Pese a que Rai oye unas trece voces distintas, no deja que ello afecte a su vida diaria.

La primera voz que oyó Rai Waddingham le dijo que se suicidara. Luego resultó que no era una sola voz, que eran tres. "Me había quedado a dormir en casa de una amiga y de repente empecé a oír a unos hombres hablar de mí; decían cosas como, 'Es una estúpida', 'Nadie la quiere' o 'Lo que tendría que hacer es suicidarse'. Al principio supuse que se trataba de mis amigos, porque en la casa vivían tres chicos. Cuando bajé a decirles que los estaba oyendo, vi con asombro que todo el mundo estaba durmiendo. Por otro lado, las voces que había oído correspondían a hombres de mediana edad".

Por aquel entonces, Waddingham tenía 19 años. Pasaron los años y seguía oyendo voces, lo que la llevó a pensar que alguien la estaba espiando con cámaras. ¿Quién podía instalar cámaras de vigilancia en su casa? El gobierno. Y algún ente alienígena, por supuesto. Waddingham empezó a desarrollar un pensamiento lógico de lo más retorcido y la sensación de paranoia se adueñó progresivamente de ella hasta el punto de que empezó a tener miedo de la gente de su entorno. Finalmente ingresó en un hospital psiquiátrico con un diagnóstico de esquizofrenia y un tratamiento a base de "una cantidad enorme de medicamentos".

Han pasado dos décadas y, lejos de remitir, las voces que oye Waddingham son ahora nada menos que unas trece. Las tres iniciales siguen ahí, hablando de ella, pero a ellas se han sumado otras que aparecen de vez en cuando. Como Bunny, una voz curiosa y divertida ("siempre está contando chistes") de unos cinco años. La única diferencia con respecto a su situación anterior es que ahora Waddingham no considera que tiene un problema mental o, mejor dicho, este no afecta a su vida diaria. "Mientras estuve ingresada me sentía aterrorizada por las voces porque minaban mi autoestima y mi confianza", recuerda. "Oigo las mismas voces que hace años, pero no me afectan del mismo modo. He dejado de creer en ellas literalmente para hacerlo simbólicamente".

Las personas que oyen voces suelen suscitar sospechas en aquellos que no las oyen, si bien es un fenómeno más común de lo que uno pensaría: entre un 4 y un 8 por ciento de la población experimenta lo que se conoce como "alucinaciones auditivas verbales", lo que representa que 600 millones de personas en todo el mundo podrían padecerlas. Por otro lado, un 40 por ciento del resto de la población podría oír voces en algún momento de su vida.

Sin embargo, muchas de las personas afectadas por este problema son capaces de llevar una vida normal. Se tiende a creer erróneamente quizá por influencia de tantos titulares sensacionalistas en prensa que las personas que oyen voces sufren una especie de psicosis. Si bien es cierto que es uno de los rasgos más frecuentes, la mayoría de los diagnósticos en personas que oyen voces no hacen mención a la esquizofrenia. Para estas personas, el hecho de oír voces constituye una experiencia cotidiana que no necesariamente implica malestar.

Es el caso de Nikki Mattocks, por ejemplo, que oyó voces por primera vez a los 14 años. Cinco años después, Nikki oye cerca de 20 voces distintas al día. "Es un lío", explica. "Dicen cosas como, 'Eres fea', 'Estás gorda', o 'Eres imbécil'. Antes sufría ataques de pánico y he intentado suicidarme para deshacerme de ellas, pero ahora ya me he acostumbrado. Hago una vida normal, como cualquier otra persona. Por ejemplo, ahora mismo las estoy oyendo pero sigo hablando contigo porque he aprendido a manejar la situación".

A veces las voces son tan abrumadoras que Nikki no es capaz siquiera de escuchar a sus amigos. En esos casos, se queda callada hasta que también lo hacen las voces. "Tengo amigos muy pacientes", dice entre risas. Cuando bebe, Nikki es impredecible. "El otro día me fui de marcha y las primeras dos o tres horas fueron geniales", recuerda, "pero cuando se me fue pasando el efecto del alcohol empecé a sentirme como una mierda otra vez. Cuando estoy borracha, no es que las voces sean más amables, sino que me dicen cosas raras. A veces se convierten en sonidos, golpes extraños, como si intentaran asustarme".

Nikki nunca sale de casa sin sus auriculares. Ella lo compara con poner un tapón en el sumidero para evitar que se vaya el agua: la música actúa como barrera contra el flujo incesante de voces, al menos durante un rato. A Waddingham, en cambio, le resulta más útil escribir o hablar directamente con las voces, pero interiormente: "La gente me mira mal si hablo con ellas en voz alta. Una lástima, ¿no? Quizá me tendría que comprar unos auriculares con Bluetooth, así nadie notaría la diferencia".

La English Hearing Voices Network (HVN), una asociación benéfica que aúna a varios grupos de apoyo a personas que oyen voces, supuso una gran ayuda para Waddingham en sus peores momentos. Los enfoques tradicionales para el tratamiento de este fenómeno suelen pasar por la supresión de los síntomas a base de tratamiento. Sin embargo, desde la HVN se anima a las personas a explorar nuevas vías y a cambiar su relación con las voces, un planteamiento que funcionó para Waddingham: "Ahora lo que hago es tranquilizar a mis voces. Les digo: 'Gracias por hacerme saber que estoy un poco nerviosa. Creo que estoy bien, pero estaré al tanto, por si acaso'. Si les doy la razón, no me hablan tanto".

La HVN forma parte de una organización a mayor escala, el International Hearing Voices Movement (HVM), cuyo cometido es dar visibilidad a este problema en todo el mundo. Creado en los Países Bajos en 1987 por un psiquiatra, una mujer que oye voces y una periodista, el grupo se considera un movimiento por los derechos civiles. En lugar de ser los expertos quienes determinen el diagnóstico, es la persona que oye las voces la que decide qué tipo de ayuda necesita. El objetivo es mejorar el diálogo y, pese a que el hecho de oír voces está estrechamente relacionado con experiencias traumáticas pasadas, el HVM está abierto a todo tipo de explicaciones a estos síntomas.

En el caso de Waddingham, el trauma se lo provocaron años de abusos sexuales cuando era niña. Sabía que el agresor no pertenecía a su familia, pero lo mantuvo en secreto hasta que empezó la universidad. Las personas que han sufrido algún trauma son más propensas a perder contacto con la realidad, oír voces y sentir miedo. "Todas mis voces son partes divididas de mí misma", afirma Waddingham. "He pasado años reprimiendo todos esos sentimientos y eso ha sido lo que me ha provocado el problema. En mi interior albergaba una gran cantidad de dolor que no me pertenecía".

Waddingham espera que su situación cambie en el futuro. Actualmente solemos hablar de un diagnóstico explicando los síntomas: alguien se encuentra bajo de ánimos porque está deprimido. Sin embargo, pocas veces nos preguntamos por qué esa persona se encuentra baja de ánimos. ¿Qué ocurre en su vida?

Por otro lado, todavía pesa un estigma considerable sobre las personas que oyen voces. "Para mucha gente representa ir demasiado lejos", me cuenta Jaabir, que tiene 31 años y estuvo seis meses oyendo voces. Jaabir sufre problemas mentales desde la adolescencia, acentuados por la muerte de su padre cuando él era muy joven. "No pasa nada si tienes ansiedad, depresión o trastorno límite de la personalidad, la gente lo entiende. Pero, ¿las voces? Eso ya es muy chungo". Nikki afirma que también es importante despojarse del concepto erróneo de que la gente que oye voces es violenta. "Yo oigo un montón de voces y nunca jamás me ha dicho ninguna de ellas que cause daño físico a alguien. Y aunque hubiera sido así, eso no significa que lo hiciera".

El cambio necesario para normalizar este problema quizá sea más complejo de lo que desearíamos. "La angustia que provocan las voces puede deberse a muchos factores que nos rodean: traumas, por supuesto, pero también la pobreza, el racismo, la victimización y el abuso en las escuelas", explica Waddingham. "Me gustaría vivir en una sociedad en la que no se jodiera a la gente".

Publicado originalmente en VICE.com