De un lado del camino, el campo está sembrado con trigo y en unos meses se convertirá en una enorme alfombra verde. Del otro lado se cultivan papas. A unos cien metros se levanta una torreta de concreto coronada con una poderosa ametralladora. Y cruzando los fosos y el alambrado se recorta la silueta de las localidades de Khuza'a y Khirbat Ikhza'a, parte de la provincia de Khan Yunis, en el sur de Gaza.

Khan Yunis, cuya capital es la ciudad del mismo nombre, es un bastión del grupo fundamentalista islámico Hamas, y un trampolín habitual de los cohetes que se lanzan contra territorio israelí.

Alegatos de supuestos crímenes de guerra por parte de las fuerzas armadas israelíes marcan la historia de aquella zona palestina, en especial cuando se habla de las guerras de 2008/2009 y del 2014. Menos supuestas y más concretas son las imágenes de casas demolidas por las explosiones durante el último conflicto.

Pero el odio de generaciones y las disputas políticas parecen diluirse adonde comienzan a crecer las zanahorias, en los campos de Nir Oz y otros kibutzim de la zona del Negev, en el sur de Israel.

Los pastizales en el desierto israelí, y al fondo las poblaciones de la provincia palestina de Khan Yunis.
Los pastizales en el desierto israelí, y al fondo las poblaciones de la provincia palestina de Khan Yunis.

Hace muchos años era común que cientos de palestinos cruzaran para trabajar en los campos israelíes. De aquellos tiempos incluso quedaron amistades que desafían la violencia, y es común escuchar en épocas de guerra historias de israelíes que se las rebuscan para hacer llegar víveres y elementos de primera necesidad a los vecinos bajo fuego.

Desde que Hamas tomó el control de Gaza, en el 2007, la frontera entre Israel y la franja palestina es continuo escenario de escaramuzas y agresiones, con un ciclo continuo que va de incursiones de terroristas a través de túneles clandestinos y lanzamiento de cohetes a las represalias explosivas de los aviones israelíes.

En los kibutzim o granjas colectivas de la zona no quedó más remedio que adaptarse a esta realidad.

"Aquí es así y no tenemos cómo resolver esto. Es un problema político de muy difícil solución, nadie en el mundo hace las cosas como se debería para solucionar el problema, y por eso vivimos la vida como se puede", explica a Infobae el brasileño Flavio Saferstein.

El brasileño Flavio Safestein (de verde), con su amigo israelí Gadi Moses (de azul),  junto a las máquinas con las que trabajan el campo del kibutz Nir Oz.
El brasileño Flavio Safestein (de verde), con su amigo israelí Gadi Moses (de azul),  junto a las máquinas con las que trabajan el campo del kibutz Nir Oz.

Flavio llegó a Israel en el 2000 y está en Nir Oz desde el 2002. Vive aquí con su esposa y sus dos hijos y no cambia por nada su lugar en el mundo.
"No tengo nada para quejarme, no volvería a Brasil, aun cuando mis padres y mi hermana siguen viviendo allá", asegura Flavio, quien considera el desértico Negev "un lugar muy lindo y muy especial". Según este ingeniero agrónomo, "el problema de violencia existe en todo el mundo" y la frontera israeli "no es peor que otros lugares".

Flavio conversó con Infobae rodeado por los enormes tractores que descansan en los talleres de Nir Oz entre una y otra temporada en los campos. Al brasileño lo acompañó el israelí Gadi Moses, nacido aquí de madre turca y padre alemana que inmigraron antes de la Segunda Guerra Mundial.

Gadi es otro fan del Negev, de "este paraíso que desarrollamos", según describe a este desierto que, en efecto, fue convertido por los israelíes en una zona agrícola altamente productiva.

Fruto del labrado y el riego, los israelíes logran cultivar papa, maní y zanahorias que exportan a Europa
Fruto del labrado y el riego, los israelíes logran cultivar papa, maní y zanahorias que exportan a Europa

"No puedo decir que sea fácil, hay épocas que son muy fuertes, como por ejemplo hace dos años, cuando tuvimos un día en que cayeron catorce misiles, pero los resultados están a la vista", dice Moses.

Además de una importante fábrica de pinturas, Nir Oz cultiva desde trigo a zanahorias, pasando por maníes y hasta flores. También apunta a los mercados de exportación, produciendo para los caprichos europeos: antes fueron las "baby potatoes", ahora los "tomates negros".

Pero detrás de cada uno de esos productos existe una rutina diaria marcada por la guerra y el conflicto. Martín Finkelstein, un argentino que llegó a Israel hace diecisiete años y vive en Nir Oz desde hace quince, recuerda por ejemplo los días en que tuvo que escapar de los campos a bordo de una patrulla blindada del ejército porque francotiradores disparaban desde Gaza.

"Igual que otros tantos kibutzim de esta región, vivimos en la zona caliente que cada tanto se vuelve a encender", sintetiza Martín, encargado del sofisticado sistema de riego de Nir Oz.

El argentino Martín Finkelstein cuenta que debe coordinar con el ejército israelí su trabajo en el campo, para prevenir los riesgos de un ataque de Hamas.
El argentino Martín Finkelstein cuenta que debe coordinar con el ejército israelí su trabajo en el campo, para prevenir los riesgos de un ataque de Hamas.

"Nosotros venimos y tratamos de tener cuidado, si se puede esconder el auto detrás de algún árbol para que no lo vean lo hacemos, cuando venimos con un tractor tratamos de que sea un tractor blindado", cuenta.

Martín explica que se mantiene continuamente en contacto con el ejército. "Si pasa algo ellos nos avisan y muchas veces tenemos que cortar el trabajo y volver al kibutz y terminarlo otro día", agrega. "Así -dice con resignación- pasamos día a día y cultivo a cultivo".

La eventualidad de la violencia se percibe en el complejo de seguridad montado por las fuerzas armadas israelíes en la zona. Por ejemplo, desde los surcos de la tierra arada se pueden ver las torretas con ametralladoras apuntando hacia Gaza.

También tres altos mecanismos de perforación que intentan detectar y bloquear túneles construidos desde Gaza para entrar al territorio israelí. Y el continuo desfile de jeeps del ejército en el camino construido en paralelo a la frontera.

La zona cultivada más cercana a Gaza está a 50 metros del alambrado, dice Martín. "Después del campo hay una especie de foso, y después un camino que hizo el ejército que solamente ellos pueden transitar, otro foso y después unos diez metros o veinte metros hasta el alambrado mismo que es la zona que ellos usan para controlar que nadie haya pasado del otro lado", precisa.

La posibilidad de que militantes islámicos se cuelen en territorio israelí a través de los túneles es una de las principales pesadillas de seguridad en la zona, junto con la caída de misiles.

Consciente de la vulnerabilidad de la zona, el gobierno israelí desembolsa importantes sumas de dinero para reforzar la seguridad. Entre los programas que se llevaron a cabo en los últimos años, los kibutzim de la zona recibieron subsidios para que cada casa cuente con una habitación "segura", dotada de puertas y ventanas blindadas.

Marcelo Ariel "Tato" Salimson es otro argentino que vive en Nir Oz, y eligió convertir la habitación "segura" en el dormitorio que comparte con su esposa.

Marcelo “Tato” Salimson,  otro argentino que vive en la zona.
Marcelo “Tato” Salimson,  otro argentino que vive en la zona.
Salimson convirtió la pieza que comparte con su esposa en una “habitación segura”, en la que tiene pocos segundos para refugiarse cuando suena la sirena de alarma ante un ataque desde el otro lado de la frontera
Salimson convirtió la pieza que comparte con su esposa en una “habitación segura”, en la que tiene pocos segundos para refugiarse cuando suena la sirena de alarma ante un ataque desde el otro lado de la frontera

"En Tel Aviv, por ejemplo, cuentan con entre dos y tres minutos para llegar hasta un refugio después de que suenan las alarmas", le explicó a Infobae. "Acá apenas tenemos unos segundos" para encerrarse en la habitación blindada.

En una recorrida por Nir Oz, "Tato" le muestra a Infobae un pequeño cráter en el camino de ingreso al "kibutz", un souvenir de la última guerra provocado por la caída de un misil.

"Nosotros esperamos que en el futuro se pueda volver a trabajar libremente como estábamos acostumbrados hace veinte o treinta años -dice Martín-. Pero eso depende de poder llegar a un acuerdo" entre los gobiernos de Gaza, la Autoridad Palestina e Israel.

"Si se puede hacer o no, es muy difícil saberlo", afirma. "Aquí estamos y aquí nos vamos a quedar, si ocurre algo, depende del de arriba", dice por su lado Gadi Moses mostrando su costado creyente.

Flavio, por su parte, concluye con un comentario más terrenal. La vida en esta zona, asegura, es dentro de todo "tranquila, no tenemos miedo, estamos acostumbrados".

Después de todo, añade, la violencia es una realidad cotidiana también "en las grandes ciudades de América del Sur, adonde uno puede ser asaltado en cualquier momento por una persona que no tiene lo que comer".

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