones sobre el terrorismo y en particular sobre el 11 de Septiembre y la posterior reacción occidental.
Pero particularmente impactantes son sus reflexiones sobre la mujer en muchas de esas sociedades. El primer impacto es la prenda que las convierte en muertas vivas: "Esa sábana –escribe Fallaci–, da igual cómo se llame, si purdah o burka o pushi o kulle o djellabah, tiene dos orificios a la altura de los ojos o una especie de rejilla de dos centímetros de altura y seis de ancho, y es a través de esos orificios o de esa rejilla por donde las mujeres miran el cielo y a la gente: como si se mirara a través de los barrotes de una cárcel".
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Compradas, vendidas, repudiadas, a veces hasta sin existencia legal…
"Esta cárcel –dice Fallaci– se extiende desde el Océano Atlántico hasta el Océano Índico recorriendo Marruecos, Argelia, Nigeria, Libia, Egipto, Siria, Líbano, Irak, Irán, Jordania, Arabia Saudí, Afganistán, Pakistán, Indonesia: el mundo del Islam. Y aunque todo el islam se vea ahora sacudido por los vientos de la rebeldía y el progreso, las normas que rigen para las mujeres son las mismas e inmutables reglas que regían hace siglos: el hombre es su dueño y señor y a ellas se las considera unos seres tan inútiles e insignificantes que, a veces, cuando nacen, ni siquiera son inscritas en el registro civil. Con frecuencia, carecen de apellido, y de carné de identidad porque hacerles fotos está prohibido, y ninguna de ellas conoce el significado de esa extraña cosa a la que en Occidente llaman amor. El hombre que las toma como esposas, mejor dicho, como a una de sus esposas, las compra mediante un contrato, igual que se compra una vaca o un camello, y ellas no pueden elegirlo, o rechazarlo, o verlo antes de que él entre en la alcoba y las posea sexualmente. (…)
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El shock para una occidental no es sólo el aspecto de las mujeres, sino el verse a sí mismas en un universo totalmente masculino. "La primera impresión que recibe una mujer occidental al llegar a países rigurosamente islámicos, como Pakistán, es que es la única mujer que ha sobrevivido a un diluvio universal en el que se han ahogado todas las demás mujeres de la tierra", cuenta Oriana Fallaci, tras un viaje a ese país.
"No hay una sola mujer en el autobús –describe–. No hay una sola mujer en el hall del hotel, ni por las escaleras, ni en el ascensor, ni a lo largo del pasillo que conduce a tu habitación. Es un hombre quien limpia tu alcoba, y es un hombre quien te plancha lo ropa o te cose los botones. Es un hombre el que te atiende en el restaurante y la voz que te responde desde la centralita cuando descuelgas el teléfono es la de un hombre. En resumen, no ves a ninguna mujer salvo que salgas a la calle. Por la calle caminan, recluidas en la cárcel del purdah, como fantasmas de una pesadilla. (…) Las mujeres no pueden mezclarse con los hombres ni en la mezquita, ni en el tranvía, ni en el cine, ni en una recepción. Los maridos modernos van a las recepciones acompañados de sus esposas pero, apenas llegan a la puerta, las mujeres se dirigen hacia la sala de las mujeres y los hombres a la de los hombres".
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En el momento de tomar el tranvía, Fallaci comete el error de subirse al sector de hombres, de donde la obligan a descender inmediatamente. "Tuve que subir al (tranvía) de las mujeres –cuenta–, que consiste en un único banco corrido, situado detrás del conductor y separado de las otras filas de asientos por una tupida rejilla; y ahí las mujeres con purdah te miran a través de los pequeños orificios de la sábana con pupilas cargadas de un involuntario reproche porque tu cara está desnuda, tus piernas están desnudas y eso ofende a los hombres y a Alá. Sobre todo, te miran así, con esas pupilas, si vas sola por la calle: las mujeres musulmanas es muy raro que vayan solas por la calle. Por lo general, van en grupo, o con los niños o con el marido, que camina, como mínimo, tres pasos por delante, para dejar muy claro que el dueño y señor es él. A veces no se sustraen a esta regla ni siquiera las jóvenes más avanzadas: las que estudian. Las ves salir del instituto enfundadas como monjas en su sábana. Resulta doblemente desconcertante porque entre ellas, con frecuencia, hay también paquistaníes con el rostro descubierto que, valientemente, declaran que el velo, además, es antihigiénico, que impide respirar a la piel, transmite enfermedades y debilita la vista".

Fallaci ahonda en este aspecto particularmente lúgubre del velo-sábana: "Hay mucho sol en los países del Islam: un sol blanco, violento, cegador. Pero las mujeres musulmanas no lo ven jamás: sus ojos están acostumbrados a la oscuridad, como los ojos de los topos. De la oscuridad de vientre materno pasan a la oscuridad de la casa paterna; de ésta, a la oscuridad de la casa conyugal y, de ésta, a la oscuridad de la tumba".
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Finalmente, aborda el tema del estado civil. La mujer no casada es algo casi inconcebible. "En el Islam una mujer no puede vivir sola, aunque trabaje".
"Si vive sola significa que es una mujer perdida", le explica a Fallaci Tazeen Faridi, presidente de All Pakistan Women Association, que lucha contra la poligamia. "Por eso no hay mujeres solteras y el repudio es lo mismo que la muerte civil. Según el nuevo código, la mujer puede solicitar el divorcio, afrontando el juicio y el escándalo, pero al hombre le basta con decir talák talák talak [una fórmula de repudio] y queda libre como un pájaro: sin la obligación de pasarle una pensión alimenticia. ¿Comprende?".
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No le fue posible a la Fallaci comprender esto, desde ya, y por eso luchó hasta los últimos momentos de su vida contra lo que consideraba una inaceptable condición para las mujeres musulmanas. Este libro de reciente publicación reactualiza su testimonio y su combate.

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