
Cuatro gendarmes se camuflan en la vorágine de la hora pico de la inmensa estación de Chatêlet-Les Halles, donde confluyen la mayoría de las líneas de metro de París. En silencio, levemente separados entre ellos, miran a cada una de esas personas apresuradas por llegar al andén. A diferencia del resto, su paso es lento. Se detienen unos minutos y luego siguen su ronda.
La escena se repite en la explanada de la Catedral de Notre Dame, en la Torre Eiffel o en cualquier otro sitio donde se produzcan aglomeraciones. Entre quienes viven en la capital francesa y sus alrededores, toparse con una patrulla ya no genera ninguna sorpresa. Como mucho, llama la atención de un turista recién llegado.
Es que París se convirtió en una ciudad militarizada desde el 13 de noviembre del año pasado, cuando terroristas reivindicados por el Estado Islámico (ISIS, por sus siglas en inglés) realizaron un ataque comando que dejó un total de 130 muertos, entre las explosiones cerca del Stade de France, las ráfagas de tiros en distintos bares céntricos y la masacre en la sala de conciertos Le Bataclan.

Ante la concreción de la amenaza terrorista, el gobierno de François Hollande debió profundizar las medidas de seguridad del plan Vigipirate que ya había adoptado tras los atentados del 7 de enero de 2015, entre ellos el ataque contra el semanario Charlie Hebdo. Unos 10.000 militares fueron desplegados en todo el territorio francés; la mayoría de ellos en la región de Île de France.
Vivir hoy en París significa que una vez al día se escuchará el ruido de las sirenas en las calles, se verá el desfile en caravana de las camionetas de la Policía o se deberá pasar un control de seguridad antes de entrar a un edificio. Es también saber que el transporte público puede ser interrumpido en cualquier momento por un paquete o una persona con actitud sospechosa.
"Me impresiona, pero creo es necesario", asegura Eugenia, una argentina que vive en Francia desde hace un año y medio y dice ya haberse acostumbrado a la presencia militar. "Cuando hay mucha gente, me da tranquilidad saber que hay alguien vigilando", agrega en diálogo con Infobae.

Eugenia no es la única en pensar así. De acuerdo con un sondeo publicado en junio por Le Journal du Dimanche, el 85 por ciento de los franceses cree que la amenaza terrorista es "muy elevada", mientras que una encuesta de la Cruz Roja realizada este mes demuestra que el 55% teme que estar exponiéndose en su vida cotidiana a riesgos tales como un atentado.
El miedo entonces está latente en el día a día y las secuelas del 13 de noviembre se hacen presentes. "Al principio, no quería salir de noche. Ahora solo evito ir a lugares muy concurridos. Tampoco salgo por la zona donde fueron los atentados porque siento que algo así puede volver a pasar", explica Laurence, de 34 años, empleada de comercio y estudiante de Antropología en la Universidad Sorbonne Nouvelle.
"De todos modos, hay que seguir adelante, aunque sepamos que hay que tener cuidado. No quiero cambiar mi forma de vida por el miedo", acota por su parte Etienne, 23 años, también estudiante de la Sorbonne. Un año más tarde, recuperar la normalidad en una ciudad que se esfuerza por mantener su esencia -a pesar de que ya no será la misma- parece ser el imperativo; y estar alertas, la condición.

Recordar un año después
El aniversario del 13 de noviembre será recordado con misas en todo el país. Distintas asociaciones de víctimas invitaron, a su vez, a encender velas en las ventanas como forma de homenaje. Por otro lado, el teatro El Bataclán reabrió sus puertas este sábado con un concierto de Sting, cuya recaudación será donada a la atención de los sobrevivientes y familiares de las personas asesinadas. Los lugares donde ocurrieron los atentados eran, además, fuertemente vigilados este fin de semana por la policía ante la posibilidad de que fanáticos pudieran intentar nuevos ataques.
Los episodios de un año atrás dejaron al mundo perplejo. Lo que empezó como una serie de explosiones en los alrededores del Stade de France se transformó pronto en un ataque coordinado en distintos puntos de París que duró toda la noche. Los medios informaron de tiros en dos cafés cercanos a la Plaza de la República y el Canal Saint Martin, luego una toma de rehenes en el Bataclan que terminaría en una masacre y por último más disparos hacia la zona de la Bastilla.
Los atentados, los más mortíferos de la historia reciente de Francia, tuvieron un total de 130 muertos, sin contar a los siete atacantes abatidos, y más de 400 heridos. Pusieron también en evidencia que los esfuerzos del gobierno francés contra la amenaza terrorista no eran suficientes.
El presidente François Hollande respondió con una mayor participación en la coalición internacional que combate al Estado Islámico (ISIS, por sus siglas en inglés) en Siria y distintos operativos que llevaron a la captura de los autores intelectuales de los ataques. No obstante, nuevos atentados se produjeron en Francia a lo largo de 2016. El más resonante fue aquel perpetrado en Niza por un terrorista del ISIS que atropelló a un centenar de personas que participaban de las celebraciones del 14 de julio, con un saldo de 86 muertos.
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