Mohamed, miembro del cuerpo de bomberos iraquí, reza frente al ardiente pozo de “El Hoyo” antes de enfundarse el traje de protección y comenzar su turno para intentar apagarlo (Pablo Cobos)

Mohamed, miembro del cuerpo de bomberos iraquí, reza frente al ardiente pozo de “El Hoyo” antes de enfundarse el traje de protección y comenzar su turno para intentar apagarlo (Pablo Cobos)

Abdul nunca imaginó que un día se enfrentaría a "gigantes de fuego". Ni siquiera cuando de pequeño soñaba con formar parte del cuerpo de bomberos. Luego vino la guerra y otro monstruo aun mayor, el Estado Islámico, sometió a su pueblo. La ciudad de Al Qayyara -55 kilómetros de Mosul- fue liberada por el ejercito iraquí y 700 milicianos tribales el pasado mes de agosto, pero durante la retirada los yihadistas incendiaron y sembraron de minas sus pozos de petróleo, el mayor tesoro. Desde entonces el cuerpo de bomberos trabaja sin descanso para sofocar las llamas.

"Son como grandes tentáculos" nos dice Abdul, mientras tapa su rostro quemado con una pañuelo y unas gafas. "Hoy vamos a apagar el mayor de los pozos que siguen ardiendo. Lo apodamos 'the hole' –el hoyo-", agrega.

A su lado, Mohamed, otro de los bomberos, reza antes de la batalla. Se arrodilla ante una enorme columna de humo y susurra: "Allahu akbar" –Alá es el más grande-. Se levanta, se enfunda su uniforme amarillo y empieza a engrasar una enorme cañería de agua que luego encajan por piezas. Tiene los dedos teñidos de negro. Su rostro también, con arrugas, cicatrices y marcas de aceite. Otros tres apuntalan las tuercas a puro golpe de mazo. Hay que asegurarlas antes de que empiecen a abastecer los camiones de bomberos, solo así se puede vencer "al dragón". No puede haber fugas.

La densa humareda que provocan las llamas de los pozos incendiados son visibles desde varios kilómetros de distancia (Pablo Cobos)

La densa humareda que provocan las llamas de los pozos incendiados son visibles desde varios kilómetros de distancia (Pablo Cobos)

Mohamed recuerda, visiblemente emocionado, como comenzó este infierno que ahora intenta extinguir. "No fue fácil, los días anteriores al asedio aviones del Ejército lanzaron decenas de miles de panfletos anunciando los próximos bombardeos sobre la ciudad". Los mensajes arrojados desde el aire instaban a los ciudadanos a colaborar con las "fuerzas de liberación" y ofrecían instrucciones sobre cómo escapar hacia la aldea de Al Tina y la base aérea de Al Qayyara.

Fueron días salvajes bañados en sangre. El Estado Islámico asesinó por lo menos a 40 habitantes tras haber sido acusados de colaborar y conspirar contra su autoproclamado califato. La mayoría de ellas ajusticiados por colaborar con las fuerzas iraquíes y de la coalición internacional liderada por EEUU, por ayudar a huir a personas de la ciudad o por pertenecer a los órganos de seguridad iraquíes. Son mártires, héroes locales cuyos nombres son recordados en los muros de cemento desnudo que cubran la urbe.

Pero cuando el ejercito avanzó además de retener a los civiles como escudos humanos, empezaron a quemar pozos de petróleo para obstaculizar con el humo que generan las operaciones de la aviación militar iraquí. Fue también una estrategia para cubrir su retirada y una venganza ante la derrota humillante. "Destruyen todo a su paso, son animales rabiosos" comenta.

Abdul, ataviado con el equipo de protección, revisa el estado del pozo antes de subir al taladro para comenzar a taponar el pozo de petróleo incendiado. (Pablo Cobos)

Abdul, ataviado con el equipo de protección, revisa el estado del pozo antes de subir al taladro para comenzar a taponar el pozo de petróleo incendiado. (Pablo Cobos)

Algunos que consiguieron escapar de los francotiradores, fallecieron o resultaron heridos a causa del estallido de minas y otros artefactos explosivos plantados por Estado Islámico en las afueras de la población. "Muchas de estas minas rodean los pozos. Es por eso que estamos tardando tanto en llegar a ellos. Antes tenemos que revisar bien el terreno. Desconozco bien cuantos quedan ardiendo pero deben de ser entre 9 y 11. Calculamos que unos 19 fueron incendiados en total" añade Mohamed.

Por lo menos 50 personas, la mayoría de ellas bebés y ancianos, murieron asfixiados a causa de las gases tóxicos que emanan estos incendios. Durante días el aire se convirtió en veneno. A estas intoxicaciones se sumó que el ISIS vertió el petróleo crudo al río Tigris desde los yacimientos de Nayma, lo que supone un grave daño para el medio ambiente.

Divididos en dos equipos, los bomberos trabajan para sofocar la gran columna de fuego. Mientras la primera unidad lanza agua al interior del pozo, la segunda se encarga de refrescar la maquinaria para que no sea también pasto de las llamas. (Pablo Cobos)

Divididos en dos equipos, los bomberos trabajan para sofocar la gran columna de fuego. Mientras la primera unidad lanza agua al interior del pozo, la segunda se encarga de refrescar la maquinaria para que no sea también pasto de las llamas. (Pablo Cobos)

El abismo

Son varias unidades de diversas provincias la que colaboran codo con codo para tapar el "hoyo". Hay ingenieros, técnicos e incluso policía escoltando el operativo. Abdul trabajaba en una obra cuando fue llamado a filas. Le dijeron: "Te necesitamos para conducir a la Bestia". Ahora arriesga su vida manejando esta excavadora reforzada con hierros que se acerca hasta el borde del pozo, ese abismo donde el crudo se convierte en "lava". Porque llamas de este tamaño no se apagan solo con agua y coraje: Se necesitan maquinas, tierra y taladros.

Le escoltan por ambos flancos dos equipos de bomberos. Cada uno conformado por unos cinco bomberos que sujetan con fuerza la manguera. Por el lado izquierdo apagan las llamas de la pala, que se cubre de fuego cada vez que arroja arena en el pozo. En el derecho, los esfuerzos se centran en salpicar continuamente la cabina en la que Abdul aguanta estoicamente las altas temperaturas. Es un horno. "La Bestia" emana vapor.

La excavadora se aparta, llega la hora del "taladro". Aunque su principal función no es perforar, recibe este nombre. Un operador hace los últimos retoques mientras realiza señales a Aiman –el Bendito- que con un casco rojo es el encargado de "dominar" a este "titán blindado". El taladro escupe agua a borbotones mientras penetra en las profundidades, hasta encontrar el escape de petróleo y taponarlo. Las llamas se van extinguiendo poco a poco. "El coloso" se apaga.

En equipos de cinco, los bomberos luchan para intentar sofocar las llamas. El intenso calor y los gases desprendidos hace que los bomberos sólo puedan estar unos minutos en primera línea (Pablo Cobos)

En equipos de cinco, los bomberos luchan para intentar sofocar las llamas. El intenso calor y los gases desprendidos hace que los bomberos sólo puedan estar unos minutos en primera línea (Pablo Cobos)

La ciudad de las tinieblas

A menos de un kilómetro, la ciudad sigue sumida en un manto gris. En el horizonte, las grandes columnas de humo recuerdan la pesadilla. El puente esta destrozado en dos mitades, después de que el Daesh lo explosionara. El escenario es dantesco, una postal apocalíptica . Una familia se aflige de rodillas ante la tumba destrozada de un miembro del clan. Los yihadistas destruyeron las lápidas del cementerio local, diciendo a los residentes que estaban prohibidas porque no existían en el momento del profeta. Nada más llegar impusieron sus leyes basadas en la sharia islámica, incluido "castigos religiosos" contra los infieles que osaran a levantar la voz. La homosexualidad, el adulterio, la blasfemia, estafa, robo, fumar o beber alcohol, se castigaba con azotes, cortes de manos y pies derechos, destierros, crucifixión, decapitaciones o lapidaciones. "Eso no es la ley del Islam, es la ley del terror" asegura otro vendedor que comercia con barriles de gasolina.

En la cárcel, los miembros del Estado Islámico abarrotan las celdas. Se pueden ver al pasar desde la puerta de la prisión, pero no podemos acceder al interior. "No hay que fiarse, sigue habiendo células dormidas y simpatizantes del Daesh, como demuestran los atentados suicidas que todavía sufrimos" afirma un kurdo que vende aceitunas en el bazar. Nadie puede abandonar la ciudad sin un permiso especial, antes tienen que contrastar todas las identidades. La cacería ya comenzó. Los registros en las casas, las detenciones y las redadas son continuas.

(Pablo Cobos)

(Pablo Cobos)

La tensión crece cuando nos acercamos a un puesto de policía con el coche, para preguntar por los pozos. Uno de ellos comienza a gritarnos apuntando con su "Dragunov" –fusil de fabricación rusa-. Notablemente nervioso nos grita: "Estáis locos, no podéis venir hacia nosotros tan rápido, podíamos haberos disparados, no sabemos si sois coches suicidas".

El mismo nerviosismo puede palparse entre los miembros del ejército que patrullan las calles. En un momento un hombre de avanzada edad camina con su bici hacía una baliza, se niega a parar, chillan hasta que el anciano se detiene y abre su chaqueta para demostrar que no lleva explosivos.

Uno de los bomberos da las últimas caladas a su cigarro antes de comenzar su trabajo frente al fuego. (Pablo Cobos)

Uno de los bomberos da las últimas caladas a su cigarro antes de comenzar su trabajo frente al fuego. (Pablo Cobos)

A pocos metros unos niños nos dan el alto. Han creado un "check point" –puesto de control- falso y juegan a controlar el paso de los vehículos con sacos de arena y armas de madera. Los conductores paran divertidos y siguen el juego. Los chavales helados sonríen felices de lograr su cometido.

Cuando el ISIS irrumpió en la región en junio de 2014 se hizo con el control de importantes instalaciones petrolíferas, que ha estado explotando para obtener combustible y ganancias, pero ha perdido muchas de ellas recientemente a manos de las fuerzas gubernamentales.

Unido a la destrucción de una filial del banco Central del ISIS en Irak ha generado una crisis económica sin precedentes dentro del grupo terrorista. Esto ha conllevado que desde el 2016 los combatientes hayan visto reducir su salario paulatinamente.

Antes de los recortes, un combatiente local de medio nivel ganaba 350 dólares al mes –que se dividía en dos pagos-. Los muyahidines extranjeros, en su mayoría provenientes de Europa y América del Norte, ocupan posiciones más altas y reciben un sueldo mayor que puede superar los miles de dólares. Además algunos reciben una "asignación familiar" para cada combatiente según el número de esposas (la poligamia es legítima) y de hijos a su cargo. En la actualidad, tras la nueva perdida de recursos energéticos como los pozos de Qayyara, muchos yihadistas están combatiendo sin sueldo, mientras que otros han visto mermada su asignación a la mitad.

Un grupo de bomberos fuera de servicio observan el trabajo de sus compañeros desde la distancia. El calor hace imposible acercarse sin el equipo de protección. (Pablo Cobos)

Un grupo de bomberos fuera de servicio observan el trabajo de sus compañeros desde la distancia. El calor hace imposible acercarse sin el equipo de protección. (Pablo Cobos)

La ofensiva de Mosul, el bastión oriental

La reconquista de Al Qayyara, ciudad que estaba bajo el control terrorista desde junio de 2014, se produjo en el marco de la ofensiva militar del Gobierno de Irak para recuperar Mosul, bastión de los terroristas de Daesh. Recientemente, el Ejército y las fuerzas populares iraquíes han logrado importantes avances.

La "Golden División" –la tropa de elite entrenada por los EEUU-, ha anunciado la conquista del lado este de Mosul. La primera fase de la guerra para expulsar al estado islámico de la segunda ciudad más grande de Irak se acabó. Ahora viene la parte más difícil, la oriental. Conquistar la ciudad antigua, con calles estrechas y más poblada. Se cree que más de 650 mil personas viven en la otra orilla del Tigris. Será una guerra de guerrillas.

El puente camino a Al Qayyara fue partido en dos por ISIS. (Pablo Cobos)

El puente camino a Al Qayyara fue partido en dos por ISIS. (Pablo Cobos)

Cae el sol en los pozos de petróleo. "El hoyo" agoniza, tan solo quedan brasas que enterrar. A su alrededor dominan las tinieblas, un humo espeso que te ahoga, que no te permite respirar ni ver. Es la hora de un nuevo rezo. Abdul, Mohamed y Aiman se lavan las manos con un hilo de agua que cae de la manguera y se arrodillan en unas mantas roídas que sacan de los fardos. Frente a ellos grandes columnas grises se erigen amenazantes. No tienen miedo, es la resaca de un día de furia. Los bomberos satisfechos de haber avanzado en su particular lucha, se entregan a Alá. El Bendito preside el Salat –rezo- del ocaso. Se postran ante su dios, su cabezas tocan el suelo. Las suras se escuchan a los lejos. "Rabbána atiná fid duniá hasanáh wa fil ájirati hasanáh wa qiná 'adhaban nar" -Señor nuestro, danos lo bueno en este y en el otro mundo, y líbranos del castigo del fuego-. Ellos también son muyahidines, guerreros que combaten su propia Yihad –guerra santa-.

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