por Elenonora Bruzual
La situación que atraviesa actualmente Venezuela es terrible. Nuestros niveles de angustia son altísimos y vivimos situaciones extremas. Quien no se encuentra en este país no puede comprender lo que significa tener miedo a enfermarse, porque los hospitales no cuentan con insumos para atender a pacientes; o dedicar casi todo el tiempo a la búsqueda desesperada de alimentos, que cada vez escasean más. O temer salir a la calle porque el hampa desatada y apoyada por el régimen puede secuestrarte y asesinarte. Es siniestro lo que estamos afrontando.
Con el gobierno de Nicolás Maduro, Venezuela vive una narcotiranía que deja tras de sí un baño de sangre como no hemos visto los latinoamericanos en ningún país de este continente. Maduro transita su final y tendrá que responder por sus crímenes. Ellos no imaginaron nuestra respuesta y el coraje de nuestra gente. Apostaron a nuestra partida, pero aquí seguimos millones, enfrentando la barbarie y acorralando a unos asesinos que tendrán que responder en tribunales internacionales por sus atrocidades.
El chavismo deja un país saqueado y sin ley, donde te matan por un teléfono celular o porque no entregas un vehículo. Su legado consiste en una pandilla de ladrones con poder que muestra fortunas mal habidas. El chavismo es hambre, violencia y muerte. Lo confirma este país, convertido en un infierno. Todo el mundo puede verlo a través de imágenes televisivas.
Es en el área militar donde se encuentra la mayor corrupción de estos tiempos. Las cuatro fuerzas (Ejército, Aviación, Marina y Guardia Nacional) forman un nido de delincuentes. Más de cien personas han sido asesinadas en los tres meses que lleva esta nueva protesta ciudadana contra la narcotiranía de Maduro y su pandilla. Las hordas chavistas y los militares han resultado más letales que cualquier hampón.
Son los militares quienes sostienen a ese ser maligno que es Nicolás Maduro y quienes han contribuido a convertirnos en un narcoestado. Muchos ubican dentro de ese estamento militar a cárteles de drogas tan peligrosos como los que vemos en Colombia y México. Todos han escuchado del Cártel de los Soles, llamado así porque lo integran generales de las cuatro fuerzas; los generales venezolanos portan insignias en forma de sol.
Lo que se ve del país es la actuación de unos peligrosos delincuentes defendiendo su guarida, en eso han transformado a Venezuela. La familia de Maduro está salpicada por el narcotráfico: los sobrinos de su mujer están siendo juzgados en Estados Unidos, donde se demostró que la droga salía por la rampa presidencial del Aeropuerto Simón Bolívar con la ayuda de aviones militares y de PDVSA, que han servido para ese tráfico.
Lamentablemente, soy escéptica respecto a la posibilidad de que se pueda imponer la Justicia y sean juzgados los culpables de esta tragedia. No obstante, también veo a una ciudadanía en lucha tenaz, que sin duda será victoriosa. Además, este horror nos deja un aprendizaje, que frenará cualquier pretensión de imposición de formas gatopardianas.
En cuanto al periodismo, son también tiempos difíciles para nosotros. Los periodistas venezolanos, en gran mayoría, hemos asumido los riesgos que conlleva ejercer nuestra profesión en una tiranía brutal que no conoce límites ni respeta leyes, Constitución ni derechos humanos.
En muchos casos y sobre todo antes de que quedara desenmascarada la narcotiranía, hemos sido la voz constante en denuncias y señalamientos. No sólo con Nicolás Maduro, sino desde que llegó al poder Hugo Chávez con sus violaciones a la Constitución. Estuvimos, estamos y estaremos presentes.
La convocatoria de Nicolás Maduro a una Asamblea Nacional Constituyente, que se instalaría el 30 de julio y cuenta con el rechazo de la opositora Mesa de la Unidad Democrática, se ubica dentro de su última y desesperada maniobra para conservar el poder. Es parte del plan que integra la disolución del Poder Legislativo mayoritariamente opositor elegido masivamente por los votantes.
Es el secuestro de la ley a través de un Poder Judicial que preside un hombre con un prontuario delincuencial. El Tribunal Supremo de Justicia en Venezuela lo preside un tipo juzgado por asesinato como Maikel Moreno. Es borrar una Constitución que no coincide con sus planes e imponer otra que sea de la talla de sus fechorías. Son delincuentes confesos y juzgados, malandras reconocidos, saqueadores, terroristas. Es terrible lo que vivimos.
La autora es periodista venezolana, columnista del "Diario Las Américas" (Miami). Coautora de los libros "Favoritos del Diablo", "Militares ¿héroes o cobardes?" y "Los hombres que erotizó Fidel". Vive en Caracas.
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