
Monseñor Marcelo Sánchez Sorondo es un hombre libre y un sacerdote hecho en Roma. No es allegado al Papa. Está por cumplir 75 años y no sabe a ciencia cierta cuánto le queda después de su renuncia.
Él no sabe que yo sé que hace una semana, una persona de altísima confianza de Francisco, fue personalmente a la la Casina Pio IV a decirle: "A usted lo vamos a tener que controlar acerca de esas invitaciones que envía a la doctora Gils Carbó por las 'operaciones' que se hacen acerca de tales temas con consecuencias en la política de ese país". Hombre de coraje, se apuró a responder que solo la había firmado, y que el texto se lo había dado un argentino de cuyo nombre no quiero acordarme.
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A Sánchez Sorondo no lo conozco, nunca lo vi y viajé 30 veces a Roma en cuatro años. No tengo tiempo de hacer relaciones públicas, trabajo fuerte como corresponsal. Defendió él a capa y espada a Gustavo Vera, quien a mí me produce temor de mujer. Falta a la verdad cuando sostiene que el Papa no viene a la Argentina por la grieta, es sorprendente que aliente algo que está sostenido por ciertos medios de prensa que operan políticamente. Él sabe que sé y yo sé que él sabe por qué Francisco no viene a la Argentina: no por la supuesta grieta.

¿Acaso la alienta porque es funcional al poder que la impulsa? Puede decir todo lo que le parezca sobre las tradiciones de los pontífices a quienes acompañó. También sobre el Santo padre Francisco y sobre la realidad Argentina. Sobre sus amigos (los del obispo), sobre su propio pensamiento. Sobre sus adhesiones a políticos, si los tiene. Sobre sus interpretaciones teológicas.
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Nosotros como testigos y periodistas que trabajamos como un puente entre Buenos Aires y el Vaticano y podemos decir para una mejor exégesis del pensamiento Sanchezoreondiano: no pertenece al círculo de clérigos allegados a Francisco. No está entre sus reconocidos discípulos. No lo ve con asiduidad. No es uno de los fundadores de la teología del pueblo. No es una autoridad epistemológica del pensamiento de Jorge Mario Bergoglio.
Es un servidor funcional desde su condición de "canciller" -en lenguaje canónico-: archivista de actas (escribano) de una de las tantas curias de la Iglesia. Y es también director de la Academia de Ciencias del Vaticano, un organismo encargado de organizar eventos, congresos, conferencias sobre los más diversos temas del quehacer y de la preocupación de la Iglesia. En honor a la verdad, no es más que un notario. Escribano. Buena memoria tenemos los amigos de Francisco como cuando el cardenal iba a Roma y no se saludaban.
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