
Uno de los hijos mellizos de Alan Burdick, autor de The Secret Life of Time (La vida secreta del tiempo), publicado en el semanario The New Yorker, solía despertarse a las 5:30 de la mañana. Su hermano dormía profundamente: la cara cubierta de peluches que lo separaban de la luz, el sonido de los pájaros, el día nuevo. Entonces el niño iba a la habitación de los padres, los despertaba y les ordenaba: a jugar.
Burdick y su esposa compraron un reloj-semáforo: le explicaron a Joshua y a Leo —sobre todo al madrugador Leo— que mientras la luz estuviera roja había que dormir. Cuando la luz cambiara a verde, a las 6:45, entonces podían levantarse. Lo único que consiguieron es que desde las 5:30 hasta las 6:45 Leo controlara el lento avance de los segundos y a cada rato fuera a informarles "Todavía no se puso verde".
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El tiempo, argumentó Burdick, quien en enero publicará el libro Why Time Flies, A Mostly Scientific Investigation (Por qué el tiempo vuela, una invetisgación mayormente científica), es en realidad una dimensión psicológica. Él mismo lo experimenta todas las madrugadas, cuando abre los ojos entre las 4 y las 4:30 —casi siempre a las 4:27, y tiene la impresión casi exacta de la hora que es—, llena la cabeza de las cosas por hacer, el costo de la ortodoncia, el ascenso de la demagogia, y se vuelve a dormir.
"Comenzamos como células, con una clase de tiempo inscripta en nuestros genes. Más allá de eso, todo es aprendido", escribió sobre el modo en que los humanos llegan a conocer el tiempo: gradualmente. "Un instinto básico surge en los primeros meses de la vida, cuando aprendemos a distinguir ahora de no-ahora", explicó. "Hasta los cuatro años los niños no pueden distinguir los conceptos de antes y después".
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¿Qué marca ese tránsito? ¿Por qué el tiempo se vuelve comprensible lentamente y a partir de esa edad?

"Una etapa en este desarrollo es la conciencia naciente de ser. Durante los primeros tres o cuatro años de la vida, creen muchos investigadores, un niño no distingue entre sus propios recuerdos y los que se le cuentan". Todas las memorias le pertenecen: las suyas, las de los demás. Hasta que logra separar sus recuerdos propios y reconocer un ser que persiste: "Yo soy yo, hecho de mis memorias (yo era yo ayer) y mis expectativas (yo seré yo mañana)".
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Es la edad en la que comienzan las preguntas por la muerte: yo voy a ser siempre yo, pero ¿qué es siempre? ¿Qué es morir? ¿Van a morir los padres? ¿Voy a morir yo? ¿Quién soplará las velitas de mi pastel de cumpleaños cuando yo haya muerto? "A medida que me convertí en padre, a veces sentí como si estuviera desarmando un barco y utilizando los tablones para construir un barco para otro. Estaba construyendo un barco a través del tiempo, fuera de mi tiempo", pensó sobre su experiencia.
Una incógnita de milenios
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"Durante más de 2.000 años, las grandes mentes del mundo han discutido sobre la esencia del tiempo", recordó el periodista e investigador, quien suele escribir en el blog de ciencia y tecnología de The New Yorker, Elements. "¿Es finito o infinito? ¿Fluye como un río o es granulado y se sucede en pequeños trozos, como los granos que caen en un reloj de arena? ¿Y qué es el presente? ¿El ahora es un instante indivisible, una línea de vapor entre el pasado y el futuro? ¿O es un instante que puede ser medido, y en ese caso, cuánto mide? ¿Y qué hay entre los instantes?".
La literatura sobre la percepción del tiempo, argumentó, suele comenzar con las Confesiones de San Agustín, en el año 397 y con una afirmación audaz e inteligente: el tiempo somos nosotros. "Fue el primero en hablar del tiempo como una experiencia interna, en preguntar qué hora es mediante la exploración de cómo se siente vivirla", lo presentó. "El tiempo puede parecer escurridizo y enloquecedoramente abstracto, pero también es profundamente íntimo, y llena cada una de nuestras palabras y nuestros gestos".
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Fue San Agustín —explicó el autor de Out of Eden: An Odyssey of Ecological Invasion (Fuera del Paraíso: una odisea de invasión ecológica) y premiado por sus trabajos periodísticos sobre medioambiente— describió por primera vez algo que la sociedad moderna da por descontado: que el tiempo es una propiedad de la mente. "De hecho, escribió Agustín, lo que llamamos tres tiempos son sólo uno. Pasado, presente y futuro son cercanos en la mente: nuestra memoria actual, nuestra atención actual, nuestras expectativas actuales". O como escribió el teólogo: "El presente de las cosas pasadas, el presente de las cosas actuales, y el presente de las cosas futuras".
San Agustín sacó el tiempo del campo de la física para llevarlo al de lo que hoy se conoce como psicología: "En ti, mente mía, mido el tiempo". Vivir el presente es vivir la conciencia de ser.
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El presente como creación humana
El segundo autor que profundiza estas ideas y se citan en el ensayo, William James, sufría de insomnio; era tan sensible que pasó siete semanas casi sin dormir antes de pedirle matrimonio a Alice Gibbens, con quien se casaría. James fue el autor de uno de los libros básicos de la psicología en los Estados Unidos, The Principles of Psychology (Los principios de la psicología), un clásico instantáneo publicado en 1890. Uno de sus capítulos se dedicó a la cuestión del tiempo.
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El desfile de ovejitas lo abrumaba, sumaba más tensión a la que le daba el insomnio en sí. Prefirió probar qué pasaría si se limitara a yacer y absorber el presente. "¿Dónde está este presente?", escribió en Principles. "Se ha fundido en nuestro entendimiento, ha volado antes de que pudiéramos tocarlo, se ha ido en el instante de ser".
Burdick señaló que a finales del siglo XIX, antes de Albert Einstein y la Teoría de la Relatividad, "los científicos y los filósofos discutían si el tiempo era algo real", escribió. "¿Podemos percibir un momento puro, una duración incipiente y vacía?". Para ello los humanos deberían contar con un sentido particular. "No se puede percibir el tiempo vacío del mismo modo que no se puede intuir una longitud o una distancia que no contiene nada. Miremos al cielo límpido: ¿hasta dónde llegan 100 pies? ¿Y una milla? Sin puntos de referencia, no se puede decir".
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Pero algo llena el vacío, de modo tal que el tiempo es perceptible.
"Nosotros", sintetizó Burdick. "Al detenernos a considerar un momento aparentemente vacío, lo llenamos con una corriente de pensamientos. Cuando uno cierra los ojos y cancela el mundo, todavía ve una película de luz dentro de los párpados".
No es entonces que el tiempo transcurra en unidades separadas, sino que, como la mente humana no puede experimentarlo vacío, "cada uno de nuestros actos de percepción (o, más probablemente, nuestros recuerdos de esas percepciones) son unidades separadas". El presente no es algo con lo que se tropieza: "Es algo que creamos para nosotros mismos una y otra vez, momento tras momento".
Para San Agustín, el presente no era algo que observar: "Es algo hablado y habitado. O quizá nos habita a nosotros: el tiempo es un volumen y somos su recipiente", comparó. "Para James era al revés: el tiempo es el contenedor de nuestros pensamientos; el momento presente queda indefinido si nuestra mente no lo llena".
El paso del tiempo, concluyó el ensayista, se experimenta de ese modo: una transformación gradual como, por ejemplo, el reloj-semáforo de sus hijos que pasaba del rojo al verde a la hora de levantarse, o la sensación de la finitud de este recurso irreemplazable, innegociable, al percibir el día de hoy "como si ya hubiéramos comenzado a verlo desde la memoria".
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