Cuando el neurofisiólogo Augustus Waller escribió en 1849 cómo funcionaba la lengua de los sapos y ranas, supuso que ya no habría detalle por descubrir. En su estudio publicado en el jornal Transacciones filosóficas, Waller creyó tener la última palabra sobre la forma de cazar de estos anfibios.
"La lengua actúa como un agente de captura de presa al ser arrojado rápidamente de la boca, y envolviendo el objeto del cual va a apoderarse", escribió en aquella oportunidad. Hoy, casi 170 años después, una estudiante del Instituto de Tecnología de Georgia tiene una nueva y determinante teoría sobre su funcionamiento.

Alexis C. Noel observó un video en YouTube y comenzó a interesarse sobre las lenguas de los sapos. La grabación mostraba cómo uno de estos animales cazaba "insectos" en una pantalla de celular. La secuencia contó con millones de reproducciones y llegó a las universidades más avanzadas.
En ese momento, Noel se preguntó si a los científicos que creían que los sapos envolvían a sus presas con sus lenguas, no les faltaría algo más en sus teorías. ¿Se habían perdido una parte fundamental? ¿Acaso un truco oculto? Pues así parece.
Según determinó Noel, el "truco" o "secreto" radicaba en la saliva de estos animales. La saliva de los sapos puede cambiar sus propiedades físicas, transformándose de un pegamento viscoso como la miel a un fluido más delgado. Y volver a la situación anterior dependiendo de su comida circunstancial.
Según establecieron en el Journal of The Royal Society Interface, la interacción entre la saliva y la lengua extrasuave del sapo, le permiten a estos animales capturar a los insectos en el tiempo que le lleva al cerebro humano pensar y decir una palabra.

La lengua es muy suave. Para comprobar la textura, la comparó con las lenguas, el sudor y el cerumen de gatos. Incluso con las lenguas de personas: 10 veces más suaves. Noel no quería dejar detalle por testear.
La producción de líquido que producen estos anfibios en sus bocas también fue motivo de investigación por parte de Noel y su equipo. A diferencia del ser humano, la lengua del sapo y la rana es la que produce la saliva. Aún cuando se la corte, seguirá produciendo. Para la joven ingeniera, el espesor es similar al del ketchup.
A Noel sólo le quedaba un paso para completar su teoría. Filmó con una cámara especial la cacería de un insecto. Cuadro por cuadro pudo ver cómo era la actividad de la lengua. Observó cómo el órgano -deformándose- golpeaba contra la presa, envolviéndola y "maximizando el área de contacto". No podría escapar. La fuerza del impacto convertía la saliva viscosa en líquido, penetrando en el armazón del insecto. Al retornar a la boca, la lengua generaba nuevamente la saliva espesa. Volvía a su estado original.

El último paso para la rana es tragar el insecto. Para ello, debe librarla de su lengua, ejerciendo presión con sus ojos, que por un instante parecieran desaparecer. Para corroborar su hipótesis, Noel contó con la ayuda de Atlanta Botanical Garden. Juntos testearon ocho tipos de sapos y ranas, de los cuales sacaron los mismos resultados.
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