La condena a Lula es la consecuencia, no la causa

Una presidenta, Dilma Rousseff, fue destituida y sacada de su oficina con éxito. El actual presidente, Michel Temer, siguió al frente con un futuro un tanto incierto. Un ex presidente y candidato presidencial del Partido Laborista (PT) para los comicios de 2018 está condenado a casi diez años de prisión pero tiene varias vías para retrasar y batallar su condena antes de las elecciones. Un Congreso donde muchos de sus miembros han sido acusados, o tienen procesos abiertos, de corrupción. Todas esas cosas son consecuencias, no son la causa de los problemas en Brasil.
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El mayor problema del país no es la corrupción, sino que es el sistema político tan dividido y fracturado que provoca que los propios funcionarios hagan este tipo de actividades corruptas.
En Estados Unidos sería similar al pork-barrel (barril porcino), un término despectivo que se utiliza para referirse al dinero público que reciben los Congresistas y Senadores para financiar proyectos locales y que, frecuentemente, se utiliza con fines electorales. La diferencia está en que en vez de que el dinero vaya a los proyectos del estado del representante público, va directamente a sus intermediarios, es decir al bolsillo de los Congresistas y Senadores.
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Reformar la economía es bueno, pero no hay que olvidar el sistema político
Lo que está haciendo el actual presidente de Brasil es bueno: tratar de aprobar reformas que permitan un incremento de la actividad económica sin necesidad de otra materia prima y que el auge de las exportaciones ayuden a la expansión de la economía.
Sin embargo, lo que el país necesita urgentemente, ahora más que nunca, es una reforma masiva, profunda y completa del sistema político. Algo de lo que nadie quiere hablar hoy.
En el caso brasileño, no es la "economía, estúpido", es el "sistema político, estúpido".
Lo que hay que cambiar es el sistema de incentivos que genera la corrupción actualmente (y a lo largo de muchos años de historia de este país) que hace que muchos políticos se vean involucrados. Y eso amenaza al progreso del país.
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El hecho de que Transparencia Internacional (TI) diga que "más de la mitad de los 594 hombres y mujeres que componen el Congreso de Brasil se enfrentan a algún tipo de demanda legal, incluyendo cargos por corrupción" no es una coincidencia.
Quizás este sea el mayor desafío para Brasil. Sí, una reforma económica más sensible a los cambios del mundo es una buena idea. Pero si el país no cambia el sistema de incentivos del Gobierno, será muy difícil que la promesa de un futuro mejor para el conjunto de la nación sea una realidad.
Lamentablemente nadie está hablando de la necesidad de una reforma del sistema político de Brasil. Hasta que eso suceda, cualquier cosa que hagan en términos de mejoras económicas tiene pocas posibilidades de cambiar el camino de la eterna promesa brasileña de "ser el país del futuro".
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