Interior del Palacio de Congresos nazi de Núremberg (Fotos: Ignacio Hutin)

Interior del Palacio de Congresos nazi de Núremberg (Fotos: Ignacio Hutin)

Entre las columnas que enmarcan un largo pasillo circular duerme un hombre, aunque sea mediodía. Tiene algunas bolsas a su lado, junto al muro, y botellas de gaseosa que deben estar calientes, casi hirviendo. Pero duerme profundamente y sus suaves ronquidos rebotan contra la pesada estructura que lo contiene, un edificio duro e imponente que se construyó para albergar a 50 mil personas. El plan original era que la enorme multitud se ubicara en tribunas semicirculares, desde allí todos los espectadores mirarían hacia un atril y vivarían exaltados a su líder, aplaudiendo cada palabra y celebrando el triunfo del supremacismo racial. No sucedió. Alemania perdió la Segunda Guerra Mundial y el nazismo se terminó. Pero no así el pesado edificio en donde ahora duerme el hombre de los suaves ronquidos.

Adolf Hitler saludo durante una marcha de celebración nazi en Núremberg, en 1935 (Getty Images)

Adolf Hitler saludo durante una marcha de celebración nazi en Núremberg, en 1935 (Getty Images)

Palacio de Congresos

Palacio de Congresos

La ciudad bávara de Núremberg le parecía ideal a Adolf Hitler, la consideraba el mejor y más perfecto paradigma de la supuesta raza, de la alemanidad. Le gustaba su castillo porque allí se habían llevado a cabo reuniones del parlamento en tiempos del Sacro Imperio Romano; le gustaban los edificios medievales y las murallas que aportaban un clima épico a la pompa nacionalista del partido Nazi; le gustaba su ubicación geográfica, cerca del centro del país. Pero probablemente lo que más le gustaba de esta ciudad era el apoyo casi absoluto, incuestionable y leal que recibía el nazismo de la población local. Era su ciudad favorita. Por eso entre 1927 y 1938 los congresos del partido Nacionalsocialista Alemán se llevaron a cabo exclusivamente allí, con una asistencia que llegó a superar el medio millón de partidarios. Por unos pocos días al año Núremberg era el centro de desfiles, gritos, estruendos, luces, fuego, rituales, y la sede principal de la enorme maquinaria propagandista, racista: la base sobre la que se construyó el genocidio y las pesadillas hechas realidad para millones. Tal construcción requería de un escenario adecuado, con el peso y carácter épico de la pretendida leyenda.

Exterior de la Sala de Congresos desde la Gran Calle

Exterior de la Sala de Congresos desde la Gran Calle

Eran 11 kilómetros cuadrados en los que había enormes áreas abiertas con tribunas, estadios, parques, monumentos, salas de conferencias y, sobre todo, espacio, mucho espacio disponible para albergar a cientos de miles de partidarios. El área ofrecía lugar suficiente como para albergar a toda la población actual de Argentina, Colombia y Chile. En el proyecto original aparecían edificios que nunca fueron finalizados, otros que nunca se utilizaron y algunos que apenas comenzaron a construirse, todos ellos unidos por la Gran Calle, una avenida de 40 metros de ancho por la que debían marchar orgullosos soldados. Pero la invasión alemana a Polonia en 1939 significó el comienzo de la Guerra Mundial y el final de los planes megalómanos en Núremberg. Hoy queda poco de aquella delirante parafernalia, especialmente porque buena parte de la ciudad fue destruida durante los bombardeos aliados de 1945.

Dársenas de las Salas de Congresos de Núremberg

Dársenas de las Salas de Congresos de Núremberg

En el extremo norte de la Gran Calle hay un pequeño lago por el que navegan coloridos botes a pedal y deambulan algunos patos. En la orilla hay bares y jóvenes que se refugian bajo los árboles de este sorprendentemente duro sol de mayo, beben cerveza despreocupadamente y sin prestar mayor atención a la enorme estructura que se levanta al otro lado. Desde allí se llega a ver la sección recta del edificio en forma de letra D, el lugar desde donde Hitler debía hablar y recibir los aplausos de 50 mil nazis una vez finalizada la construcción. La Sala de Congresos fue concebida como un edificio fuerte, pesado, épico, una especie de vana imitación del Coliseo Romano, tan amplio como ampuloso, tan prepotente como pretencioso. Cuando comenzó la obra en 1935 se anunciaban 70 metros de altura y un enorme techo que cubriría todo el recinto, pero apenas (¿apenas?) se alcanzaron 39 metros, y las tribunas y el techo nunca se construyeron. Sobrevivió una herradura de 250 metros de diámetro con un amplio espacio vacío y abierto en medio que hoy no es parque ni museo: no es más que un espacio vacío y abierto, el centro del mayor edificio nazi aún en pie.

Pasillo exterior de la Sala de Congresos

Pasillo exterior de la Sala de Congresos

Cada junio el área que solía recibir a cientos de miles de nazis, recibe a cientos de miles de jóvenes que asisten al festival Rock im Park. Aún faltan seis semanas pero las tareas de logística y preparación ya han comenzado. Gus fue de los primeros en llegar, habla poco inglés y fuma tranquilamente junto a una joven con sombrero negro de vaquero. No tienen mucho que hacer. Son las únicas dos personas en el vasto espacio abierto rodeado por los muros semicirculares de la Sala de Congresos, y tan sólo se limitan a fumar y a esperar la llegada de camiones con material para el festival. "Sí, es un poco raro trabajar acá, pero es cómodo y amplio, nadie molesta, no pasan coches. Hay muchos sótanos y espacios para almacenar cualquier cosa", dice Gus. ¿Y la ventaja más importante? "Es muy fresco en verano".

Gran Calle, con espacios demarcados para estacionamiento e instalaciones para el Festival de Primavera (Volksfest)

Gran Calle, con espacios demarcados para estacionamiento e instalaciones para el Festival de Primavera (Volksfest)

La mayor parte de la fallida Sala de Congresos hoy está vacía porque, al no existir ningún tipo de sistema anti incendio, el gobierno no autorizó su uso. En las áreas que sí se utilizan hay depósitos en los que se almacenan todo tipo de material para festivales, ferias o cualquier otro evento grande, incluyendo los famosos mercados navideños de Núremberg. En una sección funciona un Centro de Documentación y museo sobre el nazismo, la Orquesta Sinfónica local tiene su sede frente al lago, hay un museo deportivo, una empresa de seguridad privada, un taller mecánico y también un hombre que ronca suavemente en el área exterior del edificio que tanto pretendía recordar al Coliseo romano. La grandilocuente megalomanía nazi se ha convertido en poco más que un depósito de chatarra.

Un acto nazi en el Campo de Zeppelin de Núremberg en 1935. (Getty Images)

Un acto nazi en el Campo de Zeppelin de Núremberg en 1935. (Getty Images)

Tribuna central del Campo de Zeppelin, hoy, con parte del circuito automovilístico callejero.

Tribuna central del Campo de Zeppelin, hoy, con parte del circuito automovilístico callejero.

Todo el complejo pertenece a la ciudad, que lo mantiene y gestiona los alquileres. Alexander Schmidt trabaja en el Centro de Documentación como historiador e investigador, y para él este es un buen concepto: "Conservar este edificio es muy costoso, por eso la ciudad lo alquila y el dinero se destina por completo al mantenimiento general. No creo que haya mejores alternativas".

Tribuna del campo de Zeppelin

Tribuna del campo de Zeppelin

Desde el final de la guerra ha habido numerosas propuestas para el futuro de la Sala de Congresos, incluyendo insistentes reclamos de demolición. "Mucha gente habla de destruirlo, dicen que no lo necesitamos, que es un edificio nazi, un recuerdo de tiempos horribles, que es caro y una pérdida de dinero. Yo creo que es un buen lugar para aprender", dice Schmidt. Otros proyectos incluían la construcción de un estadio o un centro comercial, pero nada de eso prosperó en parte por falta de fondos y en parte por falta de apoyo. Si el enorme edificio nazi sobrevive nadie quiere que su uso sea demasiado comercial.

Tribuna del campo de Zeppelin

Tribuna del campo de Zeppelin

Al otro lado del lago se levanta una de las pocas construcciones del complejo que fueron finalizadas. La tribuna principal del Campo de Zeppelin mide 360 metros de largo y solía estar coronada por una enorme esvástica destruida espectacularmente en 1945 por el ejército estadounidense. A ambos lados del palco oficial había una larga serie de columnas que fueron demolidas en los años 70 por razones de seguridad, y en los extremos la tribuna era rematada por dos altas torres que fueron reducidas a la mitad. En la cima de ambas estructuras había pebeteros en los que ardía un fuego ritual, parte de la religiosidad de los encuentros nazis. Hoy los escalones de esta tribuna central, concebida para ser altar, se ven desvencijados. Una malla metálica impide el paso a algunas secciones y en otras un cartel advierte que el visitante accede bajo su propio riesgo, que hay peligro de colapso. En las profundidades de la estructura se encuentra el Salón Dorado, una amplia habitación con esvásticas en el techo que alguna vez se utilizó como museo y que hoy lamentablemente no admite visitantes, pese a su imponente arquitectura.

Una de las tribunas del Campo de Zepellín durante un acto nazi en 1935 (Getty Images)

Una de las tribunas del Campo de Zepellín durante un acto nazi en 1935 (Getty Images)

Otras tribunas abandonadas del Campo de Zeppelín, donde está creciendo el pasto

Otras tribunas abandonadas del Campo de Zeppelín, donde está creciendo el pasto

Una calle frente a la tribuna se utiliza una vez al año para albergar una competencia automovilística. Cruzando la calle se encuentra el Campo de Zeppelin, el sitio en donde aterrizó una aeronave en 1909 bautizando este rincón de Núremberg hasta el día de hoy. Alguna vez hubo allí 200 mil personas formando parte de aquel gigantesco y delirante encuentro en el que el racismo era celebrado, una multitud apelmazada en un espacio de casi 90 mil metros cuadrados, el equivalente a once campos de fútbol. La directora Leni Riefenstahl inmortalizó estos delirantes rituales en las películas La Victoria de la Fe (1933) y El Triunfo de la Voluntad (1935).

Si la tribuna principal está en mal estado, las gradas destinadas originalmente al público, que rodean los tres cuartos restantes del campo, son poco más que una ruina cubierta de plantas y olvido. Una serie de 32 pesadas torres le daban a todo el recinto el aspecto de un castillo, una forma de cerrar y cercar a los asistentes, ponderando cierta idea de ficticia comunidad. Las torres siguen ahí, cada día un poco más oscuras, mientras que el campo propiamente dicho se utiliza para prácticas deportivas y es sede del festival Rock im Park.

El Campo de Zeppelin enfrenta la misma clase de cuestionamientos que la Sala de Congresos: ¿qué debe hacer la ciudad con esta pesadísima herencia de tiempos oscuros? Muchos insisten en dar vuelta la página, demoler y ahorrarse las altas sumas que significan conservar estos edificios. Schmidt calcula que para reparar la tribuna central se requiere una inversión de 70 millones de euros. Pero por ley toda la zona está protegida y no puede haber demoliciones, aunque eso no significa que la naturaleza no esté haciendo lentamente de las suyas, como lo hace en la tribuna cubierta de plantas.

Materiales para preparar el festival de rock frente al antiguo Palacio de Congresos

Materiales para preparar el festival de rock frente al antiguo Palacio de Congresos

Sea cual sea el futuro de este enorme predio de casi 11 kilómetros cuadrados repletos de edificios y rastros del período más negro de la historia germana, hay algo indudable. Albert Speer era el arquitecto preferido de Hitler y fue el elegido para diseñar esta capital partidaria. Alguna vez dijo que los edificios en Núremberg estaban destinados a mantenerse en pie durante miles de años, como aquellos levantados por los emperadores romanos. Indudablemente Speer se equivocó.